Hay una paradoja que pocos han querido mirar de frente: México organizará por tercera vez en su historia una Copa del Mundo —algo que ninguna otra nación ha conseguido— y, sin embargo, llegará a ella como un anfitrión disminuido, casi espectral. Será la primera vez que un país rompa ese récord no desde la plenitud, sino desde la sensación íntima de haber extraviado algo esencial. El anfitrión arriba a su propia fiesta como esos personajes de Borges que descubren demasiado tarde que el laberinto no tenía salida.

Durante décadas, el fútbol fue el único territorio donde México podía derrotar a los Estados Unidos con relativa frecuencia y sin complejos. Era una victoria menor, acaso simbólica, pero necesaria: una compensación emocional frente a otras derrotas más profundas. En la cancha se equilibraban, por noventa minutos, las asimetrías económicas, militares y culturales de una relación bilateral marcada por la desproporción. Pero incluso ese reducto terminó por ceder.

Mientras otras naciones utilizaron los Mundiales como punto de partida para modernizar estructuras deportivas y construir proyectos de largo plazo —España después de 1982, Alemania tras la Eurocopa del 2000, incluso Marruecos en años recientes—, México convirtió el fútbol en una industria extraordinariamente rentable y deportivamente estéril. El negocio prosperó; la idea de nación futbolística se deterioró.

La Copa del Mundo de 2026 terminará por exhibir esa transformación con una precisión casi milimétrica. Aunque México aparecerá oficialmente como anfitrión, Estados Unidos recibirá once de las dieciséis sedes, incluidas la final y la mayoría de los partidos estratégicos; México apenas conservará tres estadios y el gesto protocolario del partido inaugural en el Azteca. Una metáfora impecable de la relación contemporánea entre ambos países: México en la fotografía; Estados Unidos dentro del cuadro.

La Federación Mexicana de Fútbol parece haber perfeccionado una extraña alquimia donde cada fracaso administrativo produce mayores ingresos. Su historia reciente se asemeja a esos laberintos borgianos cuyos arquitectos olvidaron diseñar una salida. Cada escándalo sustituye al anterior con una creatividad casi barroca: multipropiedad, opacidad financiera, derechos televisivos convertidos en feudos privados, directivos reciclados como si el fracaso fuera una credencial y no una condena.

Lo que algunos confunden con el murmullo natural de los pasillos de la FMF es, en realidad, el sonido del dinero desplazándose en direcciones equivocadas.

Los dirigentes —como escribió alguna vez un analista deportivo— pecan de acción, de omisión y de comisión. Y acaso ahí radique la tragedia central: el problema del fútbol mexicano nunca fue estrictamente futbolístico. Fue institucional.

El ruido de fondo no es el tambor de los estadios; es el eco hueco de una estructura que dejó de creer en el futuro. Lo más grave no es que el llamado “Plan Integral” haya fracasado, sino que detrás de él nunca existió realmente un proyecto alternativo. La selección que inaugurará el torneo el 11 de junio de 2026 en el Estadio Azteca será, esencialmente, la misma de siempre: brillante por momentos, vulnerable en lo decisivo, episódica en el talento y sistemática en la decepción.

Un espejo incómodo del país que la produce.

México perdió en el fútbol lo mismo que ha perdido en otros ámbitos de su vida pública: la capacidad de construir instituciones orientadas al bien común y no a la supervivencia de quienes las administran. El deterioro no comenzó en la cancha; comenzó mucho antes, en la normalización de la mediocridad rentable.

El Mundial de 2026 multiplicará las imágenes de México frente al planeta: el Estadio Azteca, las banderas, la liturgia verde de una afición que todavía convierte la esperanza en rito colectivo. Servirá como un espejo que refleja lo que está dispuesto a mirarse en él, incluido aquello que se quisiera ignorar.

Y acaso en uno de ellos —entre los himnos, las ceremonias y el ruido ensordecedor del espectáculo— el aficionado mexicano alcance a ver algo más profundo que un marcador adverso: un país que llegó a su propio Mundial como lo que verdaderamente es; un anfitrión espléndido, una selección incierta, una federación erosionada y una nación que sigue esperando, con la paciencia melancólica de quien ya hizo del desencanto una costumbre y que espera que alguien le devuelva aquello que le robaron.

La derrota más dolorosa nunca fue quedar eliminados en octavos de final. Tampoco perder finales, rankings o generaciones enteras de futbolistas. La verdadera derrota fue simbólica: perder el único territorio donde México todavía podía mirarse a sí mismo sin sensación de inferioridad frente a su vecino del norte. Durante años, el fútbol funcionó como una pequeña compensación histórica, una ficción colectiva donde el poder podía invertirse durante noventa minutos.

Porque en el fondo, la derrota no es deportiva, se instaura más en el terreno de lo simbólico, en eso que Jung llamaba consciente/inconsciente colectivo y se traduce en la lenta renuncia de un país, que quiere imaginarse soberano ante sí mismo.

Consultor y estratega político

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