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-Hace doce años, al conmemorarse el centenario de los nacimientos de Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas daba la impresión de que el tercero era el menos leído… y eso que la novela sigue siendo “el género rey”. Es más, uno de sus biógrafos, en alguna mesa redonda en 2014, dijo que, empezando por sus propios hijos, la de Revueltas era una lectura execrable y anacrónica para las nuevas generaciones. Mientras Paz, guste o no, es el gran escritor nacido en lo que hoy es México, junto a Sor Juana Inés de la Cruz, y Efraín siempre aparece cuando un poeta joven sale a la calle, Revueltas ha quedado confinado al nicho arqueológico de los escritores comunistas.
-No lo creo. Su espíritu está presente en todo aquel joven que aún desea cambiar el mundo y suprimir las injusticias del mundo neoliberal…
-¿No te referirás a los chavo–rucos que andan de camiseta a sus setenta años con aquella consigna de “Menos Paz y más Revueltas”?
-El ánimo revolucionario no tiene edad y en México hay una voluntad de transformación social desde hace casi ocho años. Revueltas la aprobaría, pese a sus errores y hasta por sus aberraciones.
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-No sé… Su obsesión era lo aberrante precisamente en la izquierda… Pero es inútil y ocioso ponerse a pensar qué dirían del presente los maestros del pasado. Siempre acaba uno por proyectar sus propios deseos y sus propias desilusiones… Nunca olvidemos que Revueltas adoraba a Paz. Me lo ratificó Martín Dozal, su compañero en Lecumberri, a quien pude entrevistar antes de su muerte. Su minúsculo departamento en Iztapalapa era una imitación de aquella celda.
-¿Lo cual quiere decir que Revueltas se habría opuesto al nuevo régimen fundado por López Obrador, curiosa izquierda, sin duda?
-No es el momento de discutir eso. Volvamos al escritor Revueltas muerto hace cincuenta años. Bien. Pongo sobre la mesa uno de sus libros menos conocidos y más actuales: México: una democracia bárbara (1958). Después de La crisis de México (1946), de Daniel Cosío Villegas, y de El laberinto de la soledad (1950), de Paz, Revueltas es curiosamente el único que habla de la farsa electoral nacida desde la Constitución carrancista de 1917 y prolongada hasta la elección de López Mateos y aún después…
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-Y eso que abominaba de “la democracia burguesa”…
-No tanto si relees México: una democracia bárbara, un libro contra Vicente Lombardo Toledano y el oportunismo del Partido Popular. Apenas empezando el panfleto, dice Revueltas que “una democracia auténtica comporta: libertad de expresión, libertad de asociación y libre sufragio”. Concedo que es una paradoja triste y típicamente leninista: luchar por la democracia, aún la “burguesa”, e incluso dar vida y salud por ella mientras se está en poder… Y después se olvidan del asunto. Revueltas se defendió como demócrata en los juicios contra los dirigentes del 68… Se autoinculpó haciéndose cargo de todas aquellas “ideas extrañas” que el gobierno de Díaz Ordaz les endilgaba a los estudiantes. La cuestión electoral está ausente tanto en Cosío Villegas como en el Paz de los años cincuenta y sesenta… La crisis de México y El laberinto de la soledad la asociaban a la crisis de la Revolución Mexicana, como si fueran cosas homólogas, lamentaban que el régimen había extraviado su vocación existencial… Paz –ya lo he contado otras veces– sólo entendió el valor del voto cuando vio en la India a los intocables, muriéndose de hambre, formados para votar… Pero volvamos a la literatura. Algunos amigos se ríen de mí, por la obsesión por el comunismo de los que hace mucho tiempo dejamos de ser comunistas. Tienen razón: el espíritu jesuítico nunca se quita del todo, sin duda. Leo Naptha apesta la ropa.
-Si Revueltas no se lee habría que averiguar si sus compañeros en la decepción comunista como Ignazio Silone, Arthur Koestler, Jorge Semprún o Arthur London siguen leyéndose en sus países… Tampoco creo que Solzhenitsyn (que es otra tipo de espíritu, religioso, como el de Revueltas) sea muy popular en la Rusia de Putin. Acaso el último de esa escuela y el último en morir fue Kundera. La broma es La broma y La vida está en otra parte es La vida está en otra parte.
-Esta usted rebasando las líneas rojas del antiestalinismo, compañerito, como diría Revueltas… El caso es que ambos releemos a Revueltas y lo consideramos, por nuestras edades, un clásico de los nacidos entre 1945 y 1970, más o menos, si las generaciones aparecen cada veinticinco años como yo lo creo… Siempre me ha extrañado que siendo su asunto el más universal de los asuntos del siglo XX, el comunismo, nada menos, Revueltas no viaje… Ha sido imposible que sus escasas traducciones se sostengan en el extranjero… El otro día, conversando sobre su reciente biografía de Lezama Lima, con Ernesto Hernández Busto, su autor, pensé que a lo mejor Revueltas es demasiado mexicano como el autor de Paradiso fue cubano en exceso, mientras la vocación de universalidad de Rulfo o García Márquez es mayor…
-Es que es demasiado mexicano, como Clavillazo y así como la mayoría de nuestros lectores este domingo no saben quién fue ese cómico, seguramente tampoco han leído a Revueltas.
-Y eso que no te tocó ver y oír las películas de Clavillazo dobladas al italiano en Roma, en los años ochenta del siglo pasado… Andiamo ragazzi…
-Chavo–rucos al fin y al cabo.
-Más seriedad, camarada. Si bien las novelas comunistas (Los días terrenales, Los errores, son novelas cuyo aroma es el XX Congreso del partido soviético, otra antigualla) están muy fechadas, no puedo creer que pase inadvertida una obra maestra de la opresión carcelaria y metáfora de todo universo universitario, como El apando (1969)…
-Y varios de los cuentos de Dormir en tierra (1960) y de Material de los sueños (1974).
- A mi hasta me interesa mucho la prosa de Los muros de agua (1940), su primera novela, una refutación sutil del realismo socialista. Forma parte del imaginario “telúrico” que en nosotros detectó el conde de Keyserling y está a plenitud en la Residencia en la tierra nerudiana… Los primeros años treinta…
-Hilas demasiado fino y pierdes la aguja.
-Si estuviera en mis manos recomendar a Revueltas a quien no lo conozca sugeriría, sus fragmentos de memorias, algo hechizas y póstumas, Las evocaciones requeridas (1987). ¿Falso recuerdo el mío de que es Neruda quien le avisa a José de la muerte de su hermano Silvestre en un ensayo de El pájaro de fuego?
-¿Te gustaría viajar en el tiempo y conversar con él?
-No, porque no bebo desde hace décadas. Y esas conversaciones con glorias remotas siempre tienen un tufillo fariseo, pedagógico… Lee las Conversaciones imaginarias de W.S. Landor, tan aburridas, y verás…
-Una larga borrachera con Revueltas, a mí que sí puedo echar trago, no dejaría de seducirme.
-Aunque nunca se liberó de la cárcel de la dialéctica hegeliana (y por ello es de ardua lectura México: una democracia bárbara), a mí de Revueltas me fascina el eterno estudiante… Me encantaría leer con él a los neocomunistas que yo detesto no sin pasión: Laclau, Agamben, Zizek… Se iría a Lacan, a la Patrística, aunque no sé si tan lejos como a Henry James. Y no olvidemos que Revueltas fue quien, una vez leído Archipiélago Gulag 1917–1956, reafirmo: si Solzhenytsin dice la verdad hay que creerle porque sólo la verdad es revolucionaria. Si algún valor conserva para mí la palabra “revolución” es cuando pienso en esa frase.
-Pues, Salud y Revolución Social, viejo amigo.
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