Se nos impuso la expresión «humanismo mexicano» sin que sepamos bien a bien qué es. Como bandera ideológica o estandarte político, el término va y viene al margen de su significado. En medio de su manoseo demagógico, el filósofo Mauricio Beuchot (Torreón, 1950) ha dedicado buena parte de su trabajo a arrojar luz sobre el término.
En El humanismo mexicano como humanismo analógico –artículo publicado hace casi 20 años en la revista del Colegio de Filosofía (FFyL de la UNAM)– Beuchot afirma que el humanismo mexicano pondera y exalta –mediante el conocimiento de la historia y la filosofía– la dignidad del hombre; «estudia con orgullo sus obras, tanto teóricas como prácticas. Trata de resaltar los aspectos buenos que el hombre ha mostrado en su historia pasada, y tiene fe en las que desplegará en el futuro. Se preocupa por la libertad del hombre y el uso preclaro de la razón. Se preocupa por construir el concepto de hombre, de naturaleza humana» (Theoría 19: pág. 84).
El dominico coahuilense recorre brevemente las fuentes de ese humanismo, a partir de las cuales propone una solución a la tensión histórica mexicana y nuestras revanchas internas originadas en el mestizaje. Con el fin de contribuir a una comprensión de lo mexicano, explica el origen de las fuentes que han configurado la cultura mexicana y muestra cómo en nuestro país se amalgaman cosmovisiones de distinto origen.
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Pero, además, el artículo ofrece una síntesis de lo que su autor ha sopesado a lo largo de más de 40 años de reflexión en torno al humanismo en México. El ser humano, escribe, «va de la mano de las virtudes que pongamos para él, con las cuales integrará la fuerza de sus pasiones, de sus emociones y de sus sentimientos, junto con las potencialidades de su imaginación y de su intelecto» (pág. 85).
Aunque la labor filosófica de Beuchot es discreta (en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM –al que pertenece desde 1990–, fundó el seminario de hermenéutica), ello no le resta importancia. Su atención está puesta en la cuestión del hombre porque sólo a partir de las respuestas a esa pregunta se puede elaborar un humanismo: éste depende necesariamente de una antropología filosófica, de un concepto de ser humano. Tarea en absoluto sencilla.
Como imagina Borges, en la dilatada biblioteca universal se acumulan «enciclopedias, atlas, el Oriente / y el Occidente, siglos, dinastías, / símbolos, cosmos y cosmogonías». ¿Cómo dar sentido y forma a una selva salvaje donde todo se acumula? Beuchot se adentra en esa inmensidad para ofrecerse de guía y ponernos ante las pautas necesarias para una mejor comprensión de nuestra realidad. No lo hace desde la lejanía académica, sino a partir de la tradición del pensamiento universal y considerando la circunstancia mexicana concreta.
Así, ha dialogado con interlocutores que van de Platón a Foucault o Gadamer, pasando por los humanistas del entorno mexicano como Nezahualcóyotl, Bernardino de Sahagún, Alonso de la Vera Cruz, Bartolomé de las Casas, Tomás de Mercado, Antonio Rubio, Juan de Zapata y Sandoval, Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza, Francisco Xavier Clavijero, Vasconcelos, Samuel Ramos, Oswaldo Robles, Paz, Rossi y, más recientemente, con su amigo Enrique Dussel (1934-2023).
Beuchot es, ante todo, un intérprete, un traductor que ofrece sus hallazgos en el vasto campo de lo humano, imposibles de percibir a simple vista. Para él, «el hombre es un ser intermedio porque reúne en sí mismo las cosas del universo, incluso las más encontradas, como la materia y el espíritu» (Interpretación del ser humano: pág. 26. Herder, 2019). En su recorrido tras esa posible respuesta nos ha puesto ante la historia del pensamiento. Para nuestra buena fortuna, su obra nos recuerda insistentemente que la filosofía no es sólo para pensar mejor, sino para darle sentido a la vida.
Un recordatorio urgente, precisamente, porque da la impresión de que la filosofía está ensimismada, enredada en cultismos inútiles que se transforman en papers encriptados, sólo asequibles para un pequeño grupo de especialistas. Dedicada a asuntos separados de la realidad, la filosofía lleva tiempo perdida en cuestiones que poco importan o que importan a pocos. Pero no es así. Como el propio Beuchot advierte, no se puede pensar al margen de la filosofía.
La del coahuilense es una filosofía de la libertad creativa, un arte libre que propicia acciones libres. Su arduo trabajo de investigación en los ámbitos de la metafísica, la hermenéutica y la antropología filosófica ha servido para fundamentar asuntos de relevancia para México en los ámbitos de los derechos humanos y la justicia para la paz.
Para él, la búsqueda de vínculos de correspondencia en la amplia pluralidad social y cultural es indispensable para que haya verdadera humanidad. Esos lazos y acuerdos dependen de una adecuada comprensión del ser humano. Sólo en esa medida se podrá garantizar la preservación de los derechos humanos, «los cuales tienen esa vocación universalista, como algo que está por encima de la mediación de las culturas, como algo que se pretende natural. Ya el encontrar universales culturales nos hace alcanzar esa parte natural en el hombre, lo que se ha llamado naturaleza humana o, por lo menos, condición humana» (Hechos e interpretaciones: pág. 46. FCE, 2016).
Hoy, en un México polarizado, desigual y amenazado, la vuelta al humanismo es necesaria. La obra de Mauricio Beuchot es una hoja de ruta para logar ese encuentro con lo que somos. Por eso, cabe decir de él –tomo de Alfonso Reyes el elogio– que es paradigma de la alta lealtad a una vocación en que se mezclan el bien, la verdad y la belleza.
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