Pachuca.— Los días en el Hospital General de Pachuca transcurren entre el dolor y la alegría, entre el llanto y la esperanza. En sus 48 años de existencia ha sido escenario de todo: una madre que pierde a un hijo, un hijo que despide a su padre, pero también de milagros.
La mayoría de los pacientes y sus familias son de escasos recursos. Muchos llegan desde la sierra, la Huasteca o la región Otomí-Tepehua. Sin más pertenencias que la ropa que llevan puesta, enfrentan no sólo el miedo de tener a un ser querido herido o enfermo, sino también la incertidumbre de no contar con un lugar donde dormir, comer o bañarse.
El suelo frío y sucio se convierte en su hogar temporal, ese hogar que dejaron a dos, seis o hasta nueve horas de distancia en el momento en que la desgracia tocó a su puerta.

Tania Mancilla Zúñiga y su familia llegan al hospital en una camioneta cargada con botes de café, tamales y pan. En cuestión de minutos comienzan a repartir los alimentos entre quienes esperan noticias de sus familiares.
Desde hace ocho meses, cada mes acuden al Hospital del Niño DIF para entregar alimentos a familiares de pacientes hospitalizados, con la intención de aliviar, aunque sea un poco, la carga que enfrentan.
En 2005, Tania y su familia vivieron una experiencia que marcó sus vidas. Su hermano permaneció hospitalizado durante casi un año a causa de un cáncer. Durante ese tiempo, su madre prácticamente vivió en el hospital y conseguir algo de comer era una preocupación diaria.
Lee también Fallece adulta mayor en estación Tasqueña del Tren Ligero; se desconoce la causa del deceso
“Me reflejo mucho en las personas que esperan aquí. Recuerdo a mi mamá pasando tantos días en el hospital sin saber cómo conseguir alimento. Esa parte de nuestra historia es la razón por la que hoy estamos aquí”, expresa Tania.
Dice que en cada persona que recibe un tamal o un café ve reflejada a su madre y, sobre todo, a su hermano, quien perdió la vida a causa de la enfermedad. Aquella experiencia les enseñó que, más allá del dolor propio, existen cientos de familias que atraviesan circunstancias similares.
Hoy, Tania, quien es empresaria transportista, junto con su esposo, sus hijos, su madre y algunos de sus trabajadores, destina cerca de 6 mil 800 pesos para repartir 200 tamales, 200 cafés y 200 bolillos. Aunque actualmente realizan esta actividad una vez al mes, buscan aumentar la frecuencia para acudir cada 15 días.
Para ella y su familia, esta labor representa una forma de honrar la memoria de su hermano y de acompañar a quienes enfrentan una historia parecida a la que cambió sus vidas para siempre.
Yuri tiene 19 años y es originaria de Pisaflores, en la sierra de Hidalgo. Tenía una de las mayores ilusiones de su vida: conocer a sus gemelas. El día del parto todo era alegría, hasta que la tragedia llegó de improviso y sin aviso.
Paulina, con un pantalón delgado y apenas un suéter que la protege del frío, permanece sentada a la orilla de la banqueta.
Entre sollozos cuenta que Yuri no puede hablar ni moverse. Los médicos le informaron que sufrió una sobredosis de anestésicos, situación que hoy la mantiene con pocas esperanzas de recuperación, mientras sus hijas recién nacidas permanecen en su comunidad de origen.
Paulina y su hija María llegaron sólo con la ropa que llevaban puesta. No pensaron en nada más que en salvar la vida de Yuri, quien fue trasladada en ambulancia desde Ciudad Valles, San Luis Potosí.
Al caer la noche, un pequeño rincón del hospital fue el único refugio que encontraron. Paulina no pudo descansar; la preocupación y el frío le impidieron conciliar el sueño.
Cuenta que no tiene recursos para conseguir una cobija o cualquier otra cosa que la proteja del frío. Sólo espera que, al llegar la noche, pueda encontrar un lugar un poco más digno donde esperar noticias de su hija. Aquí, un cartón, una cobija y un pedazo de suelo representan un poco de alivio para quienes pasan horas o días fuera del hospital.
Son las ocho de la noche y el frío comienza a arreciar. Durante todo el día la lluvia ha sido intermitente; el piso permanece mojado y lodoso. En medio de ese panorama desolador se encuentra una mujer de falda larga y chamarra gruesa. La acompaña su esposo, un hombre que intenta mantener una conversación mientras dos niñas, una con chamarra rosa y otra negra, interrumpen de vez en cuando. Ambas tiritan de frío. Mientras tanto, su madre busca apartar una de las bancas de la sala de espera para pasar la noche.
Comienza a hablar sobre el motivo de su presencia en el lugar. Cuenta que son originarios del Estado de México y que su hijo permanece internado en uno de los pisos del hospital. La llamada que recibieron los obligó a salir de inmediato rumbo a Pachuca; apenas tuvieron tiempo de tomar algunos suéteres y chamarras.
Lee también Clara Brugada amplía el programa "Ingreso Ciudadano Universal"; beneficiarios superan los 97 mil
“Mi nuera nos avisó que mi hijo ya se estaba despidiendo de ella, que nos viniéramos rápido. Yo todavía no sé cómo está, queremos subir a verlo, pero aún no nos dejan pasar”, comenta.
Prefiere no dar su nombre ni el de su hijo. Considera que pocas personas comprenden el dolor que implica enfrentar una situación así y no quiere que hablen de su familia. Sin embargo, explica que su hijo recibe tratamientos de diálisis desde hace varios años y que, en los últimos días, su estado de salud comenzó a deteriorarse.
“Los médicos dicen que tiene la sangre contaminada y que no saben si va a sobrevivir. Mi nuera no ha bajado. Nosotros ya llevamos casi dos horas esperando, pero no sabemos qué está pasando. Creo que a las niñas las vamos a dormir en el coche, pero nosotros vamos a pasar la noche aquí”.
Lee también Hay doble alerta por lluvias fuertes y granizo en toda la CDMX; tres alcaldías están en naranja
Cuando se le pregunta si tiene con qué protegerse del frío, responde que no.
“Tal vez algún familiar venga y nos traiga una cobija, pero no lo sé. La verdad, eso es lo que menos pienso. Lo único que quiero es que mi hijo se recupere y, si no es posible, al menos que podamos despedirnos de él. Pero todavía tengo la esperanza de que podamos llevarlo de regreso a casa”.
En la sala de espera del hospital, como ella, decenas de familias enfrentan la incertidumbre.
Lee también Detienen a cuatro presuntos integrantes de la Anti Unión de Tepito; uno de ellos es menor de edad
Maricarmen tiene 85 años. Es originaria de Pisaflores y llegó al hospital prácticamente sin esperanza de vida debido a un cáncer que padece desde hace algún tiempo.
Luisa, su hija, permanece formada en la fila donde una mujer y su familia reparten alimentos a los familiares de pacientes hospitalizados.
“Nosotros ya nos vamos. Llegamos hace una semana por un tumor que tiene mi mamá, pero el médico ya me dijo que no pueden hacer nada más y que es mejor llevarla a casa. Estoy esperando a que un familiar venga por nosotras. Llegamos en ambulancia y ahora no tenemos cómo regresar”, relata.
Cuenta que son originarias de una comunidad de Pisaflores, ubicada a unas nueve horas de Pachuca. Por ello, piensa pedir un poco de comida para llevar durante el largo trayecto de regreso.
Un vaso de café y un tamal serán la cena de esta noche. Sin embargo, sabe que su madre no podrá comerlos y aún no sabe qué hacer.
Como ellas, al hospital llegan personas de distintos municipios del estado que, en medio de la incertidumbre por la salud de un ser querido, encuentran en la solidaridad un respiro.
Café, tamales, pan, agua y comida son entregados por manos anónimas que ofrecen un poco de alivio en momentos de necesidad. Prácticamente todos los días llegan personas para repartir alimentos.
Algunos lo hacen porque alguna vez vivieron una historia en este lugar; otros, simplemente por ayudar.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
sin interrupciones.
sin límites.