El científico mexicano Luis Rafael Herrera Estrella, pionero en la ingeniería genética de plantas, genómica vegetal y tolerancia al estrés en los cultivos, ingresará el 10 de julio a la Royal Society del Reino Unido, la academia de ciencias más antigua del mundo, y con ello se suma a una lista con Newton, Darwin y Einstein, entre otros.
El creador, en 2004, del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio) del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), actualmente lidera el Laboratorio de Fisiología e Ingeniería Metabólica de Plantas en la Unidad de Genómica Avanzada (UGA), donde tiene tres proyectos principales: el desarrollo de tecnologías que faciliten la edición de genes en el polen de plantas; el estudio de plantas capaces de sobrevivir a una deshidratación extrema y “resucitar”; y el genoma de la grana cochinilla.

Herrera Estrella, Premio Nacional de Ciencias 2002, descifró, con su equipo, el genoma del maíz y hoy habla con EL UNIVERSAL del reconocimiento de la Royal Society a 35 años de trabajo, de sus proyectos, de los transgénicos y del glifosato, y del complicado momento para la ciencia en México.
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¿Qué representa ser electo por la Royal Society?
Es una enorme satisfacción que me incluyeran en el club de tan distinguidos científicos y filósofos del mundo y que sea uno de los pocos latinoamericanos y más poquitos mexicanos, solamente somos tres en la academia científica más antigua del mundo (él y José Sarukhán Kermez y Susana Magallón Puebla). Es un reconocimiento a mi trayectoria de 35 años en la ciencia. Reconocen mi trabajo desde el doctorado hasta mi contribución al avance del conocimiento científico de la vida de las plantas y la generación de tecnologías que no les gustan a algunas gentes, pero que han sido terriblemente exitosas. Por ejemplo, los transgénicos, cultivos como el maíz, el aguacate, el sorgo, el chile; hemos generado los genomas de estas plantas. Es un orgullo que un científico mexicano que desarrolló toda su investigación en México haya sido reconocido, aún a pesar de las limitantes, pero mucho más ahora. Se ha puesto mucho más difícil la situación para la ciencia en los últimos ocho años.
¿La ciencia en México vive tiempos complicados?
Hay muchos problemas, el financiamiento del Conacyt (hoy Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, la Secihti) se colapsó. Había fideicomisos para diferentes programas, el Conacyt daba becas y teníamos apoyos a proyectos para materiales, reactivos y equipo. Eso nos permitía ser competitivos. Pero como creían que con esto había mucha corrupción, se desapareció el dinero de los fideicomisos. Dijeron que iba a regresar de otra manera, pero nunca regresó. Se recortó el presupuesto del Concacyt mucho en el sexenio pasado y ahora nació la Secihti pero con el mismo presupuesto. Cuando estoy en otros países todo el mundo me dice: “Pero pues si tu presidenta es científica”. Les digo, “Pues dejó de ser científica hace mucho y se volvió política”.
¿No ayuda la oposición al maíz transgénico, al glifosato?
El otro día asistí a una reunión de alto nivel en Washington, había legisladores mexicanos. Y les decía que desde hace 30 años consumimos maíz transgénico. Importamos el año pasado 20 millones de toneladas de maíz amarillo, la mayoría es para alimento de ganado, pero entre 20% y 30% entra a la industria, todos los churritos que nos comemos, el aceite de maíz, viene de maíz transgénico. Persiste la idea de que causa cáncer y mata a la gente. Les dije que lo han comido alrededor de 4 mil millones de personas por 30 años y no hay un sólo caso documentado, científicamente, de que alguien se haya muerto por comer maíz transgénico, soya transgénica, etcétera. Dijeron que el glifosato. Pero el glifosato es una cosa y los transgénicos otra. Y además el caso del glifosato está discutido. Porque dentro de los herbicidas es el menos malo. Si lo prohibimos, tenemos que usar herbicidas más viejos que sí causan cáncer. Pero se legisla por razones políticas y no técnicas o científicas, eso es un problema.
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Dos científicas han estado al frente de la ciencia en los últimos ocho años.
Creo que la actual secretaria sí tiene la intención de mejorar las cosas, pero no hay dinero. A diferencia de María Elena Álvarez-Buylla, quien solo tenía intenciones políticas y de satisfacer a su jefe.
¿Sus estudios se han aplicado a la producción agrícola?
De manera indirecta. México se ha beneficiado de la información que hemos generado, pero no de manera directa por varias razones. La primera es que no existe una política de Estado clara para la ciencia y la tecnología. Nunca hemos podido coordinarnos, pero, digamos que nos asociáramos con los mejoradores de Chapingo, del Colegio de Postgraduados, y generáramos variedades de plantas. ¿Quién las va a producir y quién las va a vender? Los PRONACES (Programas Nacionales Estratégicos) los desaparecieron. Surtía de semillas a los agricultores mexicanos y había variedades mejoradas. Esto se tendría que reestructurar, pero puede llevar 20 años, aunque existe la infraestructura humana en México para hacerlo.
La muestra son sus equipos y proyectos actuales.
Sí, tenemos tres proyectos principales. Uno es desarrollar tecnologías que faciliten la edición de genes en el polen, si puedo modificar el polen, me evito un largo y costoso proceso. También trabajamos con plantas de resurrección, que pueden estar secas por meses, pero llueve y reviven. Queremos entender cómo lo hacen, para ver si parte de ese mecanismo se puede introducir a los cultivos agrícolas y darles más tolerancia a la sequía. Y el otro es sobre el genoma de la grana cochinilla. México era el principal productor de carmín en el mundo, veremos si lo producimos en otro lado que sea menos costoso y más fácil para los agricultores.
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¿Hay un gran futuro para la genómica?
Va volando, cada vez hay más información, necesitamos seguir trabajando. Hay 50 mil tipos de maíz, necesitamos conocer su ge noma para entender sus secretos. Ha mejorado la tecnología y los tiempos y costos han bajado.
¿Y ahí seguirá otros 35 años?
Pues hasta que el cuerpo aguante. Quisiera convertirme más en un asesor de investigadores jóvenes para aportarles mis experiencias, mis ideas y promover que avancen más rápido.
¿Está entre el laboratorio en la UGA y la Universidad de Texas?
Sí. Hace cuatro años tomé una posición en la Universidad. Me hice Investigador Emérito del Cinvestav y las responsabilidades bajan. Sigo con mi laboratorio en el Cinvestav, dirigiendo estudiantes, publicando, pero me ofrecieron en la Universidad crear un instituto similar al que teníamos en el Langebio, en Irapuato, y acepté. Venía por dos años nada más, en 2019, justo cuando las cosas empezaron a ir muy mal para la ciencia en México. Me he quedado porque he encontrado una buena fórmula para trabajar. Vienen mis estudiantes de México, hacen estancias y aquí hacen todo lo que no pueden hacer allá. Ha sido muy productivo, en mi opinión, para el Cinvestav y para la Universidad de Texas porque mi productividad ha aumentado muchísimo. Mis estudiantes hacen proyectos de mayor envergadura.
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