Zapopan, Jal.- Bajo una carpa blanca y junto a la tumba de un hermano del “narco de narcos”, Rafael Caro Quintero, cientos de rosas siguen adornando la tumba de Rubén Oseguera Cervantes “El Mencho”, convertida en un atractivo turístico del cementerio Jardín Recinto de La Paz, en Zapopan, a casi un mes de la inhumación del que fuera el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), abatido por el Ejército de México el 22 de febrero de este año.
Como si se tratara de un destino turístico, a ese conocido camposanto privado, ubicado al poniente de Guadalajara, llegan varias personas que caminan hacia el sepulcro fingiendo despiste, como si andando al garete llegaran por casualidad a la tumba que de por sí llama la atención por la cantidad de flores que hay en ella.
De entre los ornamentos sobresale la frase “Te amo bebé”, en la parte inferior; a la derecha, un atril de madera sostiene una corona con un gallo de cuerpo y patas hecho con rosas blancas que resalta de un fondo rojo intenso confeccionado con más flores del mismo género botánico.

Sobre el césped verde hay cientos de pétalos que se revuelven entre frescos y marchitos que al mismo tiempo forman una tonalidad de rojizos encima del pasto y, cerca de ellos, sobre una lápida vecina a la del que en vida lideró uno de los grupos criminales más sanguinarios de los últimos tiempos, un cuadro con la imagen de San Judas Tadeo, dos figuras de yeso pequeñas del mismo santo, un rosario negro, una veladora y otra pequeña caja con la Virgen de San Juan de los Lagos que los curiosos han ido dejado, también forman parte de las decoraciones de la tumba que constantemente es vigilada por los llamados halcones, cuya presencia es permanente.
“Ahorita no es que los halcones estén todo el tiempo. Vienen unos y se van y al poco rato llegan otros. Hay personas que me preguntan que si les doy permiso (de grabar video o tomar fotos) porque me ven mucho tiempo aquí, pero yo les digo que no tengo nada que ver.
De hecho, he platicado con los familiares del señor (de “El Mencho”), son muy amables y comprenden que se trata de algo casi histórico para mucha gente y no les molesta que tomen fotos.”, platicó con total normalidad, pero bajo la condición de mantener su identidad en secrecía, una doliente que asegura estar casi toda la semana en el lugar desde principios del año, cuando sepultó a uno de sus seres queridos en éste cementerio.
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“De todas formas esos morros de allá atrás ya te grabaron. Ahorita me van a preguntar que qué chingados me preguntaste, pero como que ya se les está haciendo costumbre que vengan (a la tumba), pero no le juegues y mejor ya llégale, no vaya a ser”, advirtió una de las trabajadoras que esa mañana se encargaba de poner agua a los arreglos florales.
Así, durante unos cuarenta minutos, por lo menos diez personas llegaron a la tumba de Oseguera Cervantes, se retrataron y partieron con prisa y siempre mirando hacia sus alrededores, como si acabaran de hacer algo fuera de la ley.
El único que accedió a platicar sobre qué fue lo que lo motivó a llegar al sitio, fue un padre de familia que por inverosímil que parezca solo llevó a su hijo de 9 años “para quitarle la curiosidad”, pues el menor es aficionado a los corridos.
“Tenía la intriga de venir a ver la tumba porque era, por decirlo así, mi medio ídolo por la música, por las canciones que le hacen”, aseguró el infante.
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