Es verdad, hay poetas que no mueren y Vicente Quirate es de esa estirpe. Lo recuerdo intercambiando caricias con el paisaje, conversando de Rilke, del arte de mirar a una mujer desnuda, del eterno placer que nace del tequila y sus canciones, de las caricias que salvan la nada. Tere Uriarte, cuando Francisco Labastida fue gobernador, lo invitó a Sinaloa y con él llegaron nuevas ideas sobre Gilberto Owen, nuestro poeta mayor y la historia incompleta del “gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre a mediodía”, y del tiempo en que Owen conoció “el amarillo amargo mar de Mazatlán por el que soplan ráfagas de nombres”, donde Vicente supo que las sirenas son reales, que las plumas fuentes de Juanjo escriben en la arena y las noches extravían los relojes en los intersticios del faro.

A Ray Bradbury le gustaba Culiacán, una ciudad donde los alieni pasan vacaciones y celebran los adelantos armamentísticos. Le gustaba porque podía conversar con Quirarte de viajes al corazón que es el espacio más inexplorado que existe. ¿Qué tal unas crónicas cardiacanas? Vicente le contaba de los maratones que pensaba correr, de las calles angostas del centro de la Ciudad de México, de las Mont Blanc vistas desde Courmayeur y de que los puentes de Ciudad Universitaria le producían algún resquemor que podría explicar pero que prefería no hacerlo. Claro, terminaban en Los Arcos donde mandan los sabores y todas las puertas son importadas de Marte, donde ellos han comprado lotes adjuntos para ser vecinos.

Vicente Quirarte era incansable. Usaba lentes pulidos por Spinoza y relojes de sol egipcios. Sus trajes eran diseños de El sastrecillo valiente y se cortaba el pelo en la misma peluquería que Don DeLillo. Su conversación era un río proceloso y profundo que desembocaba en las mentes de sus amistades y en los inviernos pálidos de la ciudad que amaba, como amaba a esa mujer de sonrisa impecable. Vicente leía nuestros libros. Opinaba sobre ellos con singular franqueza. Nos animaba a recorrer caminos procelosos y se alegraba de que avanzáramos sin temer “a los lestrigones ni a los cíclopes”. Se lo dijo a BEF, a Coria, a César Ibarra, a todos los que apostaban a los sueños. Varias veces brindó con el “Zurdo” Mendieta por alcanzar la paz en Culiacán, una ciudad donde fue poeta con zapatos nuevos y aprendió a flotar en el Tamazula.

Los poetas no mueren, ya dije. La filigrana de sus versos cantan Quirarte. De Horacio a Rubén Bonifaz Nuño. De Rilke a Owen. De Oscar Wilde a Bram Stoker. Desafían el odio de los dioses y cultivan flores en los aviones mientras vuelan. Vicente es un poeta sosegado que nació para habitar memorias, pieles dulces y miradas vivaces. Su poesía es para no darse por vencido, para creer en el amor y descubrir la fuerza que nos hace distintos, tibios y arrogantes, solitarios con mejores amigos. Por supuesto que sonríes al percibir la cantidad de expresiones de sorpresa y cariño que trajo tu partida. Te sobrecoge lo que te queremos, las diversas maneras en que te hemos recordado, las palabras que nos atan a tu recuerdo. Tú, que jamás te interesaste demasiado en los encomios de los otros, seguro te hace sentir mejor estos emotivos homenajes de tus amistades, colegas, lectoras, lectores, vampiros, momias y fantasmas rulfianos. Nunca olvidaré tu texto de Aníbal Egea donde dices que el café debe tomarse con sus cuatro letras: caliente, amargo, fuerte y escaso. En fin, amigo, en Culiacán se te quiere. Ni lo dudes.