De pronto me paro frente al librero del estudio. Miro que no veo. Detente y jala. ¿Y este libro de arte monumental, de varios kilos de peso, bellísimo, estupendamente conservado, con el título de Áreas silvestres. Las últimas regiones vírgenes del mundo? Claro, fue un obsequio de Cementos Mexicanos (Cemex) en Colombia, en 2003, mis años de agregado cultural. La sede de la empresa estaba en una agradable zona del norte de Bogotá.

Impreso en Japón, en 2002, por Toppan Printing Co., debió costar un dineral por sus características. El editor es el reconocido activista Patricio Robles Gil y la producción estuvo a cargo de la Agrupación Sierra Madre (uno de muchos bajo su iniciativa). El detente me llevó a recordar lo que un gigante como Cemex, por décadas, en labor compensatoria por el tipo de negocio, ha intervenido en intereses deportivos, sociales, de investigación en su campo, de preservación de ecosistemas y por supuesto, en cultura.

Es por ello que en la revuelta por el manejo de la Colección Gelman, de la persona quien hizo la compra, Marcelo Zambrano Alanís, me puse a repasar mis recuerdos de Cemex, de Monterrey de lo que Nuevo León significa en la historia del país, en cuanto a poderío económico y del temperamento de sus habitantes. En ellos la figura de Nina Zambrano Treviño quien nació en 1950.

Lo que hice fue ponerme al día sobre su genio y figura. Muchísima información, por cierto. Condensé lo hallado y corroboré el relato con gente que sabe de ella.

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Crédito: Archivo de El Universal
Crédito: Archivo de El Universal

Se trata de un gran personaje que ayuda a ampliar la comprensión de lo que viene sucediendo.

Rutas, trazos, pinceladas

Nina Zambrano Treviño dio al Museo de Arte Contemporáneo MARCO (inaugurado en 1991, los años del salinato con marca en Monterrey) dos décadas de esplendor, de 1997 a 2017, sin cobrar sueldo por dirigirlo. Ahí desplegó sus mayores capacidades para la gestión cultural, el mecenazgo y el coleccionismo.

Hija de Lorenzo Zambrano Hellion y Alejandrina Treviño Madero, Nina creció en el seno de una familia donde “el liderazgo no era una opción, sino un mandato implícito”.

Por el lado materno, su ascendencia se conecta con la historia revolucionaria: Alejandrina era sobrina de Francisco I. Madero. Por el lado paterno, los Zambrano han sido los pilares de la industrialización regiomontana. Su abuelo, Lorenzo Zambrano Gutiérrez, fue el fundador de Cementos Hidalgo en 1906 que luego se convertiría en Cemex, la empresa que bajo la dirección de su hermano, el legendario Lorenzo Zambrano Treviño (1944-2014) se consolidó en un gigante global.

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Nina, quien hizo estudios de diseño de interiores, se desarrolló entre hermanos: Lorenzo, Jorge y Hernán. Con su marido Héctor Armstrong, ya fallecido, de origen puertorriqueño, tuviero a Alexandra y dos hijos, Héctor “Tito” e Ian. Como parte de la élite empresarial, su red de contactos ha sido una herramienta vital para el sostenimiento de su quehacer cultural. Desde antes de su gestión en MARCO operó en la intersección del poder político y el capital privado. Con esta mística, formó parte del grupo organizador de los festejos de Monterrey por el 400 aniversario de la fundación de la ciudad, en septiembre de 1996, impulsando iniciativas educativas y culturales a través del llamado “Patronato Monterrey 400”, con lo cual proyectó sus capacidades y se generaría la percepción de su liderazgo para encabezar el museo.

Se cuenta que ha sido una de las pocas figuras capaces de sentar a la mesa a gobernadores, secretarios de Estado y directores de las corporaciones más grandes de México (las llamadas "Big Five" de Monterrey). Se sabe que su familia mantuvo lazos estrechos con figuras del poder político nacional, desde el panismo histórico hasta la administración de Enrique Peña Nieto, quien acudió al funeral de su hermano Lorenzo en 2014. Nina supo hacer de este capital relacional una veta para institucionalizar el mecenazgo. Sin duda la "marca ciudad" de Monterrey le debe mucho.

Además de hacer la diferencia entre otros prominentes liderazgos empresariales en la intervención en el desarrollo del sector cultural regio, es una coleccionista de cepa. Se cuenta que su hogar en San Pedro Garza García -el municipio con mayor PIB per cápita por habitante, estimado en 75 mil dólares- es, en sí mismo, un testimonio de este diálogo entre la arquitectura y la plástica.

Su afición comenzó de manera orgánica, influenciada por los viajes familiares y la convivencia con su hermano Lorenzo, a quien se le atribuye haber integrado un importante acervo, con acento en Latinoamérica. País donde se instalaba Cemex era indicación hacerse de obra de artistas locales.

Hay coleccionistas mexicanos que abren sus puertas y otros, la gran mayoría, se reservan la privacidad de sus adquisiones e influencias en otras personas e instituciones museísticas para tal fin. Las fuentes consultadas indican tres esferas del universo de Nina. Por lo que refiere al arte contemporáneo, se dice que se inclinó por la escuela de la ruptura, en sus diferentes expresiones plásticas. Luego está el distintivo mexicano en su diversidad contemporánea. Finalmente, la esfera que vino de la mano con MARCO: piezas que forman parte del patrimonio de Monterrey pasaron por su escrutinio personal. Su "ojo" para detectar el talento antes de que se volviera tendencia global fue lo que permitió que MARCO trajera a artistas como Ron Mueck y James Turrell en momentos clave de sus carreras.

Durante su época como directora aplicó un “rigor corporativo”. Para Nina, el arte contemporáneo necesitaba no sólo del genio de su arquitecto, Ricardo Legorreta y del concreto empleado en su construcción. Esta mentalidad permitió que MARCO sobrellevara los vaivenes de la economía local y nacional, como los cambios de administración estatal, una liga de estira y afloja por los dineros. En el proceso fue clave dotarle de una sociedad de "Amigos del Museo".

Su talento museístico no solo seleccionaba piezas; “curaba experiencias”. En esa perspectiva, se habla de tres grandes momentos que definieron su capacidad de estimular el rol de estos recintos. Se trata del manejo de tres figuras, José Clemente Orozco(1995), Frida Kahlo (2007) y el Dr. Atl (2011). Frida Kahlo: sus fotos atrajo una numerosa asistencia.

Con la exposición de Ron Mueck en 2011 hizo una apuesta por lo hiperrealista: fue, quizás, el punto más alto de su gestión en términos de impacto social. Largas colas de espera. Como se sabe, movilizar las esculturas monumentales de Mueck requiere de grandes destrezas. Otro suceso que caracterizó su labor es lo que se denomina “la consagración de la abstracción”, con la muestra de James Turrell y más tarde de Anish Kapoor.

En esas dos décadas, la colección permanente del museo forjó una narrativa, creció no solo en cantidad, sino en coherencia temática. Se enfocó en asegurar que el museo poseyera obras clave de la vanguardia latinoamericana, garantizando que el patrimonio cultural de los regiomontanos tuviera un valor de mercado y, sobre todo, un valor histórico. Al entregar la estafeta en 2017 a Alfonso González Migoya, Nina trazó una sucesión institucionalmente fuerte y no significó su alejamiento de la gestión cultural.

Quizá algún día sabremos si Nina tuvo algún papel en la adquisición de la Colección Gelman por su sobrino-nieto Marcelo Zambrano Alanís, quien se despliega en el sector inmobiliario. El padre de él es su primo, Marcelo Zambrano Lozano, quien sí está vinculado a Cemex. Hablamos de una genealogía de película.

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