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“Sé que soy una piedrita en el zapato”: Romana Rivera, madre buscadora y activista

Fundadora del colectivo Verdad, Memoria y Justicia, el primero en Quintana Roo, Romana Rivera se ha dedicado desde 2020 a la búsqueda de su hija Diana y a apoyar a decenas de familias con desaparecidos; señala que ella no pide favores, exige derechos

Entrevista con Romana Rivera Ramírez, madre buscadora y activista
05/02/2026 |05:03
Adriana Varillas
Corresponsal en Quintana RooVer perfil

Cancún.— Romana Rivera Ramírez dice que le “ha quitado todo”, excepto la esperanza de encontrar a su hija, Diana García, desaparecida en 2020, y el compromiso de ayudar a otras madres que, como ella, han sido atravesadas por la de no saber dónde están sus seres queridos.





“Yo te digo algo, que siento que Quintana Roo me ha quitado todo. Mi hijo el varón, el 14 de enero cumplió nueve años de fallecido [por un infarto fulminante] y mi hija va a cumplir seis años [de desaparecida], este 22 de febrero.

“¿Por qué digo que me arrebató todo? Porque hoy no tengo seguridad, no me siento estable. Hoy tengo un edificio de cuatro paredes, un techo que me cubre del sol y del agua, pero sola, sin mis hijos, sin [alguien] con quién compartir. Prefiero comer fuera de casa, cuando yo era de llegar del trabajo y comer con mi hija, que a veces cocinaba. Por eso digo que Quintana Roo me quitó todo”, expresa.

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Antes de perder a sus hijos, esta mujer nacida en Balancán, Tabasco, había atravesado ya otro dolor. Su hermana desapareció en 2008 sin ser buscada por la familia, por el miedo que el evento le provocó a ella y a su madre.

“Yo me callaba esa parte y me dolía, pero hoy no. Ya tengo más de un año que en todos los eventos a los que voy traigo la alerta de mi hermana, quien tendría hoy 38 años. Su carpeta de investigación estaba desaparecida, pero exigí y ya fue localizada el año pasado”.

Los golpes

Romana llegó a Cancún hace más de 15 años con sus dos hijos, huyendo de una relación marcada por la violencia y el alcoholismo.

En 2007, su hijo se mudó a Cancún, para continuar sus estudios con apoyo de una tía. Un año después, Romana tomó una decisión que implicó una ruptura radical con su vida anterior: Renunció a 12 años de trabajo en la Fiscalía de Tabasco y se mudó a Quintana Roo, priorizando la seguridad y la estabilidad de sus hijos.

En 2008 ocurrió el primer quiebre de su historia personal. El 5 de marzo desapareció su hermana menor, Dalia Yasmín Rivera Ramírez, de 18 años, en Balancán, Tabasco. Salió de su casa y no volvió.

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El hecho estaba vinculado con la expansión de grupos criminales en la región y el inicio de una etapa de violencia generalizada en el país. Durante mucho tiempo, Romana cargó esa ausencia en silencio. Se concentró en sobrevivir, en trabajar y en sacar adelante a sus hijos en Cancún.

Años después, en 2020, la desaparición de su hija Diana volvió a colocarla frente a la misma realidad, pero ahora desde un dolor más profundo. Quintana Roo, el estado al que llegó buscando seguridad y un futuro distinto, se convirtió en el escenario de la segunda desaparición que marcó su vida.

El 22 de febrero de ese año Diana estaba en compañía de otro joven, Jorge Armando Kiau, en un bar en la Plaza Infinity y fueron privados de la libertad por hombres armados, entre quienes se encontraban funcionarios y exfuncionarios de la Fiscalía General del estado. Tras este hecho, ya no hubo silencio.

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Inicio del activismo

“Yo no quisiera estar en estos zapatos. ¿Qué me obligo a estar en esto de ser activista, de alzar la voz, de ir a marchar, de tener otros conocimientos, de leer el Protocolo Homologado, de leer la Ley de Víctimas…? Querer hacer mi propia lucha fuerte, porque si yo no sé, ¿cómo exijo? Tengo que aprender.

“Y también te puedo decir que esto lo hago con amor. No es un gusto, es con amor, amor a mi prójimo, el amor a mi hija, a mi hermana”, expone.

Tras tejer vínculos con otras madres y padres de familia, igualmente atravesados por la desaparición de sus hijas e hijos, impulsó en julio de 2021 la creación del colectivo de personas buscadoras Verdad, Memoria y Justicia, que años después se constituyó como organización civil.

Ella se ha convertido en pilar para madres y padres de familia, hermanas y hermanos que buscan a sus familiares, sin saber por dónde empezar o a quién recurrir. Ahora revisa carpetas de investigación, da seguimiento a los casos, canaliza a las familias con autoridades y encabeza búsquedas en campo.

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“Desde que una persona me pide apoyo, si puedo darle un seguimiento, lo hago, hasta que haya un avance por lo menos, que se les escuche, que se les dé la atención y que se haga algo, que se vea que se está buscando al familiar”, comenta, para agregar “creo que me he vuelto ruda”.

El colectivo inició con poco más de una decena de personas y con el tiempo ha crecido hasta 150 familias, aunque quienes permanecen activos en búsquedas y otras acciones son 20.

“La gente trabaja, no puede estar faltando siempre a sus trabajos para buscar, porque les descuentan el día. Otros familiares no viven aquí, sino en otros estados. Entonces, registrados somos más de 150, pero activas, activas, personas buscando, unos 20 u ocho o 10”, explica.

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El colectivo Verdad, Memoria, Justicia dio origen a otros grupos que tratan de encontrar a sus desaparecidos en Quintana Roo: Madres Buscadoras Quintana Roo y el colectivo de la Zona Continental de Isla Mujeres.

Desde ese espacio contribuye a visibilizar una realidad que durante años permaneció al margen: las personas desaparecidas y las familias que las buscan, muchas veces sin recursos y sin respuestas.

En esa nueva realidad se vio obligada a aprender un lenguaje que no le era propio: el de las leyes, los protocolos y los derechos humanos. Estudió la Ley General en Materia de Desaparición, la Ley de Víctimas, los protocolos de búsqueda y también los procedimientos forenses.

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Su vida cotidiana quedó atravesada por las búsquedas en campo, las reuniones con fiscalías, la atención a víctimas y el acompañamiento en revisiones de carpetas de investigación.

El desgaste ha sido físico, emocional y económico. Romana padece hoy enfermedades crónicas que no tenía antes de la desaparición de su hija. Esto, dice, es consecuencia del estrés, la mala alimentación y de los constantes traslados. Aun así, no se detiene.

“Mi salud se sigue deteriorando, pero mientras no tenga una respuesta, seguiré buscando mientras la salud me lo permita y la vida también. De repente me quiebro, me doblo ante este dolor, pero al mismo tiempo me levanto con mucha dignidad, con esa fortaleza de decir que lo que estoy haciendo está encaminado a ayudar a los demás y a buscar a mi hija con la cabeza en alto”, asegura.

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Con un estilo firme pero respetuoso, Romana se ha convertido en una interlocutora incómoda para las autoridades, pero también en una defensora de derechos humanos que sabe colaborar con funcionarios que realmente se comprometen con su trabajo.

Acude a reuniones con escritos, preguntas claras y exigencias concretas. No pide favores, exige derechos. Pregunta cuántos cuerpos hay en los servicios forenses, cuántos cuentan con perfil genético, cuántos han sido identificados y por qué no han sido entregados a sus familias. Su insistencia ha evidenciado omisiones, retrasos y fallas estructurales en los procesos de identificación y búsqueda.

También ha sido defensora constante de las entregas dignas, acompañando a las familias desde el hallazgo hasta la identificación, exigiendo la presencia de personal médico, sicológico y pericial.

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“Sé que soy una piedrita en el zapato para muchas autoridades, tal vez para el gobierno, pero lo que yo estoy pidiendo y exigiendo son nuestros derechos”, afirma.

Aunque rehúye de la política partidista, su labor la ha llevado a participar en mesas de trabajo con la Secretaría de Gobierno, con la Fiscalía General del estado y con la propia gobernadora, Mara Lezama (Morena), para hacerse escuchar junto con otras y otros integrantes del colectivo.

También participa en talleres y espacios impulsados por organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos.

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Ahí, Romana ha aprendido que la lucha de las familias no es aislada, sino parte de una crisis nacional que requiere políticas públicas, voluntad institucional y compromiso real del Estado.

Porque para Romana, la búsqueda no es individual: es colectiva, solidaria y compartida entre familias que viven la misma incertidumbre.

Aun con ese acompañamiento, hoy, Romana Rivera Ramírez resiente la soledad. Vive en una casa donde la ausencia pesa. Quintana Roo, dice, le arrebató a sus hijos, su tranquilidad y su salud.

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Pero no le ha quitado la esperanza. Esa esperanza —la de encontrar a Diana— es la que la mantiene de pie, la que la lleva a seguir buscando, acompañando y exigiendo, no sólo por su hija, sino por todas las personas que siguen sin regresar a casa.

“Hasta ahorita no he tenido la bendición de encontrar a mi hija, pero la lucha persiste (…) ¿Cuándo voy a parar? No lo sé”.

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