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La Paz.— En la orilla de la bahía de La Paz, el manglar de esta región desértica resiste el intenso calor, la alta salinidad, la pesca furtiva y la falta de conciencia ambiental, pero no sin ayuda.
Doce mujeres autonombradas Guardianas del Conchalito trabajan desde hace 15 años en el rescate de este “pulmón” en la zona urbana de la capital de Baja California Sur, convencidas de que al proteger al manglar defienden su territorio y la historia de una comunidad que históricamente ha dependido de la pesca.
El camino ha sido de lucha y aprendizaje y junto a organizaciones civiles, académicos y activistas han comprendido —y ahora difunden— lo que científicos han documentado: que los manglares —pese al clima hostil de BCS y su pequeño tamaño— almacenan seis veces más dióxido de carbono que se va a sus raíces, evitando el calentamiento de la atmósfera.
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Saben bien que los manglares son el hábitat natural para miles de especies de peces y aves, y que son barrera natural contra los ciclones que tanto afectan a esta región sudpeninsular. Y así lo platican a los jóvenes que reciben para recorridos en la zona, en las jornadas de limpieza o en los videos que comparten en redes sociales.
Pero este camino no ha sido sencillo, han enfrentado resistencias y carencias, olvido por muchos años y presiones recientes ante el boom turístico e inmobiliario.
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Las Guardianas del Conchalito, residentes del barrio El Manglito, uno de los primeros barrios pesqueros de La Paz, decidieron organizarse en 2009 cuando notaron que el manglar se había convertido en un basurero, estaba azotado por la pesca furtiva y presionado por el crecimiento urbano.
Lideradas por Martha García Juárez, tomaron conciencia, comenzaron a limpiarlo y a vigilarlo de los pescadores ilegales.
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Abrirse camino
En 2016, las 12 mujeres se unieron a otras cooperativas y crearon la Organización de Pescadores Rescatando la Ensenada (OPRE) para dedicarse a evitar la degradación del estero y el saqueo de especies como el callo de hacha, y allí enfrentaron la primera resistencia, con origen en el machismo y la desigualdad.
“No nos aceptaban por ser mujeres. Empezamos ganando 350 pesos a la semana cuando ellos ganaban mil 700”, recuerda Rosa María Hale, a sus 66 años, coordinadora del vivero comunitario.
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Platica a EL UNIVERSAL que algunas compañeras enfrentaron —y otras aún enfrentan— resistencias de sus esposos al verlas trabajar.
“Le batallamos mucho, pero aquí seguimos. Les dijimos todos los días vamos a estar, y aquí estamos. Nosotras también tenemos voz y voto”, agrega, mientras María Dionisia Avilés, otra de sus compañeras, registra en una bitácora el número de visitantes que cada mañana pasa por la zona.
Ambas platican con orgullo que la presencia de las Guardianas transformó el entorno y sus dinámicas. Lo que durante años fue un sitio inseguro, hoy es un espacio donde vecinos y visitantes salen a caminar, especialmente mujeres.
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Así, por su labor de conservación y de restauración del manglar han sido reconocidas como referentes comunitarias en La Paz y a nivel internacional, visibilizando la importancia de la conservación del territorio frente a las presiones del desarrollo urbano. Han asistido a conferencias, talleres y seminarios dentro y fuera del país. En 2024, el programa Women in Ocean Food —una iniciativa global que apoya a mujeres líderes en la gestión y conservación de los océanos— las reconoció como Mejor Empresa para Inversión.
Nunca pensaron que serían activistas ambientales reconocidas. Su mentalidad cambió y juntas emprenden una siguiente etapa a la de vigilancia y protección: restaurar, cultivar y promover.
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Del cuidado al cultivo
Para disminuir la presión sobre los recursos pesqueros y seguir cuidando el ecosistema, las Guardianas decidieron emprender como alternativa económica la acuicultura. Cuentan con una concesión de cinco hectáreas para el cultivo de ostión, actividad que lidera Araceli Méndez, quien orgullosa explica que es buza, pescadora de la quinta generación dentro de su familia.
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La Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) les donó en 2025 unas 50 mil semillas de ostión y acompañó en capacitación técnica para el manejo del cultivo.
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“Se trata de apoyar directamente a pequeños productores y familias que buscan integrarse a la acuicultura. Nuestro propósito no es comercializar, sino colaborar con la sociedad a partir de la ciencia. Buscamos generar un mayor impacto social a través de la innovación”, explicó Javier Arce Meza, responsable de la Unidad Académica Pichilingue.
Las semillas, producidas en el laboratorio de la unidad universitaria, se trasladan a la zona de cultivo en el estero, donde las Guardianas comienzan el proceso de trabajo y mantenimiento. Ellas arman los costales, limpian estructuras, hacen la limpieza de los organismos —desdoble— y monitorean el crecimiento del molusco.
Personal del Comité Estatal de Sanidad Acuícola y autoridades responsables del monitoreo de toxinas marinas, realizan visitas para garantizar la inocuidad del producto y así las mujeres continúan capacitándose y aprendiendo de todo el proceso. En estos meses de verano arrancaron la comercialización de su llamado ostión baby, un producto local que promueven como resultado de un cultivo sustentable, desarrollado por mujeres de la comunidad.
Embarcadas ya en la ostricultura, siguen recorriendo 8 kilómetros del estero, limpiando y retirando toneladas de basura, buscando generar conciencia, pues tan sólo en un día pueden recoger hasta 100 kilos de heces de perros.
Rosa María coordina el vivero que crearon en 2024 para reforestar, donde han logrado hacer crecer plantas de la región y mangle, que no es sencillo. Otras compañeras monitorean la floración. En junio avanzaron a otra etapa: lanzaron formalmente su proyecto de ecoturismo comunitario.

El relevo
Las Guardianas se ocupan de que su labor trascienda. Junto a sus hijos, sobrinos y nietos, varios ya universitarios, han comenzado un proyecto transgeneracional.
El relevo está en Mangles del Manglito, un colectivo integrado por 17 jóvenes de la comunidad, muchos de ellos familiares de las propias Guardianas.
“Nacimos de la inspiración que nos dieron nuestras mamás y abuelas. Más allá del ecosistema nuestra misión es defender el territorio, conservar la cultura y las tradiciones de El Manglito”, explica a EL UNIVERSAL Andrea Méndez García, bióloga e integrante del grupo.
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