Enrique Inzunza no dejaba de acosarla sexualmente. Un día le mandaba videos repulsivos que no merecen ser descritos en ninguna parte y otro día le mandaba juguetes sexuales no solicitados a su casa. A él, como su superior jerárquico en el Poder Judicial de Sinaloa, eso le causaba enfermas emociones.

Por meses, abrumada, ella guardó silencio, pero los ataques del hoy senador de Morena incrementaron. Ante la desesperación comenzó a buscar figuras de mayor peso que fungieran como emisarios para que le pusieran un alto. El gobernador Rocha Moya, teniéndolo como secretario de gobierno, tampoco fue capaz, entre cómplice y entre solapador.

Pero para la suerte de ella, su historia llegó con todos los detalles a los oídos del hombre que realmente mandaba en Sinaloa. Ismael “El Mayo” Zambada, asqueado de los relatos, decidió ponerse del lado de la víctima y dio la orden: ya basta. No fue sino hasta ahí que Inzunza y el gobernador entendieron que debían obedecer.

Inzunza hoy es el eslabón más débil de la cadena, incluso por encima de los otros exfuncionarios acusados. Sus nervios deben estar carcomiéndolo. Por años cultivó un perfil de operador: discreto, jurídico, cercano al poder y útil para el grupo de Rubén Rocha Moya. Su carrera parecía tener lógica ascendente: magistrado, secretario general de Gobierno, senador. Pero esa trayectoria hoy quedó atravesada por una acusación que cambia todo: el señalamiento de autoridades de Estados Unidos por presuntos vínculos con Los Chapitos y por haber participado, según esa versión, en una estructura de protección política al Cártel de Sinaloa.

El punto central no es sólo si Inzunza es culpable o inocente. La lógica indica que eso está comprobado en tribunales estadounidenses. El fondo político es otro: su carrera estaba construida sobre la confianza del poder estatal sinaloense, y ahora ese mismo poder aparece bajo sospecha internacional. La cercanía que antes lo protegía, hoy lo compromete. En política la presunción de inocencia no borra el daño reputacional. Sobre todo cuando el contexto es Sinaloa.

Para Inzunza, el problema es doble. Si Morena lo defiende, carga con él. Si lo suelta, confirma que se volvió desechable. Su futuro dependerá de tres cosas: la solidez del expediente estadounidense con las acusaciones de los narcos cómplices, la disposición del gobierno mexicano a protegerlo o sacrificarlo, y su capacidad para dejar de ser visto como una extensión de Rocha Moya, leal o desleal, según su conveniencia.

Quienes saben, dicen que ahí reventará la liga.

Stent:

Otro personaje fue clave para gestionar la orden de que parara el acoso. Miedo le tuvieron. Amenazar no fue necesario. Recorría Sinaloa. Tenía vara alta. Imposible imaginarlo. Nadie lo creería.

claudio8ah@gmail.com

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