Naturalmente en el principio de La Invencible de Vicente Quirarte se halla Ciudad Universitaria. Desde que, a los 21 años, recuerda su hermano Xavier, cuando “trabajábamos en la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de la UNAM escribiendo sobre deportes”, los días y algo de las noches de Vicente Quirarte solían transcurrir en los caminos, los jardines (entre ellos las míticas “Islas”), las aulas, las bibliotecas, los pasillos, los cubículos, las oficinas, entre los murales, el Espacio Escultórico, los teatros, el Auditorio Justo Sierra, la Sala Nezahualcóyotl, el Estadio Olímpico, los estacionamientos. Había estado en la Escuela Nacional Preparatoria y estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, de la que se convirtió en profesor.

Era un maestro sosegado, afable, generoso que en sus clases proponía un diálogo a partir de textos varios: el Libro de Ruth y Gilberto Owen, Giorgio Agamben y Luis Cernuda, E. T. A. Hoffmann y Edgar Allan Poe. No resultaba extraño que esas clases derivaran en amistad.

Era profesor, pero no dejaba de ser estudiante de doctorado. Como investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, entre otras cosas, recreó con rigor literario la ciudad en la que había nacido y que vivió placenteramente, en cuyas calles le gustaba demorarse para rememorar sus historias con curiosidad e imaginación renovadas, las cuales terminaron por convertirse también en poemas, cuentos, ensayos, libros como Elogio de la calle. Biografía de la Ciudad de México 1850-1992, publicado por Cal y Arena en 2001, en la que la recorre detenidamente con escritores varios en las diversas horas del día y de la noche, en meses y estaciones sucesivas, durante años que suman más de siglo y medio.

Fue director de la Imprenta Universitaria y creó, con la complicidad de Marco Antonio Campos, Francisco Hernández, Guillermo Fernández, la colección con nombre de un verso de Rubén Bonifaz Nuño: El Ala del Tigre.

Como director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas dirigió también la Biblioteca Nacional en la que introdujo la tecnología con prudencia certera.

El amor que destruye lo que inventa e Historias de la Historia, publicados en un volumen por CONACULTA en 1995, están dedicados a su madre, doña Luz Castañeda Ibarra, y a su padre, “don Martín Quirarte, por la Historia que soltó la rienda de otras historias”. Con rigor, entre las obsesiones que Vicente Quirarte convirtió en literatura se hallan la historia y los episodios históricos como los que convergen en el Museo del Chopo, en los telegramas del 5 de mayo, en una mañana del siglo XIX en Querétaro, en Benito Juárez. En poemas de El ángel es vampiro y en La Invencible también se detuvo en la historia del historiador y profesor de la UNAM Martín Quirarte, que eligió morirse en Ciudad Universitaria.

“Invencible es la vida y no la muerte”, escribió Vicente Quirarte; “invencible la poesía, pero no hay honor más alto que enfrentarla; invencible la pasión amorosa y su áspero laberinto de señuelos; invencible la Oscura Señora de la Melancolía”. La Invencible se llama también una cantina de cuatro mesas que abre los domingos en San Ángel cerca de la iglesia de San Jacinto y del mercado Melchor Múzquiz.

Vicente Quirarte murió el martes de la semana pasada a la hora de la siesta muy cerca de Ciudad Universitaria.