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El amor es arte inexacto y trabajo cotidiano, antídoto y forma de resistencia, aprendizaje de la carne, del alma y de la cabeza. Con Cuando hablamos de amor (Sexto Piso, 2025) nos sumergimos en el mundo de la duda, de la escasa certeza, de la mirada nueva que se asombra ante las posibilidades que antes no contemplaba. Y qué bien que así sea, porque no hay nada más incierto que las propias convicciones, máxime cuando se trata del amor, tan manoseado, tan dicho y desdicho.
En este libro de ensayos Aura García-Junco reúne trece voces (la de ella incluida) que enuncian los dogmas, el machismo, las violencias, las interseccionalidades, el poder y la opresión, las disputas, las transacciones, los diálogos, las disidencias y las resistencias, el trauma y el goce, las realidades “desbordadas, punzantes, divertidas y dolorosas” del amor. Al final, podemos abrir la pregunta por las diversidades afectivas y unas éticas relacionales más flexibles y, sobre todo, por un amor liberado “de la propiedad, del deber institucionalizado”, que puede volverse “una fuerza profundamente subversiva”.
¿Qué es lo más interesante (y tal vez inédito) sobre el amor que plantean las voces reunidas en este libro? Creo que una de las cosas más interesantes del libro es que no trata el amor como una emoción puramente privada o espontánea, sino como algo atravesado por la historia, la economía, la cultura, la tecnología, la familia y las relaciones de poder. A mí me interesaba desde hace tiempo preguntarme por qué en nuestra generación había tanta incertidumbre afectiva, y este libro amplía esa pregunta: muestra que el amor no sólo se siente, también se aprende, se administra, se narra y se normativiza. Lo valioso es que las voces reunidas no ofrecen un nuevo dogma, sino distintas maneras de abrir la conversación.
¿Qué resulta ser lo más complejo y retador cuando hablamos de amor? Lo más complejo es que hablamos de algo muy íntimo, pero al mismo tiempo muy regulado por estructuras externas. Cuando una empieza a interrogar sus referentes, descubre que muchas de las ideas que consideraba naturales o inevitables venían de la familia, de las películas, de las canciones, de las plataformas, del sistema económico. Hablar de amor es difícil porque no estamos frente a un tema estable: es una materia viva, cambiante, que nos obliga a repensarnos mientras la estamos viviendo.
¿Encontró alguna mirada nueva sobre el amor en estos ensayos? ¿Qué preguntas le abrieron estos textos? Me interesa mucho que varios textos desplazan el amor del centro exclusivo de la pareja y lo llevan hacia la comunidad, el cuidado, la amistad, la clase, la lengua, la tecnología y la historia. También me gusta leer vivencias radicalmente contrastantes de las mías, como es el caso de Siobhan Guerrero y su ensayo, que es una alabanza (sin dejar de ser crítica) al matrimonio y el amor de pareja como refugio. A veces, en el afán de ser analítica, se me olvida el otro lado de la satisfacción y cuidado que trae una relación bien llevada. En el caso de las relaciones LGBTQ+ es aún más importante esto.
Afirma que hemos tenido que adaptar sentimientos viejos a contextos radicalmente nuevos; ¿cuáles son y de qué manera los hemos adaptado? Pienso en sentimientos viejos como los celos, el apego, el miedo al abandono, la idealización romántica o la necesidad de reconocimiento. No desaparecieron: entraron en contextos nuevos, sobre todo el de las redes sociales, las apps de ligue y una vida cada vez más expuesta. Hoy tenemos que procesar afectos muy antiguos en un escenario donde parece que todo se retransmite, se compara y se espectaculariza. Eso altera la vida privada, produce nuevas formas de ansiedad y también nuevas formas de pensar los vínculos. Además, vivimos en un cuerpo biológicamente viejo. Nuestro cerebro no está listo para los cambios que plantea la tecnología; va mucho más lento. Y eso se refleja en todos los ámbitos, no sólo en el amor.
¿Cómo lee la idea del amor como aprendizaje afectivo y de los modelos relacionales de los que habla Iveth a partir de las experiencias, los cuerpos, el sentir de lxs otrxs? La educación sentimental se construye con lo aprendido en la familia, con las personas con quienes convivimos, pero también con los productos culturales y el sistema económico. Es decir, no llegamos vírgenes al amor: llegamos ya modeladas por escenas, mandatos, lenguajes y distribuciones de poder. Por eso me interesa tanto pensar el amor como aprendizaje afectivo: porque permite ver que no sólo heredamos ideas, también heredamos modos de cuidar, de herir, de callar, de desear y de convivir.
Iveth Luna Flores cita a bell hooks sobre el cuidado como una de las dimensiones del amor. ¿Cuáles cree que son aquellas que todavía nos cuesta más explorar, revisar y asumir? Creo que todavía nos cuesta mucho asumir el amor como responsabilidad, como práctica y como trabajo de imaginación ética, y no sólo como intensidad o destino. También nos cuesta pensar el cuidado fuera de sus versiones romantizadas o feminizadas. A mí me interesa una idea del amor menos vinculada con la posesión y más con el reconocimiento de la otredad, con la posibilidad de sostener la vida en común sin convertir al otrx en propiedad o fantasía. Al mismo tiempo, tenemos todas esas palabras en medio que a veces causan una especie de fobia a no hacerlo bien. Estamos en medio de un momento crítico del individualismo que nos pone en guardia de todo aquello que implique demanda, fricción. Esto se combina con discursos de cuidado, con demanda sentimental, con exigencias capitalistas de productividad… en fin. Mucha complicación. También es difícil revisar críticamente el cuidado: durante mucho tiempo se ha romantizado, especialmente en relación con las mujeres. El ensayo de Iveth muestra con mucha claridad que cuidar no siempre es sinónimo de amar; muchas veces es simplemente trabajo impuesto.
¿De qué manera el amor y el amar son actos políticos? Lo son porque las formas en que amamos nunca son neutrales: están atravesadas por el patriarcado, por la economía, por la organización de la familia, por la distribución del tiempo y de los cuidados, por la imaginación de lo legítimo y lo ilegítimo. Si el amor puede funcionar como mecanismo de opresión, también puede volverse un espacio crítico desde el cual cuestionar jerarquías, centralidades y mandatos. Pensar el amor ya es una diferencia; debatirlo y desnaturalizarlo también lo es. Pero también pensar horizontes y actuarlos. Deconstruir no es igual a dejar de construir. Ahí entra la imaginación política y la acción comunitaria.
En su texto, Yásnaya Aguilar habla del universo narrativo que le inoculó el virus del amor romántico. ¿Cómo ve las maneras diversas como se está narrando hoy el amor? Creo que hoy convivimos con dos movimientos a la vez. Por un lado, siguen operando narrativas muy viejas del amor romántico, sólo que recicladas por la cultura digital y el mercado. Por otro, hay cada vez más escrituras y conversaciones que se atreven a narrar el amor desde la ambivalencia, la comunidad, la amistad, la no monogamia, la violencia, la clase o la tecnología. A mí me interesa especialmente ese punto en el que la narración deja de vendernos una sola forma digna de amar y empieza a mostrar la complejidad de las experiencias reales.
A partir del texto de Clyo Mendoza, ¿cuáles de las ideas alrededor del deber ser como mujer cree que son las que más afectan o impactan la experiencia-vivencia del amor? El texto orbita en torno a todas esas cosas que crean tensiones dentro de lo que parecería un núcleo cerrado: la familia, la pareja. Uno de los núcleos más fuertes del deber ser femenino sigue siendo que la sexualidad de las mujeres sea vigilada, que el placer se sospeche, y que la relación romántica se jerarquice como destino, validación o prueba de valor. Ese mandato pesa mucho sobre cómo se vive el amor. Por otro lado, en el ensayo de Clyo, la maternidad es esencial. Ella habla de los desbalances de la crianza, pero lo relaciona con sistemas más amplios de aprendizaje y opresión. Sin duda una de ellas es el desbalance entre las labores de cuidado que muchas veces parecen nacer autónomamente de las mujeres, como si no tuvieran un origen aprendido y coercitivo. También se habla en ese ensayo de cómo el contexto que habitas te puede presionar para que asumas esas funciones de género más clásicas, aunque no las quieras.
¿Cómo atraviesa el capitalismo la idea del amor privado y el amor público? El capitalismo atraviesa el amor de formas muy profundas. Por un lado, mercantiliza el amor: vende expectativas, productos, rituales y conductas para “vivirlo”. Por otro, organiza materialmente qué vínculos son reconocidos, cuáles reciben derechos, herencias, créditos, custodias o legitimidad pública. Y, además, en la cultura digital empuja esa confusión entre lo privado y lo público: parece que todo debe exhibirse, narrarse y volverse espectáculo. El amor no queda fuera de eso. Por otro lado, el profundo estrés que estamos experimentado ante cosas como la crisis climática, la precarización de los empleos, la especulación sobre la vivienda, la privatización de la ciudad, afectan las relacionas amorosas de diversas maneras.
En su texto, Siobhan Guerrero Mc Manus reitera la idea del mito; ¿cuál es, para usted, el gran mito alrededor del amor? Al día de hoy, ¿qué hemos logrado desmitificar? Para mí, el gran mito sigue siendo que existe una única forma verdadera, plena y superior de amar: monógama, heterosexual, para siempre, centrada en la pareja y encaminada a la familia nuclear. También la idea de la media naranja, del amor como paraíso o salvación, y del otrx como fantasía que viene a completarnos. Lo que sí hemos empezado a desmitificar es justamente esa supuesta naturalidad: cada vez es más claro que el amor está históricamente construido y que puede ser pensado, discutido y transformado. Sin embargo, el ensayo de Sio muestra el otro lado de la moneda. Sí hay un mito, pero también hay un actuar que puede reconocer el mito y al mismo tiempo gozar de algunos de sus componentes, no de manera ingenua, sino generosa.
¿Qué nuevos descubrimientos ha hecho sobre el amor desde El día que aprendí que no sé amar hasta este libro? Más que descubrimientos cerrados, diría que he confirmado que éste sigue siendo un campo en movimiento. Ya cuando hablaba de El día que aprendí que no sé amar decía que, si lo escribiera de nuevo, tendría que agregar cosas, sobre todo en torno al delicado balance entre vida pública y vida privada y a la manera en que internet reconfigura los vínculos. Este libro me reafirma algo: que el amor no puede pensarse sólo desde la pareja y que necesitamos imaginarlo más desde lo colectivo, desde el cuidado y desde las condiciones materiales en que vivimos.
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