México enfrenta una paradoja que revela mucho sobre la forma en que construimos políticas públicas. Mientras la Suprema Corte de Justicia de la Nación continúa definiendo los alcances del derecho al autoconsumo de cannabis, el Congreso permanece sin resolver una de las discusiones regulatorias más importantes de la última década. La reciente resolución de la Primera Sala que valida autorizaciones conjuntas para el autoconsumo lúdico no representa una nueva legalización; representa, sobre todo, otro recordatorio de que el Poder Judicial sigue llenando el vacío dejado por el Legislativo.

El caso concreto involucró a ciudadanos que solicitaron autorización para sembrar, cultivar, cosechar, preparar, poseer, transportar y consumir cannabis con fines personales. La controversia era administrativa: determinar si COFEPRIS podía emitir un permiso conjunto o debía otorgar autorizaciones individuales. La Suprema Corte resolvió que una autorización conjunta es válida siempre que reconozca plenamente a cada beneficiario.

Sin embargo, el verdadero alcance de esta decisión no está en el número de firmas de un permiso, sino en lo que evidencia: México continúa resolviendo mediante litigios una materia que requiere una política pública integral.

El comunicado de COFEPRIS posterior a la resolución es fundamental para entender la situación actual. La autoridad sanitaria confirmó que cumple con los criterios establecidos por la Suprema Corte y que continuará otorgando autorizaciones para el autoconsumo lúdico conforme al marco constitucional vigente. Pero también dejó claro un punto que debe evitar interpretaciones equivocadas: estos permisos “no significan la legalización de un mercado de cannabis”.

La autorización para el autoconsumo no permite la comercialización, venta, distribución o creación de una cadena productiva regulada. No abre automáticamente la puerta a empresas, inversiones, producción industrial o desarrollo farmacéutico. Existe un derecho individual reconocido por la Corte, pero sigue faltando una legislación que establezca reglas claras para una industria completa.

Esa diferencia es precisamente el problema central. En cualquier economía moderna, la inversión requiere certeza jurídica. Nadie desarrolla proyectos agrícolas de largo plazo, construye plantas de manufactura, financia investigación clínica o registra nuevas tecnologías cuando las reglas permanecen indefinidas. La incertidumbre regulatoria no sólo afecta a los empresarios; también limita la generación de empleos, la innovación científica y la posibilidad de que México participe en mercados internacionales de alto valor agregado.

Mientras México mantiene este debate abierto, otros países avanzan hacia una nueva etapa de la industria del cannabis. Canadá consolidó un modelo regulado basado en producción, investigación y exportaciones. Alemania implementa un esquema con controles sanitarios y objetivos de salud pública. Estados Unidos continúa desarrollando mercados estatales que impulsan inversión, empleo e innovación.

La discusión internacional dejó atrás la pregunta de si el cannabis debe regularse. Hoy el debate está en quién desarrollará las tecnologías, medicamentos, productos industriales y cadenas globales de suministro que surgirán alrededor de esta planta.

México tiene ventajas que pocos países poseen. Cuenta con una amplia tradición agrícola, condiciones climáticas favorables, experiencia manufacturera, una industria farmacéutica desarrollada y una ubicación estratégica junto al mercado estadounidense. El país podría participar en sectores como cannabis medicinal, ingredientes farmacéuticos, cosméticos, alimentos funcionales, fibras industriales y materiales sustentables derivados del cáñamo.

Pero esas oportunidades requieren algo básico: reglas. La falta de regulación también tiene consecuencias sociales. Cuando el Estado no regula una actividad que ya existe, no desaparece el mercado; simplemente pierde capacidad de supervisarlo. La informalidad ocupa los espacios donde deberían existir controles sanitarios, trazabilidad, información al consumidor y estándares de calidad.

Por ello, la ausencia de una legislación integral no protege necesariamente a la sociedad. En muchos casos, genera precisamente lo contrario: menos control, menos transparencia y menos capacidad institucional.

La experiencia internacional demuestra que una regulación responsable no significa ausencia de límites. Significa establecerlos. Un modelo moderno debe incluir licencias claras, vigilancia sanitaria, protección a menores de edad, investigación científica, trazabilidad de productos y mecanismos que permitan combatir efectivamente los mercados ilegales.

La Suprema Corte ha cumplido su función constitucional al proteger derechos fundamentales. COFEPRIS ha cumplido su responsabilidad administrativa al acatar los criterios judiciales. Pero ninguna de estas instituciones puede sustituir al Congreso en una tarea que le corresponde: construir un marco jurídico completo.

La resolución de estas instituciones deberían ser entendidas como una señal de urgencia. El problema constitucional está prácticamente definido; lo pendiente es la construcción de una política pública moderna.

México tiene frente a sí una decisión estratégica. Puede continuar resolviendo el cannabis mediante expedientes judiciales aislados o puede construir una regulación que permita aprovechar sus capacidades agrícolas, científicas e industriales.

La historia económica demuestra que las oportunidades no esperan indefinidamente. En cannabis, México todavía tiene ventajas competitivas, pero el tiempo para convertirlas en desarrollo económico no es infinito. La pregunta ya no es si el país regulará esta industria, sino si lo hará a tiempo para participar como protagonista o si nuevamente llegará tarde a una transformación global.

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