Hay muertes en la historia de los dos candidatos a la presidencia de Colombia que ayudan a comprender la identidad y la relación que cada uno tiene con sus votantes o con el país que representa.
Cuando Iván Cepeda Castro tenía 31 años, a dos cuadras de su casa, en Bogotá, fue asesinado su padre, el senador Manuel Cepeda Vargas, por orden de generales del ejército y con apoyo de paramilitares. Se trató de uno de los más de 5 mil asesinatos que consumaron el exterminio del partido de izquierda Unión Patriótica. El crimen llevó al entonces filósofo y profesor a buscar la justicia y a iniciar una lucha por las víctimas de crímenes del Estado. Desde entonces, el esclarecimiento de la verdad ha sido la causa que identifica su trayectoria política; por ello llevó a juicio al expresidente Álvaro Uribe, acusado de soborno a testigos y fraude procesal, y por ello es candidato del Pacto Histórico.
Del otro lado, el abogado y candidato de derecha Abelardo de la Espriella acostumbra contar cómo la muerte de una tía, en la pandemia de Covid-19, le provocó tal dolor que desistió de ser ateo, aunque lo había proclamado por años. Su reconciliación con la fe le ha dado acceso a millones de hogares. Convencido, tras la muerte de su familiar, de que Dios es quien le guía y le da la fuerza para salvar a su patria, ha configurado su causa política bajo el lema “Dios, patria y familia”, mientras que en su programa ofrece una “Patria Milagro”, y habla de regresar la religión a las aulas al tiempo que sacará de éstas la ideología de género.

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Entre esas dos causas y en medio de una polarización que ha escalado en los últimos días con demandas, noticias falsas con y sin ayuda de la IA, y con la injerencia de los gobiernos de Estados Unidos y de Ecuador, Colombia llega este domingo a la segunda —y definitiva— vuelta electoral, en la que más de 41 millones están habilitados para elegir presidente para el periodo 2026-2030.
La primera vuelta, el 31 de mayo, exhibió un país dividido en dos. La izquierda en el poder se juega la continuidad de la mano de Cepeda; del otro lado, las derechas se han aglutinado en torno a De la Espriella, que llega como favorito en las encuestas. Su triunfo representaría, en sus palabras, mano dura, militarización y el retiro de Colombia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
Los candidatos llegan con una aprobación mayor a 40% en cada caso; De la Espriella ha sumado apoyos en la derecha y Cepeda ha concretado parte de los votos del centro. Ninguno fue antes aspirante a la Presidencia. Si bien Cepeda ha sido legislador desde 2010, buscó la candidatura a partir de 2025, tras la visibilidad que cobró por el juicio contra Uribe. De la Espriella siempre ha estado en el sector privado.
“Son candidatos regulares; De la Espriella es advenedizo, no ha hecho carrera política. El otro es más un dogmático de la política que gestor político”, opina el investigador y constitucionalista John Restrepo.
“Tienen una misma debilidad: carecen de experiencia en el manejo del Estado”, coincide la economista Cecilia López, y detalla: “De la Espriella es (...) radical, pero lo que más me da miedo es su desconocimiento de cómo funciona el Estado, aunque tiene un buen economista de vicepresidente. En el caso de Cepeda, me preocupa que va a tener el mismo equipo de [el presidente saliente, Gustavo] Petro, que sacó a la tecnocracia y llevó activistas a su gobierno”.
La polarización y las fake news, que simplifican, les enmarcan a uno como guerrillero y al otro como paramilitar. Cepeda representa la lucha de las víctimas de la violencia en Colombia; De la Espriella ha representado a paramilitares y se ha apropiado del inconformismo ante el gobierno y la Paz Total; se le reconoce por perseguir a quienes se atreven a cuestionarlo, pero también por controlar lo que se dice de él, incluso si se trata de relaciones complicadas con personajes como Álex Saab, que fue operador financiero del depuesto presidente venezolano Nicolás Maduro, quien hoy enfrenta a la justicia en Estados Unidos.
Los jóvenes, los movimientos sociales, intelectuales y artistas apoyan y creen más en Cepeda, y a De la Espriella lo respaldan más los adultos. Cepeda ha reforzado su campaña con apoyo de k-popers y un mensaje ecológico, y De la Espriella, con símbolos religiosos y con la apropiación de la camiseta de la Selección de Colombia, que refuerza su estilo de cantante de pueblo de gustos caros, algo muy efectivo en un país donde la imagen garantiza aplausos y seguidores.
La primera vuelta da una idea de quiénes son los votantes de cada uno de los candidatos: aunque con menos entusiasmo que en 2022, la izquierda ganó de nuevo en Bogotá, así como en las regiones costeras de Caribe y Pacífico, y en las fronteras del sur. La derecha se consolidó en los departamentos del centro, en la región andina, la más tradicional. Fue notoria la votación de colombianos en EU que, en más de 70%, apoyaron a De la Espriella; también arrasó en Medellín, donde le robó los votos al uribismo, y en la frontera con Venezuela, donde emerge el mayor temor al “castrochavismo”.
Si bien la aprobación al gobierno de Petro en las regiones más marginadas le dio ventaja a Cepeda, que con una campaña austera alcanzó 9.6 millones de votos, el candidato opositor supo recoger el antipetrismo y, a través de mensajes como: “El mal se ha tomado la presidencia de Colombia”, obtuvo 10.3 millones.
“Hubo un voto castigo. Por decirlo así, el gobierno de Petro durante cuatro años le hizo campaña a la derecha, al uribismo. Mucha gente prefiere votar por De la Espriella que por la continuidad del proyecto de Petro”, dice John Restrepo. El investigador de la Universidad del Valle señala que “De la Espriella representa un bastión radical de la derecha, de grupos socioeconómicos altos a los que les habla de crecimiento y minimización del Estado. Cepeda pretende sostener el proyecto progresista de Petro, hablando de continuidad en las políticas sociales y de subsidios, con la financiación estatal”.
La exministra colombiana de Agricultura Cecilia López cuestiona: “Mi pregunta a estos candidatos es: ‘¿Dónde está el país? Están rompiendo los puentes. El país está desaparecido del debate. Quien gane tiene que gobernar también para el otro país, pero ellos están llenando de odio y a la gente que los sigue la están llevando a que odie al resto. Pero resulta que todos somos colombianos”.
La guerra y la paz profundizan las dicotomías: “A una parte muy importante de la población le preocupa la violencia, tiene miedo y le apuesta a la solución, mediante la fuerza, de los grandes problemas de seguridad. Sin embargo, lo nuevo en el país es que ahora el único factor no es ‘la paz o la guerra’, ni ‘la paz o la seguridad’, sino que entró en la conversación nacional el tema de las reformas sociales”, dice el analista político León Valencia, autor del libro Iván Cepeda, una vida contra el olvido (editado por Aguilar).
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Cecilia López, quien con un grupo de intelectuales ha publicado un manifiesto de 15 puntos contra el agravamiento de la violencia en Colombia, sostiene que el país tiene demandas gigantescas. “No estamos creciendo lo que se necesita; la economía, que era nuestro gran baluarte, está mal, las brechas sociales no se han resuelto”, dice, y advierte que éstas no están siendo reconocidas por los candidatos.
“Si Cepeda cree que tiene que gobernar con sus seguidores y atacar a los otros, eso puede traer (...) que se vayan los que generan riqueza en el país. Si De la Espriella cree que puede gobernar sólo con los suyos, que se olvide: los otros sectores tienen poder político y no puede ignorar a la gente que más necesita apoyos”.
La campaña ha mostrado dos ideas de país que no se reconcilian. Hay en la elección de hoy una opción por reconocer la necesidad de continuar el proceso de cierre de la historia de un conflicto armado donde hubo más de 450 mil muertos y 10 millones de víctimas, y otra opción por querer pasar la página y que se haga un milagro.
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