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Una de las claves para entender el fenómeno Bukele es observar su uso estratégico de las redes sociales como espacio de escenificación del poder. Lejos de recurrir a la solemnidad institucional, el presidente salvadoreño ha construido su figura pública mediante una combinación de ironía, provocación y marketing emocional. X (antes Twitter) ha sido su plataforma privilegiada: ahí no solo gobierna, también se representa. Y en ese gesto performativo, sus biografías editadas, sus tuits, sus memes, se convierten en dispositivos de gobierno.
Durante su primer mandato, Bukele modificó varias veces la descripción de su perfil en X. En un momento clave —septiembre de 2021—, se autodenominó “Dictador de El Salvador”. No como confesión, sino como sátira: una jugada provocadora frente a las acusaciones de autoritarismo por parte de la oposición y de organismos internacionales. Poco después, redobló el gesto y escribió: “El dictador más cool del mundo mundial”. No buscaba desmentir la etiqueta, sino vaciarla de carga crítica, reapropiarse del insulto y convertirlo en mercancía pop. El autoritarismo se volvió un emoji, un guiño, una ironía compartida.
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En otros momentos, se ha presentado como “ceo de El Salvador” o incluso como “Rey Filósofo”. Estos títulos no son aleatorios: refuerzan su narrativa de eficiencia empresarial, modernidad digital y liderazgo visionario. ceo, no presidente. Influencer, no político. Bukele no solo gobierna, gestiona su propio relato como si fuera una marca personal; utilizan las herramientas del mercado para hacer del Estado una empresa con un único accionista mayoritario: él.
Este juego con las formas del lenguaje y la autopresentación configura una figura de poder que se quiere cercana, disruptiva y por momentos cómica. Pero bajo esa superficie lúdica opera una lógica seria y disciplinaria: se naturaliza el control, se estetiza la excepción, se convierte en espectáculo la domesticación del desacuerdo. El meme reemplaza al argumento. La burla, al debate. Y así, el discurso populista se vuelve performativo no porque solo diga, sino porque actúa afectos, modela imaginarios y captura lealtades.
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En septiembre de 2022, Nayib Bukele anunció su intención de buscar la reelección presidencial a través de un video que imitaba la estética de una serie de Netflix. Este recurso comunicacional no fue casual; representó una estrategia deliberada para conectar con una audiencia acostumbrada al consumo de contenido en plataformas de streaming, especialmente las generaciones más jóvenes. El video presentaba una narrativa dramática y estilizada, posicionando a Bukele como el protagonista de una historia de transformación nacional.
La investigadora Amparo Marroquín ha analizado críticamente esta estrategia en su ensayo Ecos desde el abismo: Una mirada desde la tecno-utopía centroamericana (2023). Argumenta que el bukelismo ha instaurado un régimen de visibilidad/ceguera, donde la comunicación política se basa en una mirada caleidoscópica: fragmentaria, deslumbrante y siempre móvil. Esta mirada se construye a través de estrategias que combinan desinformación, falsos dilemas y el uso intensivo de redes sociales como espacios de difusión y magnificación de su narrativa.
En este contexto, el video de reelección no solo sirve como anuncio político, sino como una herramienta para consolidar una narrativa de tecno-utopía. Bukele se presenta como un líder moderno y disruptivo, capaz de llevar a El Salvador hacia un futuro tecnológico y próspero. Sin embargo, esta narrativa oculta las tensiones y contradicciones de su gobierno, incluyendo la concentración de poder y las restricciones a las libertades civiles, plantea Marroquín.
La estrategia comunicacional de Bukele —al estilo de un influencer— transforma la política en una performance donde la imagen y el espectáculo priman sobre el debate y la deliberación democrática. Este enfoque plantea desafíos significativos para la comprensión y la práctica de la política en la era digital, donde la frontera entre la realidad y la ficción se vuelve cada vez más difusa.
Bukele contra El Faro: cuando el periodismo se vuelve enemigo
En el repertorio de figuras que el poder necesita desactivar, el periodismo incómodo ocupa un lugar central. El Faro, medio salvadoreño fundado en 1998 y referente del periodismo de investigación en la región, ha sido convertido en blanco predilecto del gobierno de Nayib Bukele. Pero no se trata de una disputa entre versiones, sino de una estrategia más amplia: la deslegitimación sistemática del lenguaje crítico.
Desde 2020, el presidente salvadoreño ha utilizado su cuenta de X como un escenario para instalar la idea de que El Faro no es un medio, sino una “organización política disfrazada de periodismo”, que “recibe dinero sucio”, “trabaja para las pandillas” y forma parte de una conspiración internacional contra su gobierno. En cadena nacional, llegó a afirmar: “El Faro no paga impuestos, ni siquiera sabe de dónde viene su dinero”. Palabras que no buscan debatir ni argumentar, sino fabricar un clima de sospecha, erosionar la confianza pública y activar la maquinaria del descrédito.
En paralelo, se desplegaron tácticas de vigilancia digital —el caso Pegasus que comprometió los dispositivos de más de veinte periodistas del medio—, auditorías arbitrarias y, finalmente, una ofensiva fiscal y judicial que obligó a El Faro a trasladar su estructura legal a Costa Rica. La palabra crítica, desplazada. El archivo incómodo, expulsado.
Lo que se juega aquí no es solo la libertad de prensa, sino la posibilidad misma de que existan relatos no capturados por el guion oficial. Cuando Bukele repite que El Faro “defiende a los criminales” o que “es el medio más corrupto del hemisferio”, no está apelando a pruebas: está ejerciendo un poder performativo que convierte la calumnia en consigna, y la sospecha en verdad emocional. Como en otras partes de su política digital, lo que importa no es que algo sea cierto, sino que sea creíble por quienes ya creen.
En esta escena, el periodismo se convierte en enemigo, y el lenguaje pierde su vocación de diálogo para convertirse en trinchera. Se administra el sentido como se administra una guerra: con objetivos, blancos y fuego cruzado. El Faro, al resistir esta ofensiva, se vuelve no solo medio de comunicación, sino archivo de un presente que el poder querría borrar.
¿Por qué importa tanto el caso de El Faro? Porque en él se condensan los mecanismos clave del populismo contemporáneo: la conversión del periodismo en enemigo interno, la administración del descrédito como forma de gobierno, la fabricación de enemigos funcionales a una narrativa de excepción permanente. El Faro es relevante no solo por lo que denuncia, sino por lo que provoca: revela la fragilidad del poder cuando es confrontado con datos, contextos, archivos. Por eso debe ser expulsado, caricaturizado, destruido simbólicamente.
En el ecosistema del populismo digital, donde la adhesión afectiva reemplaza al argumento, el periodista es menos una figura pública que un blanco narrativo. Se construye como amenaza para justificar la propia concentración de poder. La censura ya no se impone con silenciamientos directos, sino con saturaciones de ruido, campañas de desprestigio y la producción constante de duda.
El Faro encarna esa tensión: entre narrar el presente con los recursos del archivo, la memoria y la investigación, y soportar las consecuencias de hacerlo en un contexto donde el lenguaje se ha vuelto territorio de combate. Por eso su caso no es una anécdota salvadoreña, sino una escena ejemplar de la disputa contemporánea por el sentido.
La cárcel del mundo: encerrar palabras
¿Las palabras, además de acallarse, pueden encerrarse? Como ya se analizó en el capítulo dos, el cecot —Centro de Confinamiento del Terrorismo— inaugurado por Nayib Bukele en febrero de 2023, se presenta no solo como la penitenciaría más grande de América Latina, sino como el dispositivo monumental de una política del silencio forzado. El edificio, rodeado por cordones de seguridad, alambre electrificado y vigilancia militarizada, no es únicamente una estructura para contener cuerpos, sino una gramática del orden impuesta por la fuerza.
En el país con la mayor tasa de encarcelamiento del mundo, el cecot —enfatizamos— no opera solo como lugar de castigo, sino como escenografía de una victoria oficial sobre el desorden. La imagen —viral, repetida, coreografiada— de centenares de cuerpos rapados, desnudos del torso, agachados en filas, silenciosos, sin identidad visible, opera como enunciado. Como un statement global. Como advertencia.
Hoy, este espacio ya funciona también como centro de importación y exportación del castigo. Señalamos ya que, en una maniobra sin precedente, el gobierno de Bukele recibió en este penal a más de 250 personas deportadas desde Estados Unidos en el primer trimestre de 2025, entre ellas venezolanos y salvadoreños, a cambio de un pago estatal de seis millones de dólares anuales. En esta lógica, El Salvador se convierte en país-bodega de los sujetos desechables del norte global, un eslabón estratégico en la economía de la exclusión: encerrar lo que no debe circular.
La cárcel como maqueta del futuro: eficaz, espectacular, rendidora. Lo que se encierra ahí no es solo el cuerpo, sino la posibilidad misma del decir. Toda palabra que cuestione, toda voz que contradiga, se vuelve sospechosa. Y el silencio, coreografiado o impuesto, se convierte en virtud.
En abril de 2025, la periodista y analista Gabriela Warkentin dedicó uno de los episodios de su podcast Al habla con Warkentin al CECOT, una conversación imprescindible para comprender las derivas autoritarias del encarcelamiento como política regional. A lo largo del episodio, emergen términos, tonos y giros que delinean un vocabulario de la excepcionalidad carcelaria, donde la palabra orden se superpone a la noción de justicia, y el encierro se presenta como solución totalizante. Para visualizar esta arquitectura verbal, elaboramos una nube de palabras que condensa los conceptos más reiterados del episodio. El resultado —inscrito en un contorno de alambre— no busca adornar el discurso, sino subrayar su densidad disciplinaria y la carga simbólica que emite.

La cárcel como maqueta del futuro: eficaz, espectacular, rendidora. Lo que se encierra ahí no es solo el cuerpo, sino la posibilidad misma del decir. Toda palabra que cuestione, toda voz que contradiga, se vuelve sospechosa. Y el silencio, coreografiado o impuesto, se convierte en virtud.
Lo que el episodio del podcast Al habla con Warkentin hace audible no es solo un diagnóstico: es un tono. El tratamiento del CECOT no se inscribe en un debate técnico sobre política penitenciaria, sino en un paisaje sonoro de asombro, desconcierto y temor. Las palabras que se repiten —megacárcel, orden, excepcionalidad, castigo, exportación, miedo— no son neutrales: funcionan como marcadores de una sensibilidad que ya no confía en los mecanismos clásicos del derecho, ni en las mediaciones institucionales del castigo.
Lo que se escucha es el murmullo de un desplazamiento. El lenguaje de la justicia ha sido sustituido por una lógica de espectáculo y escarmiento. El cecot aparece, en la conversación, como una maquinaria que no necesita justificar su existencia desde la legalidad, sino desde su capacidad para imponer silencio. Un dispositivo que opera menos como espacio penitenciario que como mise en scène de un poder que necesita ser visto para ser creído.
Desde la escucha atenta, emerge una coreografía semántica en la que los términos: limpieza, eficacia, orden y sometimiento; se encadenan sin pausa, y donde la figura del preso —reducido a cuerpo genérico, sin rostro ni voz— se convierte en parte del mobiliario de la imagen del éxito estatal. El silencio de esos cuerpos agachados, uniformados, comprimidos, no es solo físico: es lingüístico. Una palabra que no se puede pronunciar porque ha sido anulada en su raíz.
Lo que se clausura aquí es el lenguaje de la apelación, del reclamo, del derecho. Y lo que se impone es una lengua de hierro: afónica, instrumental, rotunda. Como si hablar fuera ya un privilegio. Como si, en el encierro, lo único que pudiera sobrevivir fueran las palabras del castigo.
En ese sentido, el podcast se vuelve documento: no solo porque archiva una conversación clave, sino porque captura una inflexión epocal. Se escucha ahí el eco de una pregunta más amplia: ¿Por qué el temor del poder a la palabra?
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