Recreó con rigor literario la ciudad en la que había nacido y que vivió placenteramente, en cuyas calles le gustaba demorarse para rememorar sus historias con curiosidad e imaginación renovadas...

Lo recuerdo intercambiando caricias con el paisaje, conversando de Rilke, del arte de mirar a una mujer desnuda, del eterno placer que nace del tequila y sus canciones, de las caricias que salvan la nada...