Al concluir la secundaria, en junio de 2024, Ángel Fabricio Santiago Torales le dijo a su madre que quería continuar sus estudios y llegar a ser piloto aviador.
El sueño duró poco. Dos meses después —el 19 de agosto— fue sacado de su casa a la fuerza por hombres armados y no se ha vuelto a saber de él; sólo tenía 15 años.
Ese mismo día, otros tres adolescentes del municipio de Arriaga desaparecieron en circunstancias similares.

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“Fabricio era como un niño cualquiera. Era divertido y cumplía con su responsabilidad como hijo y como estudiante”, asegura su madre Candy Lizbeth Torales Ramírez, quien enfermó a raíz de la desaparición de su hijo, pero no deja de participar en las actividades en el grupo de madres buscadoras al que se unió.
Desde entonces, la madre acude a la fiscalía a pedir que les informen respecto a los avances del caso, participa en jornadas de oración y sale a las calles a colocar las fichas de búsqueda en Arriaga y municipios vecinos.
Arriaga es un municipio del pacífico chiapaneco que delimita con Oaxaca. En ese año se había convertido en una zona estratégica de las organizaciones criminales que se disputaban el territorio y eliminaban a sus adversarios con ejecuciones en la vía pública. El 15 de febrero de 2024, un grupo armado ejecutó a cuatro personas en los poblados de Emiliano Zapata y La Gloria.
A las 11:30 horas del domingo 18 de agosto, Arriaga se cimbró con la ejecución de Fredy “N”, alias El Cibernético, en el barrio Los Pocitos.
Pocas horas después llegó al municipio un grupo de agentes de la Dirección de la Policía de Investigación (DPI) de la Fiscalía General del Estado de Chiapas para realizar las investigaciones, según informó un oficial de esa institución.
Se dio a conocer que fueron detenidos dos sospechosos, hombres jóvenes, pero sólo uno de ellos fue ingresado en el Centro de Internamiento Especializado para Adolescentes, conocido como Villa Crisol.
A las 15:30 horas del lunes 19 de agosto, mientras se quitaba el uniforme de la preparatoria y jugaba con su teléfono, cuatro hombres armados irrumpieron en la casa de Fabricio, en el barrio Bella Vista San Isidro.
Ni sus abuelos, tías o primos pudieron hacer nada para evitar que se llevaran al joven. Los hombres no dijeron por qué y amagaron a la familia con armas de alto poder. Con miedo salieron a la calle minutos después, donde supieron por un vecino que el muchacho había sido subido a un vehículo de color azul.
Más tarde llegaron elementos de la policía municipal para preguntar por el nombre del estudiante, edad y a qué se dedicaba. El oficial al mando anotó todo en una libreta y se retiraron del lugar.
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Casi a la misma hora, Yuritzi Pérez Feliciano, de 16 años, caminaba rumbo a su casa en la colonia Infonavit, cuando hombres armados le cerraron el paso y la obligaron a subir a un vehículo.
Por la noche, a las 22:30 horas, ocho hombres armados tiraron la puerta de la casa de Martín Gustavo Ramos Cruz, de 15 años, en el barrio Los Pocitos, para llevárselo ante la sorpresa de su madre y hermanos que preguntaron por qué lo detenían sin una orden de aprehensión. “Búsquelo en la fiscalía”, les respondió uno de los hombres.
A las 03:00 horas del 20 de agosto, los hombres llegaron a la casa de Emanuel Alemán Camacho, de 16 años, en la colonia Infonavit San Isidro. Lo llamaron por su nombre, él se puso un pantalón y una camisa, y lo sacaron de la vivienda. Nadie volvió a saber de ellos.
A las 17:00 horas del 19 de agosto, Candy Lizbeth concluyó su jornada laboral en ciudad de Guadalajara, donde trabajaba en una fábrica. Se había ido en busca de un trabajo que le permitiera pagar los estudios de Fabricio.
Vio que tenía llamadas perdidas y mensajes de sus padres y hermana. Desde Arriaga le dijeron que Fabricio había sido detenido, que la necesitaban para liberarlo.
En ese momento preparó una maleta, se dirigió a la central camionera y empezó un viaje de mil 370 kilómetros.
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En el trayecto, Candy Lizbeth no dejaba de llamar al teléfono de Fabricio, pero la llamada iba a buzón. En casa intentaban entrar a las redes sociales del muchacho, pero al momento de la verificación, alguien desde el teléfono de Fabricio lo rechazaba.
Cuando Candy Lizbeth llegó a Arriaga conoció a las otras tres madres que buscaban a sus hijos.
En la fiscalía les dijeron que los agentes de la DPI “se habían llevado las carpetas de investigación”, pero más tarde, un oficial —del que no recuerdan el nombre— les cambió la versión: “A los muchachos se los llevó la maña”.
Les pidió que no publicaran nada en redes sociales sobre la desaparición porque entonces “no iban a regresar”, e insistió en que a los muchachos los habían reclutado los criminales.
El próximo 19 de agosto se cumplirán dos años de la desaparición de los cuatro adolescentes y, a la fecha, la fiscalía no ha aportado ninguna pista sobre su paradero.
En una ocasión se montó un operativo en un rancho abandonado, pero desde ahí nunca más han hecho nada.
Las madres han viajado a Tuxtla para reunirse con funcionarios, pero no ven avances.
El 2 de noviembre de 2024, cuando Fabricio cumplió 16 años, en su cuenta de Instagram hubo una transmisión en vivo de varios minutos para un reducido grupo de personas, pero ni sus conocidos ni familiares pudieron acceder.
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En casa de Fabricio, su hermana Georgilet le llora y también lo sueña. Su madre le ha pedido que cuando el sueño sea bonito que se lo guarde, para que se haga realidad, pero cuando sea malo que se lo platique.
“Hay días que se despierta y me dice: ‘Mamá, soñé tan bonito, pero no te puedo contar’”, dice la madre, aún con esperanza.
En la sala de la casa del joven desaparecido hay una foto de Ángel Fabricio, y junto hay un Ángel de la Guarda para que lo proteja.
“Yo sé que mi hijo va a regresar. Yo quiero decirle que su hermana lo extraña y que lo espera en casa”, dice Candy Lizbeth.
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