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Madres buscan a desaparecidos en Ke Kasas

Señalan que fueron informadas de que María de la Luz, alias La Tía, vinculada al CJNG conoce lo que sucedió con sus hijos

En una de sus búsquedas, en la colonia Ke Kasas, las mujeres se encontraron con La Tía, quien fue detenida por agentes de la fiscalía estatal. Foto: Aimee Melo / EL UNIVERSAL
24/03/2026 |00:58
Gabriela Martínez / Corresponsal
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Tijuana.— Era lunes poco antes del mediodía. María y un grupo de mujeres caminaban y entregaban fotografías de sus hijos . Al voltear, su mirada se clavó en la cara de una desconocida. Se le acercó y le entregó una foto. “Yo lo conocí, era un buen muchacho”, le dijo la mujer y la abrazó.





María recuerda que quiso llorar, luego pensó golpearla hasta arrancarle la ubicación de su hijo, pero aguantó las ganas y esperó con una frialdad calculada hasta que sus amigas advirtieron a la autoridad, “es ella, La Tía. ¡Deténgala!”.

Los nombres de esta historia fueron modificados por el riesgo tras la detención de María de la Luz, alias La Tía, detenida el 9 de marzo pasado y vinculada a proceso por el delito de desaparición forzada. Su nombre está relacionado al Cártel Jalisco Nueva Generación () y al reclutamiento de jóvenes, así como a la desaparición de al menos siete personas, que integran cuatro carpetas de investigación.

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Entre agosto y octubre de 2025 se reportó la desaparición de José Gregorio Hernández Castro, de 29 años; Abraham Isaac Arredondo Flores, de 26; Sadrac Fidel Velarde Zepeda, de 25, y Juan Sebastián Domínguez, de 21, junto con otros tres jóvenes, incluida una mujer. En todos los casos el último rastro de las víctimas fue en las inmediaciones de la colonia Ke Kasas, Homex o Palma Real, todas en el sureste de Tijuana.

La Ke Kasas está en la periferia que colinda con Playas de Rosarito, apenas dividida por un relleno sanitario olvidado y custodiado por gente armada. El vecindario es marcado por la violencia donde las familias sobreviven o escapan de las balas perdidas que resuenan por las noches. En este rincón fueron encontrados 10 cuerpos apilados, en 2022, en un vecindario aledaño conocido como Prado del Águila, una especie de campo de exterminio.

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Cerca de las 5 de la madrugada del 12 de septiembre María despertó para irse a trabajar a la fábrica, su hijo Abraham se levantó para prepararle café, como era su costumbre. “Ya está tu café, mami”, le dijo, y antes de que ella se fuera la abrazó y agregó: “Te amo, mami”.

Esa fue la última vez que vio a su hijo. Habían pasado unas horas cuando le llamaron y le dijeron que regresara a su casa porque desconocidos estaban golpeando a Abraham. Cuando llegó vio a policías, ninguno respondió sus dudas. Con miedo, entró a su casa y halló evidencia de balas que habían atravesado muebles y hasta ropa, pero su hijo no estaba.

Tres semanas después, Rocío comenzó a buscar a Sadrac, también en la colonia Ke Kasas. Era la noche del 2 de octubre cuando le llamaron para decirle que su hijo había ido a ese barrio a entregar un pedido de camisas pero jamás regresó. Sin pensarlo, ella y el resto de la familia fueron al lugar, vigilado por halcones de los grupos criminales que ahí operan.

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“Cuando vamos entrando [a Ke Kasas] —cuenta Verónica sobre su primera búsqueda con colectivos— una persona le llama por teléfono al [líder del colectivo] y le dice: ‘Vas entrando tú y tu gente (...) es que yo tengo información y nos platican que La Tía fue, ella lo mandó desaparecer”.

Tras meses de investigación la Fiscalía General del Estado (FGE) citó a Verónica en las oficinas, ahí se encontró con familiares de otros tres jóvenes desaparecidos. Ninguno se conocía entre ellos, ni entendía por qué estaban juntos, hasta que les explicaron que, de acuerdo con evidencia visual, el mismo día y a la misma hora todos habían sido privados de la libertad en Ke Kasas, a calles de diferencia y los habían metido en camionetas.

A poco más de dos semanas de la desaparición de Abraham, fue reportada la de Juan Sebastián, en la misma colonia. Era domingo 19 de octubre cuando él y su madre Carla se habían visto. Ellos y el resto de la familia decidieron pasar el día en la playa y manejaron hasta La Misión, un ejido ubicado en Ensenada.

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Carla recuerda que cuando regresó a su domicilio, alrededor de las 11 de la noche, le llamaron para decirle que hombres encapuchados irrumpieron en la casa de su hijo y se lo llevaron.

“Estuvimos en [la] fiscalía y ahí una mujer contó que vio que La Tía tenía a su hija en una casa de seguridad (...) ‘yo soy un testimonio viviente (...) no hay nadie más que pueda hacer algo más ahí si ella no lo autoriza’”, contó Carla. Otra fuente más le dijo que, por la edad, era posible que lo hubieran vendido al cártel para forzarlo a trabajar.

María, Rocío y Carla se conocieron en medio de las búsquedas de sus hijos, todos desaparecidos en un lapso de dos meses en la misma colonia. Ellas, junto con otras madres que comparten algunas características en sus casos, se integraron a las búsquedas del Colectivo Buscando a Tolano, y el 9 de marzo pasado regresaron a Ke Kasas con elementos de las fuerzas federales. Una vez ahí, una de ellas reconoció a María de la Luz, La Tía.

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Mientras una de ellas se acercó para entregarle la foto de su hijo y preguntar si lo había visto, el resto la observaba a la distancia. Otra de ellas logró identificar que La Tía estaba abrazando a su compañera, aprovecharon la distracción para decirle a los oficiales que la mujer contaba con una orden de aprehensión, pero ellos se negaron a intervenir. Agentes de la fiscalía la arrestaron horas después de que la prensa comenzó a publicar el incidente.

Las madres acusaron a la fiscalía de negarse a integrar sus declaraciones sobre el posible vínculo entre la mujer detenida con la desaparición de sus hijos, hasta el 12 de marzo pasado cuando protestaron instalándose con casas de campaña. Poco a poco han llegado más personas para aportar datos o reportar más desapariciones en ese barrio.

“No entiendo cómo es que no han hecho nada, cómo es que en un lugar tan pequeñito puede desaparecer tanta gente y pueden pasar cosas tan horribles, no es posible que ocurra algo así, sin la presencia de la delincuencia y una autoridad que lo permita, pobre de esa gente que vive ahí, tan sola, como si estuviera maldito el lugar”, lamenta Carla.

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