Oaxaca.— Alberto Valenzuela es hijo de un “señor viajante” del norte que componía trenes y andaba por todos lados, y de una mujer “sedentaria de la Cuenca del Papaloapan” que por naturaleza debió ser cantante y a quien le gustaba la música, en particular el son. “Se juntaron, hicieron, y de ahí venimos. De ahí ven esta sombra”.
Alberto Valenzuela se mueve entre su fantasma del pasado, su fantasma del presente y del que será el fantasma del futuro, para hablar del papel Oaxaca, su invención con fibras extraídas del agave. “Así como hay papel Fabriano, arches, guarro, yo quería papel de hoja de acá [un papel oaxaqueño]”, cuenta.
Antes probó con fibras de plátano, fruta que compraba por toneladas en la Central de Abastos de la ciudad de Oaxaca; con maíz, con jamaica y con las piñas de Loma Bonita. Hasta que se encontró frente al mezcal y en consecuencia con el maguey, una bebida que estaba prohibida cuando llegó por primera vez al estado.

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“Las primeras imágenes que le quedan a uno son las que impactan más en el desarrollo del ser que vamos siendo. Lo que veía en la Cuenca del Papaloapan son los ríos de mariposas, y veía en los vestidos de las mujeres ríos de mariposas. Y ese padre viajero también me hizo viajar. Mi infancia también fue errante”, recuerda.
El artista, cuyo taller se encuentra en San Agustín Etla, Oaxaca, nació en un momento generacional entre esos padres obreros y la generación rebelde de 1968.
Alberto Valenzuela tiene un hijo que actualmente tiene 42 años, y cuando era adolescente y notaba que comenzaba a separarse de él, le propuso una actividad manual, y así empezaron a reciclar papel.
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En ese entonces vivía en Querétaro con su familia. Después se mudaron a Oaxaca y ocurrió una coincidencia cósmica: llegaron al estado unos papeleros de Finlandia y les enseñaron a hacer papel europeo; pero quedó en él un “cosquilleo” por querer explorar en diferentes tipos de fibras.
Una parte importante en su historia es la presencia del maestro Juan Alcázar, uno de los artistas plásticos oaxaqueños más importantes. Cuando Alcázar viajó a Finlandia, a las personas de ese país les gustaron sus pinturas, e intercambiaron algunas de sus obras por máquinas para hacer papel.
“Entonces llegó Juan con las máquinas, la asesoría finlandesa y pues nada más. Y entonces empezamos a trabajar. Yo por fortuna también cruzaba por esos lugares. Como fantasmas, yo digo no, otra cosa, como fantasmas que se cruzan, se juntan, dialogan y tal vez, construyendo realidades”, cuenta Valenzuela.
Ya tenían las máquinas, el proyecto elaborado y la capacitación de los finlandeses, pero no tenían un espacio. Por eso pidieron la ayuda al artista Francisco Toledo, para que “auspiciara” el proyecto; al principio se negó, hasta que lograron convencerlo con insistencia: “Tampoco hubo que doblarle mucho la mano”, aclara.
Toledo consiguió la Estancia Bustamante, un lugar interesante por sus pavorreales, unas caballerizas largas y un lago. “Nos dijo ‘pues ahí pueden tomarlo como galera para papel, para hacer papel’. Llevamos las máquinas, se dieron talleres, aprendimos lo elemental y nos sirvió de trampolín”.
“Un día llegó el maestro Toledo y me dijo, hubo un incendio aquí en este pueblo [San Agustín Etla] en el año 96, un gran incendio, se veía por todos lados. Y entonces llegó conmigo un día y me dijo ‘tengo un lugar muy bonito para el taller de papel’. Fuimos a ver y estaba la hidroeléctrica de aquí abajo”.
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Una noche, mientras descansaba de limpiar la hidroeléctrica de San Agustín Etla que encontraron “hecha un basurero” y sus máquinas saqueadas para venderlas como fierro viejo, y usar ese espacio para el taller de papel, pasó una estrella fugaz y Alberto Valenzuela aprovechó su paso para preguntar sobre qué quería ser y pedir un deseo: dedicarse a hacer papel.
“Quiero hacer papel. Le dije así a la estrella fugaz. Con toda mi fe, con todas mis manos, y yo creo que, como cuando se fecunda lo femenino con lo masculino, bajó como una chispa, y pues cuídate de lo que deseas, porque de repente ya te está exigiendo cosas y a mí me exigió viajar, dar vueltas”.
El maestro papelero explica que sabía leer, escribir, había estudiado la preparatoria en Humanidades y quería ser licenciado; cuando se dio cuenta “de la aridez de este mundo”, quiso estudiar Biología, y dice que se dio cuenta que no sabía nada. Eso mismo, afirma, le pasó con el papel.
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Por eso escudriñó en libros y no encontraba información, lo que causó que por algunos momentos fuera hostil. Comparaba las fibras, estudiaba cómo las habían tratado en tiempos remotos, aprendía del papel de los europeos, tuvo un acercamiento con los papeleros japoneses y aprendió de la cotidianidad de la gente con la que convive, la que acompaña en muchas ocasiones al campo.
En esos recorridos por los campos agrícolas observó las diferentes posibilidades de obtener fibras para el papel: qué plantita cortar, cuándo cortarla, y se dejó guiar por la cultura y los conocimientos de los campesinos, “porque tienen la cultura raíz a flor de piel”.
Así aprendió el tratamiento de la fibra, cuál era buena, cómo separarlas y las diferentes fuentes. “Y entonces eso fue creando un cuerpo híbrido y le puse como nombre papel de Oaxaca”.
“Todas las plantas tienen fibras, que no son otra cosa más que los vasos capilares de la planta. Los popotes que llevan agua y que bajan nutrientes, estos popotes que yo llamo fibra. Los que saben bien hablar dirían que es celulosa. Y la celulosa pues es la materia prima de mi trabajo”, comenta.
En este proceso, compró cantidades “inconcebibles” de plátanos para hacer el papel de plátano, y después pensó en el maíz para crear el papel de Oaxaca, porque ¿qué hay más oaxaqueño que el maíz? También hizo papel con las fibras de la piña, como una forma de reutilizar el desperdicio que la industria deja de esta fruta; pero tampoco ese era el camino.
Y finalmente, llegó el agave. “De repente estamos de frente con el mezcal, que coincide al mismo tiempo con la idea del taller de papel, porque cuando yo llegué a Oaxaca, tomar mezcal estaba prohibido”.
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