Hay una verdad que la historia del poder en México ha demostrado con la puntualidad de los terremotos: el poder no se comparte. Se ejerce o se pierde. No existe la figura intermedia. Quien lo intente, lo aprenderá a la mala.

Plutarco Elías Calles lo sabía todo sobre México. Era, sin exageración, el más visionario de los constructores del Estado posrevolucionario. Fue él quien institucionalizó el caudillismo, fundó el primer partido oficial —el Partido Nacional Revolucionario— y sentó las bases del sistema político que dominaría al país durante las siguientes décadas. Construyó el Banco de México, trazó carreteras, modernizó al ejército, domesticó a los gobernadores y convirtió la anarquía de los caudillos en algo parecido al orden. Era el Jefe Máximo. Y fue precisamente ahí, obnubilado por esa grandeza, donde comenzó su caída.

Cuando terminó su presidencia en 1928, Calles no pudo soltar. Aunque no ocupaba formalmente la presidencia, ejerció un control indirecto sobre el país a través de presidentes que gobernaban bajo su sombra. Eran presidentes de papel: Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez. Tres hombres condenados a ejercer el poder como marionetas, que es, dicho sea de paso, la forma más humillante del poder.

El Maximato -como se conoce históricamente ese periodo- fue brillante como proyecto estadista y ruinoso como proyecto político. Calles quiso seguir mandando sin la responsabilidad de mandar. Quiso el trono sin el cetro, la influencia sin el escrutinio. Y el poder, que es una fiera, terminó por devorarlo como Cronos a sus hijos.

La ruptura se concretó en junio de 1935, cuando Lázaro Cárdenas, puesto en silla por el mismo Calles, ordenó su destierro del país, acusándolo de conspirar contra el gobierno y de obstaculizar las reformas revolucionarias. Fue un acto de frialdad perfecta. Cárdenas no discutió, no negoció, no convocó a sesión extraordinaria. Simplemente expulsó al hombre más poderoso de México como quien abre una ventana para que salga el humo. Y lo interesante es que nadie se sorprendió demasiado. En el fondo, todos sabían que aquello tenía que terminar así. Porque el poder —el poder de verdad— no tolera dos centros.

Ochenta y nueve años después, en la Ciudad de México, algo se movió esta semana en la estructura interna de Morena que merece leerse con la misma atención que se le da a los sismos: primero se siente el temblor, y sólo después uno comprende la magnitud.

Luisa María Alcalde Luján, dirigente nacional de Morena, confirmó su salida del cargo tras aceptar la invitación de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para asumir la titularidad de la Consejería Jurídica de la Presidencia. El anuncio se vistió con las formas de siempre: comunicado a la militancia, palabras de gratitud, orgullo por lo construido. “Me voy contenta y satisfecha de lo logrado”, expresó la ahora exdirigente — frase que, en el idioma del poder mexicano, puede significar muchas cosas simultáneamente.

Lo que hay que leer no es el comunicado. Lo que hay que leer es el gesto.

Alcalde fue elegida presidenta del Comité Ejecutivo Nacional de Morena en el séptimo Congreso Nacional del partido en septiembre de 2024, con mandato hasta el primero de octubre de 2027.

Es decir, se va año y medio antes de cumplir su periodo. No renuncia por voluntad propia en el sentido estricto del término: renuncia porque la presidenta de la República la invitó a un cargo en el gabinete, y en Morena —como en cualquier estructura de poder real— ese tipo de invitaciones no se declinan.

El movimiento es elegante y contundente al mismo tiempo. La presidenta Sheinbaum no destituyó a nadie. No hubo escándalo. No hubo filtración de conflictos. La dirigente del partido más poderoso del país desocupó su lugar con una sonrisa, y la presidenta colocará ahí —todavía sin nombre definitivo— a quien ella decida. Ariadna Montiel, titular de la Secretaría del Bienestar, se perfila para ser la nueva dirigente de Morena. Un perfil leal. Un nombre que viene del riñón del proyecto, que conoce las estructuras territoriales, que sabe de dónde sale cada voto. Alguien, en suma, que no le disputará a Sheinbaum el comando del partido.

Eso es lo que ocurrió esta semana: la presidenta tomó las riendas de Morena. No con tambores, sino con una carta y un cargo.

La pregunta que flota en el ambiente político de México desde el 1 de octubre de 2024 es la misma que flotaba en los pasillos del Palacio Nacional a partir de 1928: ¿quién manda de verdad? ¿La presidenta electa o el que entregó el poder?

No corresponde a esta columna responder con certeza lo que nadie puede saber con certeza.

Pero sí corresponde señalar que la política es también geometría: los movimientos revelan intenciones antes de que las palabras las nombren. Y el movimiento de esta semana fue inequívoco.

La secretaria general de Morena, Carolina Rangel, señaló que el cambio en la dirigencia nacional no modificará las fechas de los procesos internos, y que no debe sorprender que en los próximos días o meses haya más movimientos, tanto en el partido como en las dependencias nacionales o estatales.

Traducido del lenguaje político al lenguaje cotidiano: esto no es el fin de los reacomodos. Es el comienzo.

Claudia Sheinbaum está haciendo lo que tiene que hacer cualquier presidenta que quiera ser presidenta de verdad y no presidenta de papel: unificar el mando. Gobernar no sólo el Ejecutivo, sino también el partido que le dio origen. Tener en la Consejería Jurídica —posición de enorme influencia sobre la legalidad de cada acto de gobierno— a una persona de absoluta confianza. Y dejar claro, con un gesto limpio y sin sangre, que en este sexenio el timón está en Palacio Nacional.

Es un golpe de autoridad. No el tipo de golpe que se da con decreto o con declaración, sino el más sofisticado: el que se da con un tipo de movimiento ajedrecístico sin sacrificio de piezas.

Calles, a pesar de su impecable inteligencia e intuición política no pudo apartarse de la tentación del poder. La historia de México está llena de hombres y mujeres que creyeron poder seguir siendo el sol después del ocaso. Todos terminaron siendo un hito más de esta innegable ley del poder.

La primera presidenta de México parece haber comenzado a encarnar esta máxima. Y eso, en la historia política mexicana, no es poca cosa.

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