Para los antiguos mayas, los eran más que el límite entre la tierra y el mar. De ellos obtenían alimento, madera y sal; sus apacibles canales funcionaban como rutas comerciales que conectaban diferentes regiones de Mesoamérica. Las abejas meliponas (sin aguijón) ocupaban un lugar especial en ese mundo: el Códice de Madrid documenta prácticas apícolas y el dios Ah Mucen Kab era venerado como protector de la miel y también de quienes la producían.

Más de mil años después, los bosques salados centroamericanos continúan siendo una fuente de vida y sustento para miles de familias costeras. Sin embargo, a diferencia de sus antiguos pobladores, hoy enfrentan amenazas como el cambio climático, la expansión agrícola, la y el desarrollo costero no planificado. La pesca ya no es suficiente para proveer a las comunidades, lo que ha llevado a las abejas a recuperar un rol protagonista que había quedado olvidado. La producción de miel se ha convertido en una nueva apuesta para demostrar que conservar el manglar también puede ser una forma de construir medios de vida.

Los manglares representan aproximadamente 2% de la cobertura boscosa de toda Centroamérica, con un poco menos de 500 mil hectáreas de extensión.

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Cada hectárea de mangle captura hasta cuatro veces más carbono que la de un bosque tropical. Más allá de su capacidad para almacenar carbono, los manglares funcionan como verdaderas guarderías marinas. Entre sus raíces crecen las primeras etapas de vida de pargos, meros e incluso algunas especies de tiburón. Allí también encuentran refugio moluscos, crustáceos y cientos de organismos.

Durante décadas, los manglares centroamericanos han cedido terreno frente a la expansión agrícola, el desarrollo costero, la contaminación y el cambio climático. En países como Guatemala, El Salvador y Costa Rica, la expansión de la caña de azúcar ha reducido su cobertura y alterado la conectividad hídrica mediante el desvío de ríos. En otras zonas, la tala para obtener leña y carbón vegetal continúa degradando estos ecosistemas.

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La producción de miel es una alternativa innovadora y con muchas posibilidades. En Costa Rica, Apimangle demostró cómo la restauración hidrológica aceleró el regreso de la flora nativa, poblando el paisaje con árboles de mangle que hoy alimentan colmenas elevadas sobre el agua. Los análisis químicos revelan una miel única, con 30% de polen de mangle y alta concentración de minerales debido al néctar salobre.

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En El Salvador, la comunidad de El Mango vivió un quiebre similar: tras limpiar hectáreas de bosque salado a pura voluntad, descubrieron una floración tan rica que multiplicó sus colmenas. Sin embargo, la variabilidad climática y la partida del financiamiento internacional los han obligado a adaptarse nuevamente y buscar la manera de sostener una actividad con muchos beneficios y que no daña al bosque salado.

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Además de comercializarla, algunas familias utilizan la miel como remedio tradicional. Líderes comunitarios la ven como una nueva oportunidad para conservar el manglar. Foto: JORGE RODRÍGUEZ
Además de comercializarla, algunas familias utilizan la miel como remedio tradicional. Líderes comunitarios la ven como una nueva oportunidad para conservar el manglar. Foto: JORGE RODRÍGUEZ

El Salvador: vivir de la restauración

Mapaches, iguanas, cangrejos e incluso cocodrilos dejan huellas en el bosque salado de Barra de Santiago. Pero las más frecuentes son las botas de hule de los pescadores que recorren el fango en busca de cangrejos azules. “Usamos estas trampas para atrapar cangrejos”, explica Carlos Martínez.

A inicios de este siglo, las comunidades comenzaron a restaurar voluntariamente el manglar. Hasta entonces, la tala, la expansión agrícola y la acumulación de sedimentos habían degradado el bosque. “No sabíamos lo que eso significaba para nuestras vidas”, recuerda Martínez. Con el tiempo disminuyó la tala, regresaron los cangrejos y las comunidades empezaron a proteger especies como loros, cocodrilos y lagartos.

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La recuperación ecológica no resolvió el problema económico. “Los productos del manglar no estaban dando los resultados que esperábamos”, afirma William Recinos, otro pescador del área.

En 2017 llegaron proyectos que promovían actividades sostenibles, entre ellas una poco común en los manglares centroamericanos: la producción de miel. “No teníamos ningún vínculo con las abejas y nadie creía que iba a funcionar”, recuerda Recinos.

Siete comunidades participaron en un proyecto piloto. Recinos recibió capacitación en apicultura y se distribuyeron 30 colmenas.

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El Proyecto Regional de Biodiversidad Costera, liderado por la UICN, fortaleció la iniciativa y benefició a 32 familias. Para 2020 habían producido 132 litros de miel y El Mango llegó a manejar más de 80 colmenas, con hasta 300 botellas por temporada. Pero cuando disminuyó el financiamiento internacional, surgieron problemas. “Los insumos para la apicultura son carísimos”, dice Martínez.

Hoy Recinos, junto al resto del grupo, ya no trabaja dentro del manglar. Las lluvias recientes, la pérdida de apoyo técnico y la reducción de colmenas —de 80 a 43— los obligaron a trasladar el apiario a Guayapa, donde producen una miel más tradicional.

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Pero los proyectos tienen fecha de vencimiento. “Lamentablemente, sólo duran cinco años”, lamenta Recinos. Tras el retiro del financiamiento nació la asociación ProBosque. De los siete comités originales, únicamente El Mango continúa activo, aunque pasó de 15 a cinco integrantes. Además, la pérdida de colmenas ha hecho que el costo por botella sea muy superior a la ganancia que obtienen: alrededor de 12.50 dólares de costo y apenas 6 dólares de precio al público.

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Aun así, el grupo insiste. Ya han desarrollado jabones, bálsamos y curcumiel, mantienen actividades de restauración en la cuenca del río y siguen en la lucha por ser considerados también como co-manejadores del manglar. “Lo que necesitamos son políticas públicas que apoyen a las comunidades”, afirma Armando, hermano de William.

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Costa Rica: defender el ecosistema del vandalismo

En el golfo de Nicoya, en Costa Rica, el agua salobre no sólo sostiene raíces entrelazadas, también nutre una historia de transformación comunitaria e innovación ambiental.

La historia de Apimangle es el reflejo de la tenacidad de quienes, tras años de trabajar la tierra ajena, decidieron convertir su profundo conocimiento del territorio en una herramienta de conservación.

Para entender cómo un grupo de trabajadores de la caña terminó convirtiéndose en guardianes del manglar, hay que mirar atrás, al camino que Jesús López y sus compañeros recorrieron mucho antes de dedicarse a las abejas.

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López llegó a El Establo en 1978 atraído por la zafra. Tras décadas en el Ingenio El Palmar, ya jubilado, cofundó Apimangle en 2022 junto a Andrea Sánchez. Aunque el grupo inicial de 20 personas se redujo a siete, la determinación no flaquea. Entre semana trabajan o estudian, los domingos se los entregan por completo a la miel.

Apimangle ha priorizado la profesionalización, capacitándose en apicultura, manipulación de alimentos, primeros auxilios, contabilidad y planes de negocio. Con el respaldo técnico inicial de Fundación Corcovado y, posteriormente, de Fundación MarViva, hoy avanzan hacia la obtención del Certificado Veterinario de Operación (CVO).

Tras cuatro años, comercializan miel pura y combinaciones con chile, jengibre o eucalipto. Un estudio del Centro de Investigaciones Apícolas Tropicales (CINAT-UNA) reveló que la miel contiene 30% de polen de mangle, otorgándole una química única. Al provenir de néctar salobre, la miel acumula una concentración mineral y de micronutrientes muy superior a la del interior del país. Además, el proyecto busca diversificarse hacia el turismo educativo con catas gourmet ideadas por Sánchez.

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Para que las abejas (Apis mellifera) prosperen, el manglar necesita el flujo constante de la marea en un radio de 5 kilómetros. Precisamente a 3 km se ubica el sector que López y sus compañeros ayudaron a restaurar.

El esfuerzo enfrenta graves amenazas. En mayo de 2026, López halló vestigios de quemas intencionales en la zona restaurada. Según el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), 42% de los incendios forestales en el país obedece a vandalismo o venganzas contra guardaparques.

En tiempos de crisis climática, defender este ecosistema clave para la captura de carbono y la protección costera es prioritario. Mientras contempla las zanjas hoy cubiertas de vegetación, López resume la urgencia de su lucha con una certeza contundente: “Sin manglar, estamos perdidos”.

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