Un día antes de que el país se enterara de que Rubén Rocha Moya estaba acusado de vínculos con el Cártel de Sinaloa, la presidenta Sheinbaum recibió la noticia en Palacio Nacional. La embajada de Estados Unidos en México había tenido la cortesía, si se le puede decir así, de enterarla a través de los canales tradicionales. En un inicio, la respuesta fue que lo revisarían bajo el supuesto de que habría tiempo para reaccionar, pero nada más equivocado. No estaba presupuestado que la administración Trump publicaría las 34 páginas de la acusación que parece más un best seller.

La Presidenta convocó a su equipo más cercano, pero para nadie era una sorpresa. Según las fuentes, todos los reunidos sabían desde hace tiempo que esto pasaría, pero no quién sería el primer llamado a rendir cuentas. Había baraja: Marina, Adán, Américo, Durazo, Audomaro. Rebotaron información entre el recién estrenado canciller Roberto Velasco, la fiscal Ernestina Godoy y el secretario de seguridad, Omar García Harfuch, este último el de mayor alcance en datos de inteligencia y relación con Estados Unidos, pero el que menos se movilizó al ver el tamaño de la embestida. Como el que no quiere quemar favores por un amigo impresentable.

Cuando la mañanera del miércoles terminó de manera abrupta después de 42 minutos, siendo la más corta en lo que va del sexenio, la Presidenta trató de buscar comunicación con Estados Unidos también a través de las vías diplomáticas y no hubo respuesta. No answer is always an answer, dicen los gringos.

Más tarde, vino la llamada telefónica con Rocha Moya. Ella le preguntó si había algo de qué preocuparse y él, tajante, respondió que no bajo el argumento de que las acusaciones venían de gente de poco fiar y que se quedarían en dichos originados para buscar una reducción de condenas y obtención de beneficios ante la justicia estadounidense. Eso es difícil de creer hasta en el propio gobierno dada la crisis que arrastra el estado, al grado que Alfonso Brito, uno de los encargados de comunicación de la presidenta Sheinbaum, ha desplegado desde hace meses la estrategia para tratar de limpiar la imagen de Rocha Moya.

En una siguiente reunión se plantearon los escenarios disponibles. Las fuentes no quisieron revelar qué voz propuso que Rocha Moya pidiera licencia, pero sí contaron que la presidenta Sheinbaum brincó de inmediato. Salió su faceta de dura en el movimiento y defendió a Rocha como un personaje muy querido por todos, dado los apoyos que siempre brindó, pero luego pesó más el riesgo de contener lo incontenible y mandó a Rosa Icela Rodríguez como enviada con el gobernador para que le ordenara solicitar licencia. Éste a su vez tuvo una reunión con otros de los acusados y no tuvieron más que aceptar algo que también había sido consultado en Palenque.

Uno de los cuestionamientos en la mesa y que se mantiene hasta hoy es por qué no aparecen los hijos de Rocha Moya en la investigación si todo mundo en Sinaloa sabía de sus funciones y encargos, junto con Américo Villarreal y el hijo de este. Ellos jugaron un papel clave en la recaudación de fondos durante la campaña y en acomodar al secretario de finanzas, quien estaría por cooperar con Estados Unidos. ¿El ojo de Washington no quiso ver ahí, por ahora?

Aunque la Presidenta lo niegue, está en un dilema clave para su futuro en la historia.

Stent:

Comienza a correr la versión de que el caso del senador es distinto. Acusarán que él y los otros ocho sí son narcos, narcos. Jugarle a romper lealtades puede salir carísimo.

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