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La Copa del Mundo que inicia el próximo 11 de junio no solo es el evento deportivo del año. Es también una vitrina geopolítica. Es un mes de “distracción” frente a las guerras y la inestabilidad Mundial. El gobierno de Donald Trump busca impulsar su imagen, en momentos en que está desplomada, a la vez que generar una derrama económica. Los tres países sede: Estados Unidos, México y Canadá, están al mismo tiempo en negociaciones comerciales clave que definirán el rumbo económico y la continuidad -o no- de la alianza comercial y que se desarrollan en un escenario de presiones y amenazas de parte de Washington. En la cancha hay mucho más en juego que el campeón mundial del futbol.
Metáforas de la historia
Emilio Posadas Certucha. Ensayista. Comunicación Social, UAM Xochimilco
El historiador de Países Bajos Johan Huizinga apuntó sobre la idealización del pasado como Ideales Históricos. Es el concepto para interpretar la construcción de un presente y futuro con base en el pasado: cómo conceptos/ideas históricas pueden influir en la evolución de una cultura, Estado o individuo. Son hechos o narraciones históricas que se interpretan y revalorizan, al grado que se proyectan como un ideal social, político o cultural. El futbol como fenómeno social y cultural no queda exento de esa dinámica y sus propios ideales históricos.
Un caso que viene a mi mente es el partido de Argentina vs Inglaterra en el Mundial de México 1986. El partido tenía la carga de lo ocurrido en las Malvinas años atrás, cuando la Sra. Margaret Tatcher dijo: we have to recover those islands (tenemos que recuperar esas islas). Inglaterra arrasó en las Malvinas. El Partido en el Azteca llegó con ese peso en el aire y con un Maradona acostumbrado a las reivindicaciones. Lo había hecho a nivel personal; lo había hecho también en Italia demostrando que el sur podía vencer al norte. Podía hacerlo de nuevo. Al mejor estilo de los héroes griegos, Maradona batió a Inglaterra con dos momentos icónicos: la mano de dios y el gol del siglo. Polémica y genialidad.
Ni el mejor guionista podría haber planteado este escenario. Argentina había perdido parte de un territorio que reclamaban propio, pero recuperaba su honor en la cancha. Sin saberlo, se estaba construyendo un ideal histórico. La gesta de Maradona fue tierra fértil para sembrar una narrativa histórica y social en torno a ese partido.
El futbol es simbólico por excelencia y en México hace 40 años se construyó ese ideal histórico que sigue siendo referencia cultural en todo el mundo, fuente de inspiración y metáfora de una sociedad que no escatima a la pasión. Una parte por el todo.
La historia tiene la capacidad de formar el futuro de una sociedad y su cultura. Quien tenga los medios para establecer su versión de la historia y proyectarla de manera más asertiva, puede definir el rumbo de todo un país o sociedad.
Siendo el futbol un mar de historias, los ideales históricos pueden instalarse sin mayor esfuerzo. Es sólo un tema de encuadre. Sin embargo, existe un doble riesgo: por un lado, el mal manejo de las narrativas – punto que no puede controlarse; por otro lado, la imposición de la narrativa sobre la realidad. Es querer doblar al tiempo. Hacer el presente un futuro anticipado.
Tarde o temprano, las cosas terminan por romperse, incluso la realidad. Vale la pena situarse bien en el tiempo. La historia llega sola, no necesita de empujones.
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La percepción de México ante la Copa del Mundo
Martin Baltazar Ferman. Internacionalista
México está en la antesala de la Copa Mundial de la FIFA, el evento deportivo más grande del planeta, y se enfrenta a uno de los retos más complejos de su historia contemporánea: garantizar la seguridad, en medio de una crisis de violencia interna. Los casos de violencia relacionados con el crimen organizado, como los hechos suscitados por la captura de Nemesio Oceguera Cervantes, alias "el Mencho", líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación, apenas en febrero, encendieron las alarmas de la prensa internacional, sembrando dudas sobre la seguridad dentro de las sedes y alterando la percepción del país a nivel internacional. Esto representa un gran desafío para el gobierno mexicano, que según estimaciones de la Secretaría de Turismo, espera recibir a 5.5 millones de turistas internacionales distribuidos en las tres ciudades sede.
Recientemente, Federico Greppi, directivo de Grupo Marriott, una de las cadenas hoteleras más importantes a nivel mundial, indicó en una entrevista para Expansión, que este suceso sí impactó en la cantidad de reservas en hoteles, provocando cancelaciones y afirmando que la ocupación total apenas alcanza el 60%. Aunque se espera que esta cantidad aumente mientras se acerca la fecha y durante el transcurso del campeonato, la percepción global ya ha tenido un impacto negativo.
Para la realidad internacional, el Mundial supera lo deportivo; es una plataforma de soft power clave para la política exterior, el desarrollo y la proyección de una imagen renovada que puede fomentar el turismo y la inversión extranjera a futuro. Aun así, el reflector global también ocasionará que se dé foco al descontento social. Activistas y sociedad civil ya han tomado espacios públicos, para visibilizar crisis sociopolíticas como la de los desaparecidos y la violencia en nuestro país.
A excepción del aparente orden en Rusia 2018, tres de las últimas cuatro sedes (Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Qatar 2022) enfrentaron severos problemas de violencia y crisis sociales antes del evento. Saber que estos países lograron sacar adelante el torneo a pesar de estos obstáculos, crea optimismo de cara a la justa mundialista. A pesar del panorama actual, México tiene la oportunidad de demostrar que el deporte es capaz de unir a una sociedad fragmentada y reconstruir su tejido social. Por lo pronto, la cuenta regresiva ha comenzado.
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Geopolítica en la cancha
Jesús Isaac Flores Castillo. Miembro del Servicio Exterior Mexicano y candidato a doctor en Seguridad Internacional por la Universidad Anáhuac. Las opiniones expresadas son a título personal.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 representa una vitrina geopolítica inédita. Será la primera organizada simultáneamente por tres países —Estados Unidos, México y Canadá—, algo sin precedente incluso frente al antecedente Corea-Japón 2002, que involucró únicamente a dos sedes nacionales.
Por ello, resulta difícil interpretar el torneo únicamente como un mecanismo de despresurización para Donald Trump frente a la inflación, el desgaste económico y la caída en sus niveles de aprobación. El Mundial no va a convertirse automáticamente en un activo para el presidente estadounidense.
De hecho, en varias ciudades sede, la fiesta del futbol comienza a percibirse casi como un “no-event”. Reportes de la industria hotelera estadounidense muestran reservas por debajo de lo esperado, lo que sugiere que el torneo no necesariamente alterará la dinámica económica o pública de manera significativa.
Mientras se acerca la inauguración, continúan escalando tensiones internacionales como la guerra en Ucrania, incluidos recientes ataques rusos con misiles hipersónicos contra Kiev. También existen focos diplomáticos sensibles, como la participación de la selección nacional de Irán, las tensiones alrededor de Cuba o las negociaciones del T-MEC.
En realidad, los grandes eventos deportivos contemporáneos magnifican la política internacional y también sirven como imperfectos distractores de maniobras geopolíticas. Basta recordar que Rusia intervino militarmente en Georgia durante los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
El Mundial es un escaparate para la cooperación regional y la diplomacia pública, pero también para la polarización, las protestas y tensiones sociales que aprovecharán el reflector global del torneo. Para Trump, el saldo luce incierto. Es una oportunidad para proyectar liderazgo continental, pero también amplificar debilidades internas.
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El Mundial de Norteamérica
Scarlett Limón Crump. Analista Internacional, Doctorante en Estudios de Género
En tiempos de muros, aranceles y discursos nacionalistas, México, Estados Unidos y Canadá compartirán la organización del Mundial de 2026. Pero detrás del espectáculo futbolístico también se jugará una disputa política y narrativa sobre el futuro de Norteamérica.
El contexto importa. La relación entre México y Estados Unidos atraviesa una etapa marcada por tensiones migratorias, presión comercial y crecientes exigencias de seguridad desde Washington. Al mismo tiempo, la próxima revisión del T-MEC mantiene abierta la discusión sobre el rumbo económico de la región y el papel estratégico que cada país ocupará dentro de ella.
En medio de ese escenario, el Mundial aparece como una vitrina diplomática inesperada.
Porque los megaeventos deportivos nunca son solo deporte. También funcionan como ejercicios de soft power: espacios donde los países proyectan estabilidad, capacidad institucional, inversión, turismo e influencia internacional. Durante algunas semanas, Norteamérica dejará de aparecer únicamente asociada a crisis fronterizas, narcotráfico o disputas comerciales, para intentar mostrarse como una región capaz de coordinar infraestructura, movilidad y cooperación a gran escala.
Para México, el torneo representa una oportunidad particularmente relevante. No solo por el impacto económico y turístico, sino porque permite disputar la imagen reduccionista que frecuentemente domina desde Estados Unidos: la de un país asociado únicamente a violencia, migración o contención fronteriza.
Ahí también se jugará parte del papel internacional del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su administración tendrá que navegar la compleja relación con Washington sin romper la cooperación regional que sostiene buena parte de la economía mexicana. El Mundial puede convertirse, así, en una plataforma de diplomacia pública para proyectar estabilidad, liderazgo regional y capacidad de negociación.
El Mundial no resolverá las tensiones entre los tres países. Pero sí exhibirá algo que la política suele intentar ocultar: que la estabilidad económica y regional de Norteamérica depende, cada vez más, de su capacidad de coexistir.
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Cooperación en tiempos de tensión
Georgina De la Fuente. Analista política y socia de Strategia Consultores
Pocos fenómenos tienen la capacidad del futbol para conectar personas y difuminar fronteras entorno a una misma emoción. Históricamente, el deporte ha servido como herramienta para el diálogo y la cooperación. La Copa del Mundo 2026 será una muestra inédita de ello. Tres países fungirán como anfitriones por primera vez en un Mundial que romperá récords: 48 selecciones y más de 100 partidos en 16 ciudades de Norteamérica.
El simbolismo no es menor. La relación entre México, Estados Unidos y Canadá trasciende una sociedad comercial. Compartimos historia, valores, cadenas productivas y vínculos humanos. Con la firma del TLCAN en los noventa, la región consolidó una de las plataformas más integradas del mundo y, tras la transición al TMEC, nuestros países se convirtieron en sus principales socios comerciales. El intercambio regional se acerca hoy a los dos billones de dólares y sostiene millones de empleos. Esa integración se traduce en innovación, prosperidad y oportunidades para las personas.
En ese contexto, el Mundial también representa una ventana para la diplomacia. Organizar un evento de esta magnitud exige niveles extraordinarios de coordinación logística, tecnológica y de seguridad. Los tres gobiernos han trabajado en mecanismos conjuntos de información, ciberseguridad, gestión de riesgos y coordinación entre autoridades federales y locales.
No deja de llamar la atención que esta coordinación transcurra en dos de los temas que hoy generan más tensión en el marco de la revisión del TMEC: la seguridad y la gestión fronteriza. El Mundial demuestra que, incluso ante un escenario geopolítico complejo y profundas diferencias políticas, la cooperación trilateral sigue siendo posible y necesaria.
La Copa del Mundo 2026 no resolverá por sí sola las tensiones regionales. El contexto actual es muy distinto al de los noventa. Sin embargo, puede recordar que, aun en medio de desacuerdos, la cooperación regional y la construcción de soluciones compartidas ofrecen mayores posibilidades de bienestar que la fragmentación.
“Gol” económico
Dra. Alina Gamboa Combs. Profesora de la Facultad de Estudios Globales, Universidad Anáhuac México
La FIFA estima que la Copa Mundial Varonil (CMV) 2026 generará alrededor de 40 mil 900 millones de dólares estadounidenses en producto interno bruto (PIB) global adicional y aproximadamente 80 mil 100 millones en producción bruta. Asimismo, estima que se crearán 824 mil empleos a nivel global. De esto, se estima que la mayor parte se reflejará en Estados Unidos, con aproximadamente un incremento de 17 mil 200 millones de dólares en el PIB y 185 mil empleos, seguido por Canadá y México. Estas cifras se estiman con modelos que calculan el gasto promedio de los equipos y de los espectadores que viajan a ciudades sede y el empleo creado antes y durante el torneo.
Sin embargo, trabajos académicos sobre megaeventos anteriores pintan un panorama menos favorable. Un estudio longitudinal de los Juegos Olímpicos de Verano (JOV) y de la CMV entre 1994 y 2018 revela que más del 80% registraron déficits. Esto se debe a que las estimaciones no incluyeron gastos ni pérdidas ocultos. Los autores de este estudio lo llamaron un “déficit estructural”, ya que la recaudación del evento no cubrió los gastos del anfitrión. Cabe destacar que el anfitrión cubre la inversión en infraestructura (transporte, aeropuertos, estadios, etc.). Aunado a los gastos directos, se debe considerar el desplazamiento del ingreso y del presupuesto. En el caso del ingreso, se refiere a lo que deja de percibirse durante la construcción o remodelación (p. ej., comercios cerrados alrededor del Estadio Azteca o estacionamientos cerrados en el AICM). En cuanto al presupuesto, considerar el gasto gubernamental destinado a una obra para el evento, en lugar de un gasto social.
Eso no quiere decir que no habrá un derrame económico importante en la Copa Mundial 2026. En esta ocasión, la FIFA asignó el torneo a la propuesta que ya contaba con los estadios requeridos y repartió los 104 partidos entre los 3 países, lo que implica que los gastos también se distribuyen entre ellos. Disfrutemos el Mundial, pero tomemos las estimaciones económicas con un poco de cautela.
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La FIFA, un organismo que no es “apolítico”
Amin Hauser Ruano. Estudiante de periodismo. Universidad Europea
La FIFA, ese organismo que siempre intenta mostrarse como amigo de todos, pero que, al momento de la verdad, se termina exponiendo a sí mismo. El episodio tenso que se produjo en el 76.º Congreso del organismo dirigido por Gianni Infantino, entre los representantes palestino e israelí, es solo la punta del iceberg de todas las ocasiones en las que la FIFA ha intentado pasar como una organización apolítica frente a conflictos bélicos.
El intento de apretón de manos rechazado por parte del representante palestino no es la primera vez en la que Infantino queda retratado como alguien que intenta ser mediador y lo que consigue es fragmentar la imagen pública de la FIFA ante el mundo. Tras el continuo fracaso en las negociaciones por un alto al fuego entre Irán y Estados Unidos (dos países cuyas selecciones estarán presentes en la próxima justa mundialista), Infantino intentó calmar las aguas luego de que Donald Trump amenazara con no permitir la entrada a suelo estadounidense a ciudadanos de la República Islámica. Hasta el día de hoy, se prevé que Irán no dispute ni un solo partido en suelo vecino, aunque Infantino quiera afirmar lo contrario...
Por cierto, no hay que olvidar el Premio FIFA de la Paz que el mismo presidente del organismo le otorgó al propio Trump luego de que este perdiera el Nobel de la Paz. Este acto, que sucedió tres meses antes de la escalada en el conflicto de Estados Unidos con Medio Oriente, dejó claras dos cosas: una, la FIFA no es un organismo “apolítico” como dice ser; y dos, Gianni Infantino se esfuerza mucho en promover valores como la inclusión y el respeto entre naciones, pero lo cierto es que sus acciones lo único que demuestran es que el dinero de su bolsillo y el de sus socios son más importantes que el de los aficionados que quieren ver a su selección ganar un partido en un Mundial, y lo más probable es que nunca puedan llegar a hacerlo.
En el Mundial, el pasaporte también juega
María Fernanda Rizo Guevara. Internacionalista
El Mundial siempre se vende como una fiesta global, un evento capaz de unir culturas, idiomas y países alrededor del futbol, pero este año para millones de personas asistir no dependerá solo del dinero o del interés por el deporte, sino del pasaporte que tengan.
Aunque el torneo será organizado por Estados Unidos, México y Canadá, Estados Unidos será sede de la mayoría de los partidos más atractivos, lo que coloca al tema migratorio en el centro de la conversación, especialmente tras el endurecimiento de visas, controles fronterizos y políticas migratorias impulsadas por el gobierno de Donald Trump. Además, todo esto ocurre en un contexto internacional marcado por crecientes tensiones políticas, discursos nacionalistas y una fragmentación global cada vez más evidente.
Para muchos aficionados europeos, viajar a Estados Unidos representa un proceso relativamente sencillo; pero para miles de personas latinoamericanas, africanas o provenientes de Medio Oriente, la experiencia implica entrevistas consulares, largos tiempos de espera, revisiones adicionales y una constante sospecha migratoria.
Y es aquí donde aparece una de las mayores contradicciones del Mundial. Mientras la FIFA insiste en que “el futbol es para todos”, la posibilidad de vivir esa experiencia global sigue dependiendo, en gran parte, de la nacionalidad. El lugar donde naciste continúa definiendo qué tan libre eres para cruzar fronteras, qué países puedes visitar y qué tan difícil será demostrar que “mereces” entrar. El problema no es únicamente administrativo, sino político, ya que la movilidad internacional nunca ha sido igual para todas las personas.
El Mundial de 2026 será histórico por su magnitud y formato trinacional, pero también podría convertirse en un reflejo incómodo de un mundo donde incluso el deporte más universal sigue condicionado por algo tan simple, pero también tan desigual, como el lugar en el que naciste.
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El balón como diplomacia regional
Rodrigo Cerda Cornejo. Mtro. en Seguridad Pública y Políticas Públicas
A pocos días del silbatazo inaugural, la Copa Mundial de la FIFA 2026 dejará de ser expectativa para convertirse en el evento económico, turístico y diplomático más relevante de Norteamérica en lo que va del siglo. Y llega en el momento más oportuno.
Mientras flota en el aire una conversación agresiva en el resto del mundo sobre aranceles al acero, aluminio y automóviles, mientras la revisión del T-MEC está en marcha, México, Estados Unidos y Canadá compartirán durante 39 días un mismo proyecto: 104 partidos, 16 sedes y una narrativa de integración construida desde la cancha y la fraternidad de los pueblos canadiense, mexicano y estadounidense.
Las cifras hablan solas. Según datos de la OMC, se proyecta un impacto regional de 23 mil 250 millones de dólares, de los cuales México capturará entre 4 mil 50 y 6 mil 73 millones, con una derrama por partido —311.5 millones— superior a la estadounidense y a la canadiense. La Secretaría de Turismo, encabezada por Josefina Rodríguez Zamora, anticipa 5.5 millones de visitantes, un alza del 44% en flujo turístico y 24 mil empleos directos. CDMX, Guadalajara y Monterrey concentrarán hotelería y servicios, con efectos multiplicadores hacia destinos secundarios.
Pero el capital más valioso del Mundial es el de la integración. La Presidenta Sheinbaum ha sostenido que el bloque norteamericano —30% del PIB global y 1.6 billones de dólares de comercio interregional— es el más poderoso del planeta. Frente a las presiones arancelarias, el Mundial opera como plataforma de distensión: obliga a coordinar aduanas, movilidad y conectividad entre las tres administraciones, y proyecta cooperación adicional a lo que la diplomacia pura podría lograr.
Bajo el Plan México también se trabaja para que esa visibilidad se siga traduciendo en inversión sostenida, infraestructura turística y una marca país mejor posicionada. En la antesala del Mundial, México está listo para seguir siendo plataforma del crecimiento y la integración regional en Norteamérica.

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