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Bruselas.— A casi tres décadas del Primer Foro Mundial del Agua, el vital líquido sigue sin ser de todos debido a que la crisis de gestión de los recursos hídricos ha continuado por la ausencia de una conciencia clara sobre la magnitud del problema por parte de la población mundial.
Si bien ha habido avances y muchas herramientas conceptuales se han traducido en acciones concretadas desde la histórica cumbre de Marrakech, la primera en la que el planeta se planteó una visión colectiva a largo plazo, las amenazas a los recursos hídricos han continuado, al tiempo que muchos compromisos han quedado sin respuesta.
La última promesa quedó plasmada en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible adoptada en 2015, la cual incluye como objetivo garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos. Faltan cinco años para la fecha establecida y miles de millones de personas continúan sin acceso a agua potable, saneamiento e higiene.
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De acuerdo con el último informe del Consejo Económico y Social de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre los progresos realizados para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), entre 2014 y 2024, la población que consumía agua potable de forma segura aumentó de 68% a 74% y la que utilizaba sistemas de saneamiento pasó de 48% a 59%. El acceso a los servicios básicos de higiene igualmente creció de 66% a 80%.
A pesar de los progresos, hay todavía 2 mil 100 millones de personas que no tienen acceso a agua potable, una de cada cuatro que habitan en el planeta; 3 mil 400 millones carecen de saneamiento, es decir, cuatro de cada 10, incluyendo 354 millones que practican la defecación al aire libre; y mil 700 millones carecen de instalaciones básicas de higiene, de las cuales 611 millones no disponen de ningún tipo de servicio.
La falta de agua potable y servicios básicos sigue cobrándose vidas humanas, alrededor de mil niños menores de cinco años pierden la vida todos los días por condiciones precarias de acceso, saneamiento e higiene. El crucial líquido sigue siendo un lujo de unos cuantos, más de 2 mil millones de personas viven en países con estrés hídrico y 3 mil 600 millones se enfrentan a un acceso insuficiente al agua al menos un mes al año.
El desaprovechamiento y la mala gestión continúan. La proporción de aguas residuales domésticas que se tratan de forma segura es de 56% en 129 países que engloban a 89% de la población mundial, porcentaje que se mantiene intacto desde 2020, mientras que 72% de todas las extracciones de agua dulce se destinan a la agricultura, 16% a la industria y 12% a los municipios.
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que 58% de los países siguen mostrando una baja eficiencia en el uso del agua.
De acuerdo con información divulgada por el mecanismo de coordinación bautizado como ONU-Agua, para cumplir con los ODS relativos al agua, es necesario que el progreso se multiplique por ocho en el caso del agua potable, por seis en el del saneamiento y por dos en la higiene básica.
Más demanda, mayor presión
La instancia presidida por Álvaro Lario estima que, de continuar con la velocidad actual, el mundo no logrará una gestión sostenible del agua hasta 2049, aunque la fecha podría extenderse más allá ante los desafíos emergentes.
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La demanda mundial de agua aumentará entre 20% y 30% para 2050; y el calentamiento global está intensificando la presión sobre los recursos existentes: desde el 2000 las catástrofes relacionadas con inundaciones han aumentado 134% y los glaciares se están derritiendo como nunca, en 2023 perdieron más de 600 gigatoneladas de agua, la mayor cantidad vista en cinco décadas.
“A medida que la comunidad internacional entra en la recta final de la Agenda 2030, resulta cada vez más evidente que alcanzar el ODS 6 exigirá no sólo una acción conjunta acelerada, sino también una reflexión sobre las vertientes que van más allá de 2030”, sostiene Lario.
“Los cambios demográficos, los efectos del clima, los crecientes riesgos hídricos y las desigualdades persistentes exigen enfoques a más largo plazo”, detalla el funcionario.
El agua como arma
A los desafíos estructurales y causados por la naturaleza se agregan los provocados por el uso del “agua como arma de guerra”, un fenómeno que la firma Eurasia Group identificó como uno de los mayores peligros en 2026.
La consultora advertía que el agua estaba siendo cada vez más utilizada en las rivalidades más peligrosas del mundo. En la actualidad, esa preocupación es una realidad en la guerra en Irán iniciada por Estados Unidos e Israel, en donde el agua figura en la línea de fuego.

El 7 de marzo Teherán reportó un ataque a la planta desalinizadora situada en la isla de Qeshm; al día siguiente Bahréin denunció que drones iraníes habían causado daños materiales en una instalación desalinizadora, mientras que el 9 de marzo un reporte cuestionó las afirmaciones de que el complejo energético y de agua de Fujairah F1, en los Emiratos Árabes Unidos, había sido dañado por restos de misiles interceptados.
El agua potable siempre ha sido un recurso escaso en Medio Oriente, una región caracterizada por clima seco, extremo y baja precipitación. Para afrontar estas adversidades, han recurrido a plantas que convierten el agua de mar en agua potable, hay unas 400 instalaciones repartidas por toda la región.
Dependencia peligrosa
El Arab Centre de Washington estima que los países del golfo Pérsico representan alrededor de 60% de la capacidad mundial de desalinización de agua y producen aproximadamente 40% del total de agua desalinizada en el mundo.
La dependencia de estos sistemas como fuente de suministro de agua potable varía entre los estados del golfo: va de 90% en Omán, Qatar y Kuwait, a 70% en Arabia Saudita y 42% de los Emiratos Árabes Unidos. Israel obtiene la mitad de su agua potable de esta forma, mientras que en Irán representa sólo entre 1% y 3%.
El derecho internacional prohíbe atacar infraestructuras civiles esenciales para la supervivencia de las personas, pero la historia ha demostrado que esa norma no siempre se respeta en la región. Durante la invasión de Kuwait por parte de Irak en la década de 1990 y la guerra del golfo, las fuerzas iraquíes vertieron deliberadamente millones de barriles de crudo en el golfo Pérsico, amenazando con contaminar las tuberías utilizadas para recoger agua de mar en las plantas de filtrado.
En otras latitudes, el agua es foco de tensión entre Chad, Camerún, Níger y Nigeria; Egipto y Etiopía, Marruecos y Argelia; India y Paquistán. El último informe en la materia publicado por el think tank Pacific Institute señala que el número de conflictos relacionados con el agua ha aumentado en los últimos 15 años, pasando de 21 casos en 2010 a 420 en 2024.
Entre los eventos hay ataques contra las redes de abastecimiento de agua en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano y Yemen, y ataques deliberados de Rusia contra instalaciones de suministro en Ucrania.
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“En un mundo G-Zero, en el que ninguna potencia o grupo de potencias está dispuesto ni es capaz de crear una infraestructura de gobernanza global, la escasez se convierte en un arma. Los países que deberían colaborar en la lucha contra el terrorismo o el cambio climático se ven, en cambio, enzarzados en disputas de suma cero por los ríos”, sostiene el análisis de Eurasia Group.
“Cuando las potencias situadas río arriba controlan el grifo, los países situados río abajo tienen pocas opciones más allá de la escalada. Y cuando los Estados son demasiado débiles para controlar el grifo, otros actores lo harán”, como son los grupos armados, las organizaciones terroristas o los clanes de la delincuencia organizada.
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