Miles de asientos ocupados en el Estadio Azteca y nadie le daba un vistazo a la cancha. No era desánimo de la afición, era el día en que la UNAM aplicaba hasta 15 mil exámenes de ingreso al bachillerato.
Desde 1969 hasta finales de los años 80, el Coloso de Santa Úrsula fue el escenario donde miles de jóvenes buscaban un lugar en la Máxima Casa de Estudios, cuando fungió como sede para las pruebas de ingreso.
No salía el sol y ya se divisaban las filas de adolescentes esperando turno. Los contingentes de madres rodeando al estadio. Todos habían madrugado y le daban la cara al clima nublado de agosto.

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En semanas previas se debía hacer otra fila en alguna dirección de avenida del Imán, en el sur de la capital, para la entrega de papeles requeridos por la UNAM.
La brecha generacional entre ellos y los jóvenes que hoy hacen exámenes en línea no puede ser mayor: el nervioso silencio entre los aspirantes, la mirada vigilante de los aplicadores y la paciente espera de los familiares eran toda una experiencia.
Nada de “se me olvidó un papel”, porque la cita en Tlalpan a primera hora no daba un minuto para regresarse. Ni hablar de la comodidad, porque la regla era sentarse en el concreto frío y en las manos sólo se permitía la tabla para recargarse, misma que repartían a los examinados los organizadores, así como un lápiz 2B o B y una goma. El examen podía durar más de cuatro horas.
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Aunque se habla también de la antes carrera técnica en Enfermería y algunas licenciaturas, el Azteca desafió con más frecuencia a aquellos que tenían en la mira a la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) y al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH).
Por lo regular, se le dedicaba toda una semana de agosto al multitudinario examen, que en “tandas” de 15 mil rebasaba los 80 mil jóvenes examinados cada año.
“En una gigantesca aula está convertido el Estadio Azteca”, dijo nuestro compañero Salvador Rico, reportero de EL UNIVERSAL, que hizo una crónica del examen de la UNAM en 1983.
La cita era a las ocho de la mañana, pero desde las siete o antes ya había una multitud de aspirantes, esperando, haciendo fila —y claro que sí—, también de comerciantes con tamales, las tortas y los vasos de café y los que vendían los portapapeles, lápices y gomas, por aquello del olvido o la pérdida.
Salvador Rico notó que sólo los clics del sigiloso fotógrafo rompían por instantes la quietud de la prueba entre las gradas.
Aunque de cuando en cuando se veía alguna cabeza girar, era en vano. Medio metro separaba a cada joven aquella vez.
Otras sedes para el examen de ingreso a nivel licenciatura fueron explanadas públicas, la Sala de Armas y hasta auditorios de universidades privadas como La Salle, donde los numerosos observadores tampoco bajaban la guardia para que los alumnos no copiaran, pues si lo hacían se les llamaba la atención hasta en dos ocasiones, a la tercera se les quitaba el examen, perdiendo la oportunidad de ser de “piel dorada y sangre azul”.
Antes de los años 2000, los resultados llegaban por correo convencional, si el aspirante veía que llegaba una carta pequeña había sido aceptado por la UNAM, en ella se daba la bienvenida al alumno en la carrera elegida; en cambio, si llegaba un sobre grande, se le habían enviado de regreso sus papeles.
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