San Cristóbal de las Casas, Chis; 28 de julio. - María Magdalena Núñez Paniagua, de 18 años de edad, quedó en quinto lugar en el examen para ingresar a la Escuela Normal Rural Mactumatzá, que se ubica en Tuxtla Gutiérrez, pero durante la semana de inducción, fueron noches y días de tortura, de parte de los integrantes del comité estudiantil, que la obligó a pedir su salida para ser trasladada a un hospital, porque su cuerpo no resistía más.
Originaria de la comunidad Naranjos, del municipio de Simojovel, María Magdalena contó que el 25 de junio presentó su examen de ingreso a la Escuela Normal Rural Mactumactzá fundada en 1929, en la modalidad de estudiante bilingüe, pero cuando dieron a conocer los resultados supo que había sido aceptada, porque había quedado en quinto lugar.
El 19 de julio, sus padres la llevaron de su comunidad a Tuxtla, en un viaje de casi tres horas, porque les anunciaron que sería la semana de inducción, con la advertencia de que llevaran varios metros de plástico de color negro y herramientas de trabajo. “Al principio todo parecía normal pero no sabíamos lo que íbamos a pasar”.

Ese día, María Magdalena se despidió de sus padres, pero por la noche, ella y sus amigas fueron encerradas en un salón con las ventanas cubiertas de plástico de color negro, donde no entraba aire fresco.
La valla perimetral del plantel también fue cubierta con ese plástico de color negro, para que las personas y autoridades no se percataran de los que ahí ocurre.
A las 01:00 horas de la madrugada del 20 de julio, los miembros del comité estudiantil irrumpieron en el salón tocando las puertas y lanzando gritos para amedrentar a las muchachas, pero era para quitarles los teléfonos celulares, audífonos y “todos lo que teníamos”, reseña.
Una hora después, regresaron los del comité estudiantil para quitarles los maquillajes, perfumes, bloqueadores solares y otros productos de higiene que llevaban en sus mochilas.
A las 03:30 de la madrugada ingresaron por tercera ocasión al salón, para hurgar en las mochilas para obligar a las jóvenes que entregaran pastillas, agua, comida. “Todo nos quitaron lo que era de nuestro consumo”. Esa noche, las estudiantes no pudieron conciliar el sueño.
Los siguientes días fue lo mismo, con pocas horas para dormir y con escasa agua para tomar, como si fuera un premio. “Teníamos que ganarnos el agua, trabajando bajo el sol, sin ninguna protección”.
Las muchachas eran obligadas a trabajar en el área de cultivo de la Escuela Normal, donde cortaban la maleza solo con las manos, sin ninguna herramienta, en jornadas extenuantes, pero si alguien se detenía para descansar un momento, era reprendida. “Nos daban un vaso de agua para cinco compañeras”. “Yo vi cómo mis compañeras se desplomaban por el cansancio y por el calor fuerte; se desmayaban”, contó en entrevista.
La comida que recibían era insípida, escasa y quemada, pero debían tomar una taza de café humeante en pocos minutos.
Cuando se sentaban a descansar, tenían que permanecer con la mirada al suelo, mientras los miembros del comité estudiantil pasaban un machete cerca de los pies. “Todo el tiempo (debíamos permanecer) con la cabeza agachada”, confió.
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Las muchachas pedían ir al sanitario, pero no se los permitían, por lo que tenían que defecar y orinarse en su ropa. “Hubo compañeras que se hicieron del baño en su propia ropa. Muchas lloraban, pedían agua, suplicaban y no les hacían caso; se les veía la boca blanca y reseca de la sed”.
Al tercer día, el día María Magdalena su cuerpo empezó a reaccionar por la falta de líquidos y alimento, con temblores. “Sentía que me iba a desmayar, con mucho dolor de estómago y vómito”.
La joven pudo ver que las hijas de algunos maestros del plantel que habían aprobado el examen eran las que recibían el peor trato. “Las hijas de los maestros las trataban mucho peor; las humillaban más para que se fueran, para que renunciaran a ese sueño (de ser maestras)”.
Las hijas de los maestros debían hacer ejercicios físicos “pesados”, pero si no los hacían, entonces castigan a todas las muchachas.
El viernes 24 de julio, María Magdalena les dijo que a los miembros del comité estudiantil que no podía más, que necesitaba salir del plantel, pero después de varias horas de súplica, lo consiguió, pero como se encontraba en mal estado de salud, fue trasladada por los miembros del comité estudiantil, hasta la plaza central de Tuxtla Gutiérrez, donde un grupo de personas la apoyó para hospedarse en un hotel, donde pudo llamar a sus padres, que la llevaron a un hospital.
Ahora, la joven dice que no quiere volver a la Escuela Normal, pero tampoco “quiero perder lo que me gané; por eso quiero que se me respete mi matrícula y que me den que instale en otra escuela pública, en otra Normal donde pueda estudiar sin violencia, porque una cosa es una inducción y otra cosa es lo que vivimos”. “Nosotras entramos con la ilusión de ser maestras, no para que nos traten así”.
La Fiscalía, la Secretaría de Educación y la Comisión Estatal de los Derechos Humanos no se han pronunciado por lo que ha ocurrido en la Escuela Normal Rural Mactumactzá.
Tampoco la dirección de la Escuela Normal Rural ha emitido comunicación.
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