Ahuatepec, Tlapa.— En la casa de la familia Herrera Luna desde hace siete meses todo gira alrededor de la recuperación de la hija mayor, Petra. Una tarde de agosto de 2025, a Petra la invadió un dolor intenso en el estómago y Manuela Luna, su madre, se la llevó al hospital general del IMSS-Bienestar en Tlapa, en la Montaña de Guerrero. Una semana después, la joven salió del hospital con el intestino grueso desconectado y expuesto.
De eso han pasado siete meses y Petra continúa así. En el hospital de Tlapa no hay un especialista que le realice una cirugía y le conecte de nuevo el intestino.
Todos los días están en una disyuntiva: o comprar los insumos para las curaciones de Petra o compran comida o mandar a los otros dos hijos a la escuela. Todos los días han optado por mantener bien a Petra.

Los Herrera Luna viven en Ahuatepec Pueblo, a unos 40 minutos de la cabecera municipal de Tlapa; su casa no es otra cosa que dos cuartos remendados que han ido construyendo como han podido. Viven con lo justo: techo y alimento. No hay nada más. No sobra nada. Lo único que abunda es la escasez.
“Comemos frijoles, salsa, mis hijos ya se enfadaron de los guajes pero les digo que es lo hay y que tenemos que aguantar un poco para que su hermana esté bien”, dice Manuela, quien tiene 43 años.
Ella sólo estudió hasta primero de primaria. Habla español, pero siempre arrastrando su lengua materna: el náhuatl.
Manuela y su esposo Camilo Herrera durante estos siete meses han tenido que hacer de todo. Manuela cada vez que puede prepara tamales y atole y sale a venderlos al pueblo. Camilo sale al pueblo o hasta Tlapa a buscar quién lo contrata para limpiar milpas o como ayudante de albañil, donde le pagan unos 300 pesos por día.
Ni vender tamales y rentarse como ayudante han sido suficientes para llevar comida y que no falte nada para las curaciones de Petra.
Manuela y Camilo están ahorcados por las deudas, cada día aumentan y no parece que paren pronto. “Ya no me quiero ni acordar de cuánto debemos, hay gente que nos ha ayudado, como mi hermana, pero debemos mucho, nos terminamos todos nuestros ahorros”, dice Manuela.
Camilo comenta que espera que las cosas se calmen un poco en Estados Unidos, que el presidente Donald Trump termine con su persecución contra los migrantes, para hacer algo que nunca había pensado: irse a ese país a trabajar.
La familia durante estos siete meses ha tenido que conseguir cada mes por lo menos 5 mil pesos extra. Necesitan comprar de dos a tres paquetes de bolsas de colostomía que salen hasta en 700 pesos, más las gasas, guantes, cintas y cremas para la quemadura de la piel.
En 2024, Manuela recuerda que tuvo que ser firme con William, su hijo, cuando le contó que quería estudiar Medicina.
“Te apoyé hasta donde pude, pero ya no puedo, no tenemos dinero para ayudarte”, le dijo Manuela con pesar a su hijo.
Ahora, esa posibilidad más que nunca es imposible. Cuando Manuela le dijo a William que ya no podía ayudarlo a estudiar, el joven no renunció a la idea.
Armó su plan: trabajaría un año para reunir dinero para solventar sus gastos para inscribirse en la carrera de Medicina. Si aprobaba, William tenía claro que iba a ser muy difícil porque no tendría otra opción más que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Estaba dispuesto a hacerlo, mejor dicho, está dispuesto porque no ha desistido.
William no pudo completar el año trabajando. Cuando a Petra le dejaron el intestino expuesto tuvo que renunciar y dedicarse a cuidarla. La paradoja de la vida: la tragedia económica de su familia le negó estudiar Medicina y una tragedia de su hermana lo puso —sin avisar— a practicar la atención médica.
Ahora, en la familia la carrera de médico no es bien vista. Una negligencia médica no termina cuando el paciente abandona el hospital, ahí muchas veces apenas comienzan los padecimientos para ellos.
La historia
En agosto de 2025, EL UNIVERSAL publicó que el 21 de ese mes, Petra, una chica sordomuda de 24 años, llegó al nuevo hospital del IMSS-Bienestar de Tlapa con un dolor intenso en el estómago.
Manuela, su madre, la llevó a la clínica de Ahuatepec Pueblo. El médico encargado le negó la atención. Petra seguía con molestias y se la llevó al nuevo hospital. Ahí, un médico la revisó y le dijo a Manuela que tenía que hacerle un ultrasonido, pero lo tenían que hacer por fuera porque ya había cerrado esa área. En el laboratorio privado le detectaron problemas con el apéndice y le sugirieron que regresara al hospital.
A la mañana siguiente, en el hospital le informaron que era el apéndice y que tenían que esperar. Horas después, la ingresaron al quirófano. Al siguiente día le informaron que la podía ver y al bañarla y Manuela detectó un líquido que escurría por la herida. Un médico le dijo que era pus, que la herida se había infectado y que le aplicarían medicamento.
El lunes, otra cirujana vio a Petra, ya que el líquido seguía saliendo por la herida. Le informaron a Manuela que tenían que volver a “abrir” a Petra. Ese mismo día la operaron y al terminar, la cirujana le dijo a Manuela que el líquido que salía de la herida no era pus, sino excremento y que existía la posibilidad de que en la primera operación le hubieran afectado un intestino.
Una nueva operación
Cuando dieron de alta a Petra, a Manuela le dijeron que en seis meses la operarían de nuevo para conectarle el intestino. En la última consulta, en el hospital del Tlapa les dijeron que no hay especialista para hacerle la operación y que es muy probable que sea en la Ciudad de México.
La trabajadora social le ha explicado a Manuela que la operación no tendrá costo, pero que el hospital no se hará cargo de los gastos que representen realizar la operación en la Ciudad de México. Dicho de otra manera: el hospital no responderá en nada para resarcir la negligencia que ahí se cometió.
Manuela quiere que operen a su hija, eso liberaría un poco a toda su familia. Pero en la Ciudad de México es casi imposible. “No podríamos ir, si apenas tenemos para estar acá, cómo cree que vamos a poder ir”, dice Manuela.
La mamá de Petra dice que no se siente preparada para ir sola, no conoce la Ciudad de México y no habla bien español. Sería necesario que las acompañe William, pero eso significaría más gastos. Luego, de Tlapa a la Ciudad de México son unas siete horas de camino y Manuela piensa que Petra no resistirá.
Manuela, dice, le ha planteado a la trabajadora social que manden a traer a un especialista a Tlapa para que no tengan que trasladar a Petra y, menos, hacer ese gasto que es imposible para su familia.
En junio de 2025, el director general del IMSS-Bienestar, Alejandro Svarch Pérez, en la inauguración del Hospital General IMSS-Bienestar de Tlapa, dijo que se invirtieron más de 2 mil 400 millones de pesos en infraestructura y 650 millones en equipamiento.
“Tlapa cuenta ahora con una institución hospitalaria del más alto estándar internacional. Este hospital sustituye al viejo hospital general y va a beneficiar a más de 400 mil personas de 20 municipios de la Montaña de Guerrero”, expuso.
Aseguró que el hospital contaría con más de 40 médicos especialistas, con 25 consultorios de consulta externa, un área de urgencias, 90 camas censables y 51 camas no censables, una sala de expulsión, tres quirófanos y dos salas de otoscopia, todos con equipamiento médico de alta tecnología.
“El nuevo hospital de Tlapa responde a una demanda histórica de los habitantes de la Montaña”.
Ese fue el discurso oficial, pero la realidad es más cruel: las negligencias, la falta de especialidad y medicamentos e insumos están ocurriendo todos los días.
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