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Miami.— Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump ha aplicado la política arancelaria como estrategia comercial, política y de presión, como instrumento de identidad política hacia adentro y como palanca de presión hacia afuera.
La política implica “un arancel casi universal y permanente que se añade a los gravámenes previos por sectores y que altera de un plumazo los precios relativos de miles de bienes en la economía estadounidense y, por arrastre, en el resto del mundo”, señala a EL UNIVERSAL el economista Iván Jiménez.
La respuesta ha sido inevitable. La Unión Europea, China, Canadá han anunciado medidas espejo diseñadas no sólo para equilibrar porcentajes, sino para enviar mensajes políticos claros sobre el costo de una guerra arancelaria prolongada.
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Economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) aseguran que “tras varias décadas de creciente integración económica global, el mundo enfrenta ahora el riesgo de una fragmentación geoeconómica impulsada por este tipo de políticas”.
Para Jiménez, “lo que está en juego no es sólo el volumen del comercio, sino el diseño mismo de la integración económica tejida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”.
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Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, advierte que “la fragmentación puede costar hasta 7% del PIB mundial”, una pérdida equivalente a varias economías del tamaño de Francia o Reino Unido combinadas. De acuerdo con el Economic Research Service, las empresas se están adelantando a los políticos. La combinación de aranceles de Trump, tensión geopolítica con China y lecciones de la pandemia ha acelerado el nearshoring hacia México y la reubicación de partes de las cadenas en países considerados “amigos”. Lejos de un cierre a la autosuficiencia, lo que se observa es un rediseño; menos dependencia de un único proveedor en Asia, más no dos en Norteamérica, más diversificación hacia India, el sureste asiático o Europa del Este. “Esa reconfiguración es compatible con un mundo menos integrado que el de la hiperglobalización, pero no necesariamente con un mundo sin libre comercio”, comenta Jiménez.
En América del Norte, el debate sobre la globalización tendrá una prueba concreta: la revisión, en 2026, del T-MEC. “Si la región decide usarla [la revisión] para profundizar el libre comercio, actualizando reglas de comercio digital, de energía limpia o de pequeñas y medianas empresas, el tratado podría convertirse en un antídoto frente a la fragmentación global: si la revisión se convierte en rehén de la amenaza de cancelación y de nuevas rondas de aranceles internos, el T-MEC podría pasar de ser un escudo a ser un amplificador del daño regional”, advierte Jiménez.
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