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Ha transcurrido más de una semana desde que dos terremotos causaron la peor tragedia en la historia reciente de Venezuela y en la capital se instalaron el luto y el dolor.
Las solitarias calles de Caracas se transitan con paso lento y denso. Las clases están suspendidas. Las oficinas abren a media máquina. En las aceras, las pocas personas que caminan, sin poder evitarlo, miran hacia arriba observando los daños de los edificios. Nadie quiere dejar a sus familiares solos.
El miedo a lo que pasó se mezcla con el terror a lo que podría volver a pasar debido a las constantes réplicas, que ya registran más de 600 según la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis). En zonas como Los Palos Grandes, específicamente en el Edificio Petunia I, y en el edificio Santa Rita de San Bernardino, todavía hay quienes esperan con desesperación por los cuerpos de familiares. Mientras tanto, a 30 minutos de la ciudad, la urgencia empeora: decenas de personas se mantienen a diario levantando bloques y vigas con picos y palas para rescatar a los suyos de entre los escombros.
“Aquí no vas a encontrar a nadie que te dé estadísticas ni declaraciones”, dice de golpe un miembro del equipo de prensa del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) en la morgue de Bello Monte. Es la respuesta en institución gubernamental de Venezuela, antes y ahora.
Sin embargo, tras bastidores admitieron que el flujo de cadáveres que llega a la morgue principal de la ciudad ha bajado mucho en las últimas horas. La razón es logística: a los restos rescatados en La Guaira los están trasladando directamente a Los Silos, la morgue provisional a cielo abierto dispuesta en el litoral central.
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En las afueras del recinto, la tragedia tiene el rostro de Óscar Hill, de 51 años, quien perdió a su única hija, Grady Hill, de 25 años, estudiante de Odontología y quien en pocos meses recibiría el título. El 7 de julio cumpliría 26 años y el acto de grado estaba pautado para el 8 de diciembre. Sobre la entrega de los cuerpos, dice que el proceso ha sido un poco más ágil para ellos debido a que su yerno era funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), a diferencia del calvario que viven otras familias en Los Silos, en La Guaira.
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“Hay personas que no tienen, por llamarlo de alguna manera, la misma suerte. Hay personas que los tienen en Los Silos, allá en La Guaira, todavía desde hace días, y se tardan más los procesos, y uno en este momento quiere pasar este dolor lo más rápido posible, de la manera más tranquila”, reconoció.
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En La Guaira, la gente aún busca a sus seres queridos. Historias como la de Alexis Martínez se repiten. “Tengo muchos familiares desaparecidos, no los he encontrado; tengo parientes extraviados en la OPP de Tanaguarenas. Mi casa en Barrio Aeropuerto sufrió daños, mis hijos están distribuidos con otros familiares y amigos”, lamenta.
Al igual que Alexis Martínez, cientos de personas estaban presentes en las ruinas de Caribe. Muchos para trabajar, otros simplemente a la espera de alguna buena noticia. Es un lugar en el que el trabajo sólo se detiene cuando, desde las ruinas, algún rescatista grita: “¡Silencio, por favor!”, señal de advertencia para que todos sepan que se detectó algún ruido entre los escombros.
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En la vía de Maiquetía a Macuto, el panorama está repleto de damnificados que, algunos con carpas y otros con estructuras improvisadas, pasan el tiempo en la calle mientras esperan algún tipo de solución gubernamental. Se trata de miles de personas que sobreviven en la intemperie, gracias principalmente a donaciones de particulares.
La Guaira muestra una cara totalmente paralizada. Una semana después, la mayoría de los comercios en zonas como Maiquetía, Catia La Mar, Macuto y Caraballeda se mantienen cerrados. Existen excepciones, como en el caso de panaderías y algunos abastos, pero son eso: excepciones.
En decenas de casas de La Guaira, una imagen cada vez más común es la de encontrar pintas de colores fosforescentes con palabras como “recuperable” o “habitable”. Son, entre todos, los casos más afortunados. La palabra “demoler” es la que más se aprecia en viviendas de Caraballeda. Aquí como en Caracas, bajo las toneladas de concreto de lo que antes eran hogares, todavía hay vidas atrapadas y planes que ya no llegarán a concretarse. Frente a una de las casas con la palabra “demoler” pintada en la fachada se encontraba una familia. Recogían sus cosas mientras hablaban entre ellos. Una de las mujeres preguntó al hombre de mayor edad del grupo familiar: “¿Y ahora?”. Él respondió: “No lo sé”.
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