Veracruz, Ver.- El consumo de alimentos ultraprocesados, la obesidad y el estrés figuran entre los factores que pueden aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades como el cáncer —que en México suma alrededor de 195 mil nuevos diagnósticos anuales— y la demencia, que afecta aproximadamente al 14.2 por ciento de los adultos mayores.
Los hallazgos de un conjunto de investigaciones científicas desarrolladas durante más de una década han revelado que la obesidad, la alimentación ultraprocesada y el estrés actúan en conjunto y pueden alterar profundamente el equilibrio del cuerpo.
La investigadora de la Universidad Veracruzana (UV), Deissy Herrera Covarrubias —quien ha trabajado en colaboración con diversos especialistas e instituciones— ha desarrollado una línea sistemática integrada por nueve estudios científicos enfocados en descubrir la relación entre obesidad, estrés, comportamiento sexual y salud prostática y cognitiva.

“Buscamos entender qué ocurre en el organismo cuando una persona mantiene durante años una alimentación alta en azúcares y grasas; cómo este tipo de dieta modifica el funcionamiento cerebral, altera las hormonas, cambia la conducta alimentaria, la motivación y la conducta sexual. Y cómo estos factores pueden derivar eventualmente en enfermedades metabólicas y cáncer”, expuso la integrante del Instituto de Investigaciones Cerebrales.
Además -afirmó Herrera Covarrubias-, estos hallazgos podrían contribuir al desarrollo de estrategias de intervención preventiva basadas en la nutrición y la regulación del estrés, capaces de reducir riesgos y modificar consecuencias futuras sobre la salud.
“La ciencia no funciona como un experimento único que se realiza una vez y termina. La investigación científica es un proceso continuo: cada hallazgo genera muchas más preguntas que respuestas. Por eso una misma línea de investigación puede desarrollarse durante años o incluso décadas, porque el conocimiento se construye paso a paso”, explicó la especialista, integrante del Sistema Nacional de Investigadores.
Las indagatorias han combinado distintos métodos científicos: desde revisiones y análisis de literatura científica internacional, hasta experimentos en laboratorio con modelos animales, principalmente roedores, en los que se evaluaron cambios hormonales, alteraciones prostáticas, procesos inflamatorios y modificaciones en la conducta sexual y alimentaria.
También realizaron análisis moleculares y estadísticos; y se compararon dietas hipercalóricas, restricciones alimentarias y consumo de alimentos ultraprocesados, identificando efectos sobre testosterona, estrés oxidativo, inflamación y riesgo de deterioro cognitivo o desarrollo de lesiones precancerosas.
Comer constantemente frituras, pastelillos, chocolates, refrescos, comida rápida, embutidos y botanas industrializadas —las cuales forman parte de las dietas llamadas tipo cafetería— no solo afecta el peso corporal, sino también el funcionamiento del cerebro y del organismo en general.
Las pizzas, hamburguesas, hot dogs, pan dulce, galletas, helados, cereales azucarados, caramelos, donas, papas fritas, nuggets, y bebidas energéticas pueden alterar hormonas, generar inflamación constante y modificar procesos relacionados con la memoria, el aprendizaje y la conducta.
La evidencia científica –contenida en la investigación “Dieta ultraprocesada y riesgo de demencia: mecanismos del deterioro cerebral- advierte que los efectos de estas dietas van mucho más allá del riesgo cardiovascular: aumentan la vulnerabilidad de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como la demencia —un deterioro progresivo de las capacidades mentales— y el Alzheimer, padecimiento que provoca pérdida de memoria, confusión y cambios de conducta a medida que avanza el daño cerebral.
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“En mi formación científica entendí que la obesidad no es un problema meramente estético, como durante años se nos hizo creer, ni tampoco se limita únicamente al peso corporal”, explicó y agregó:
“En realidad, se trata de una enfermedad compleja relacionada con la acumulación de grasa que afecta de manera integral al organismo. La obesidad impacta el funcionamiento del cerebro, altera las hormonas y la conducta, además de incrementar el riesgo de desarrollar múltiples enfermedades, entre ellas distintos tipos de cáncer”.
Los trabajos iniciaron con la investigación “La obesidad como factor de riesgo en el desarrollo de cáncer” (2015), en la que los especialistas descubrieron que la grasa corporal no solo funciona como una reserva de energía, sino que actúa como una parte activa del organismo capaz de producir hormonas y sustancias químicas que influyen en el sistema inmunológico, la inflamación y distintos procesos del cuerpo, aumentando el riesgo de desarrollar enfermedades como el cáncer.
Desde el 2015 hasta el 2021, las investigaciones comenzaron a revelar la relación entre hormonas, inflamación y enfermedades metabólicas y prostáticas. Más recientemente se desarrollaron los estudios “Estrés, dieta y comportamiento sexual” (2025) y “Dieta ultraprocesada y riesgo de deterioro cognitivo” (2026).
En el estudio “Efecto del estrés agudo prepuberal sobre la próstata” —realizado con ratas de laboratorio mantenidas bajo condiciones controladas en el Instituto de Investigaciones Cerebrales, siguiendo protocolos oficiales para el cuidado de animales— encontraron que el estrés intenso durante etapas tempranas de la vida puede dejar efectos duraderos sobre la próstata y aumentar la vulnerabilidad a enfermedades como el cáncer.
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“No es una investigación aislada. Existe evidencia sólida de que el estrés en etapas tempranas del desarrollo tiene efectos duraderos en el cerebro y la conducta”, detalló Herrera.
Los hallazgos sugirieron que la inflamación durante etapas críticas del desarrollo puede provocar modificaciones en los tejidos; aunque esto no significa directamente la aparición de cáncer, la especialista advirtió que la displasia —una alteración anormal en el crecimiento y organización de las células— es considerada una lesión precancerosa y puede representar una etapa previa al desarrollo de tumores.
Muchas veces, recuerda la especialista, las personas piensan que la investigación científica debería ofrecer respuestas rápidas, pero –dice- la investigación básica funciona de manera distinta: busca entender procesos biológicos complejos y eso puede tomar muchos años.
“El cuerpo humano es extraordinariamente complejo; nosotros no solo observamos si ocurre algo, sino que tratamos de entender por qué ocurre, qué rutas biológicas participan y cuáles son las consecuencias a largo plazo”, precisó.
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