Los médicos en son testigos de primera línea de la tragedia que se vive tras los terremotos del pasado 24 de junio.

“Fue una respuesta abrumadora”, dice a La Nación un joven médico, residente en al relatar la Llegada constante de medicamentos, alimentos, ropa, agua y todo tipo de insumos.

La solidaridad se expresó de formas espontáneas: personas que, de manera individual, compraban lo que podían y lo llevaban directamente a las zonas afectadas. Sin embargo, advierte que esa misma fuerza ha carecido de organización. En muchos centros de acopio ya no se necesitan más donaciones: “No sabemos dónde colocarlas”. Mientras algunos espacios están saturados, otros continúan desprovistos. “El problema no es la falta de ayuda, sino la falta de coordinación”, insiste.

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Para este médico, una de las fallas más graves ha sido la lentitud en la respuesta. “Está llegando muy poca cantidad de sobrevivientes”, señala. Durante una guardia de 24 horas, apenas ingresó un paciente herido; el resto eran . En los hospitales se repite el mismo patrón: pocos sobrevivientes y, quienes llegan, lo hacen en condiciones críticas, con traumatismos severos.

Su paso por fue aún más revelador. En el principal centro de atención observó la presencia activa de brigadas internacionales, principalmente de México, Honduras y El Salvador, que participaban directamente en las labores de rescate. Sin embargo, lo más impactante fue la ausencia casi total de sobrevivientes para la magnitud de la tragedia. “No me tocó ver heridos con vida”, afirma. En cambio, atendieron a familiares en condiciones extremas, muchos con varios días sin comer ni hidratarse, esperando noticias o intentando recuperar a sus seres queridos. “Los testimonios eran devastadores”, recuerda: personas que permanecían junto a los cuerpos de sus familiares sin poder sacarlos ni darles sepultura.

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Al evaluar la respuesta institucional, su conclusión es tajante: “Hubo un desamparo total”. Denuncia obstáculos incluso para acceder a la zona con permisos en regla. “Había ambulancias, bomberos y personal médico que no podía pasar”, relata. A su juicio, la ayuda no ha sido canalizada por estructuras oficiales, sino por la propia ciudadanía, a través de redes informales y esfuerzos individuales.

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Otro médico residente acudió al Hospital Periférico de Catia, donde vivió el colapso del sistema en las primeras horas.

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Primero, cuenta, los pacientes eran casos relativamente estables: lesiones por escombros, traumatismos moderados. Pero hacia la noche, la situación cambió. “Comenzaron a llegar los casos graves, muchos desde La Guaira: amputaciones traumáticas y lesiones por aplastamiento”, narra a La Nación. Con el paso de los días, las complicaciones aumentaron: fallas renales, shock y deterioro clínico en pacientes con enfermedades preexistentes. “Ya no era sólo el trauma, sino las consecuencias que se desarrollaban después”, explica.

Al trasladarse a La Guaira, vio el mismo patrón que el otro médico: desorden en la distribución de la ayuda frente a una solidaridad desbordada. “La gente quiere ayudar, y lo hace con todo lo que tiene, pero sin dirección”, afirma. Ambos coinciden en que es fundamental que se implemente la organización que falló desde el primer momento: Clasificar recursos, orientar donaciones, para evitar el agotamiento prematuro de insumos. Estos médicos encontraron una frase escrita que se repite entre los escombros y que sintetiza lo vivido: “Cuando hay falta de gobierno, sobra pueblo”.

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