Llegamos a otro 10 de mayo en México y, como cada año, la conversación pública oscila entre la romantización de la maternidad y el juicio permanente hacia las mujeres que maternan.
Mientras el discurso público insiste en colocar a la maternidad como destino natural de las mujeres, la realidad evidencia otra cosa: en México seguimos exigiendo maternidades perfectas mientras reducimos apoyos, invisibilizamos el trabajo de cuidados y trasladamos cada vez más responsabilidades al espacio privado.
Durante los últimos días vimos distintas maternidades colocarse brutalmente en la conversación pública. Por un lado, el caso de Roxana, una mujer de Mexicali cuyo hijo Vicente, de apenas tres años, falleció después de permanecer dentro de un vehículo bajo temperaturas extremas. La indignación social fue inmediata y rápidamente apareció la figura de la “mala madre”.
Y sí, estamos frente a un caso gravísimo que debe analizarse jurídicamente, porque este caso también evidencia algo profundamente incómodo que rara vez queremos discutir: no todas las mujeres quieren ser madres, no todas pueden serlo y no todas cuentan con condiciones materiales, emocionales o psicológicas para ejercer la maternidad. Sin embargo, seguimos atrapados en un sistema donde incluso muchos operadores jurídicos continúan partiendo de un estigma profundamente arraigado: asumir que, por el simple hecho de ser mujeres, las madres deben cargar naturalmente con todas las tareas de cuidado.
Pero la realidad demuestra otra cosa. El cuidado no es biología. No es un instinto automático. Es trabajo. Es tiempo. Es un desgaste físico y emocional. Y mientras ese trabajo siga invisibilizado y feminizado, las mujeres continuarán enfrentando cargas imposibles de sostener.
Paradójicamente, incluso cuando las maternidades salen momentáneamente del lugar del sacrificio, también son cuestionadas. Lo vimos hace apenas unos días con la imagen de una madre disfrutando junto a su hija el encuentro de BTS en el Zócalo de la Ciudad de México. Para muchas personas, la escena representó algo profundamente conmovedor: una mujer compartiendo felicidad, cultura y memoria afectiva con su hija. Pero también aparecieron críticas que cuestionaban la legitimidad de esos espacios de disfrute en medio de otras problemáticas sociales.
Y ahí también existe una conversación incómoda. Porque pareciera que a las madres se les exige sufrir para validar su maternidad, como si el cuidado solo pudiera existir desde el agotamiento y no también desde la posibilidad de compartir momentos felices, acceder al ocio o construir experiencias culturales que históricamente han sido negadas para muchas niñas y mujeres en este país.
También existe una dimensión política en el derecho a la felicidad. Durante décadas, a las mujeres se les enseñó que la maternidad implicaba renunciar completamente al disfrute propio. Por eso esa imagen conectó con tantas personas: porque mostraba una maternidad que no estaba asociada únicamente al sacrificio, sino también al derecho de vivir momentos de alegría compartida.
Y justo en medio de estas discusiones apareció otro debate profundamente revelador: el anuncio de la Secretaría de Educación Pública sobre la ampliación del periodo vacacional escolar. Esto detonó rápidamente comentarios insistiendo en que “las escuelas no son guarderías” y que deberían ser las madres quienes asumieron completamente esos cuidados.
La frase no es nueva, pero sí profundamente sintomática. Porque detrás de ella existe una idea peligrosísima: que el cuidado infantil es una responsabilidad individual y femenina, y no un problema estructural que debería involucrar al Estado, las comunidades, los centros laborales y las políticas públicas.
Sí, las escuelas no son únicamente espacios de resguardo. Son espacios pedagógicos, de socialización y desarrollo. Pero negar que también cumplen una función fundamental dentro de la organización de los cuidados es ignorar deliberadamente la realidad de millones de mujeres particularmente madres y jefas de familia que sostienen hogares enteros mientras realizan jornadas invisibilizadas de trabajo doméstico y cuidados en espacios privados.
Las escuelas sí contribuyen al desarrollo, acompañamiento y cuidado cotidiano de niñas, niños y adolescentes, además de permitir que muchas madres puedan trabajar, trasladarse y sostener económicamente a sus hogares. Negar eso implica asumir nuevamente que siempre habrá una mujer disponible para absorber cualquier carga adicional que el Estado decida trasladar al ámbito doméstico.
Y a la par de todo esto, también hemos visto algo profundamente preocupante: la continua instrumentalización de las madres buscadoras dentro de la discusión política y mediática. Sus historias, sus dolores y sus luchas son utilizadas constantemente como símbolos de confrontación política inmediata, muchas veces desde perspectivas superficiales y profundamente deshumanizantes.
Se habla de ellas como consigna, estadística o herramienta discursiva, pero rara vez se escucha realmente qué necesitan, qué exigen o cuáles son las condiciones materiales y emocionales en las que viven mujeres que todos los días salen a buscar a sus hijos y seres queridos en un país atravesado por la desaparición y la impunidad.
Y quizá precisamente por eso cada 10 de mayo deberíamos detenernos a poner sobre la mesa una pregunta incómoda, pero urgente: ¿qué espera realmente este país de las madres?
Porque pareciera que México exige maternidades absolutas, sacrificadas y perfectas mientras simultáneamente les niega herramientas jurídicas, institucionales y sociales para ejercer esos cuidados de manera digna. Seguimos criminalizando, cuestionando y juzgando a las mujeres al mismo tiempo que reducimos espacios donde podría existir un equilibrio real y una distribución colectiva de las cargas de cuidado.
Tal vez la conversación de este 10 de mayo no debería centrarse únicamente en celebrar a las madres, sino en cuestionar seriamente qué condiciones materiales, jurídicas y sociales existen realmente para sostener las maternidades en México.
Porque mientras los cuidados sigan recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres y continuemos exigiéndoles estándares imposibles de cumplir, las maternidades continuarán siendo un espacio de culpa, vigilancia permanente y abandono institucional.

