Este reportaje fue apoyado parcialmente por la iniciativa TED Countdown
En 2003, Teresa Arredondo y su esposo, Joaquín Romano, adquirieron una finca de casi diez hectáreas en Villardefrades, en la estepa de Castilla y León, España. El terreno era el reflejo perfecto del agotamiento del modelo agrícola actual: una extensión dedicada al monocultivo de cebada, asfixiada por herbicidas y fertilizantes químicos, donde no existía un solo árbol. Decidida a transformar este páramo, Teresa, historiadora de profesión, tuvo que esperar cinco años sin producir absolutamente nada. Era un tiempo de "conversión" ecológico necesario únicamente para que el suelo se desintoxicara de su pasado industrial. Tras ese lapso, plantaron "a riñón y a espalda" cerca de 3,000 almendros, avellanos y nogales. Hoy, el proyecto La Huella Verde es un oasis que no solo produce alimentos limpios, sino que ha visto el afortunado regreso de aves, insectos polinizadores y fauna silvestre.
A miles de kilómetros de la estepa española, en Kenia, la historia parece repetirse. El proyecto ForestFoods, fundado por su actual director ejecutivo, Sven Verwie, se enfrentó a un suelo sumamente compactado: un antiguo campo de fútbol y estacionamiento en Limuru que, bajo una fina capa verde, carecía de actividad biológica. Hoy, el rediseño ecológico convirtió ese antiguo estacionamiento en un bosque que produce alimentos y regula su propio microclima.
En Tepoztlán, Morelos, México, Rodrigo Marques Dos Santos, Victoria Sánchez Cedillo y Andrea González Cosío son parte del equipo de Solar Centro Agroecológico que intervino un predio de 1,800 metros cuadrados que fungía como un típico jardín de fin de semana cubierto de pasto. Este suelo estaba "estancado" en una etapa biológica inicial y cumplía funciones puramente estéticas que demandaban enormes cantidades de riego. Hoy ha sido transformado en un ecosistema vivo donde hoy conviven más de 160 especies vegetales en un solo bloque, produciendo desde hortalizas y plantas medicinales hasta café bajo la sombra de nuevos árboles.
Un puente entre pasado y futuro
Los tres proyectos, aparentemente aislados por la geografía, son la evidencia de un movimiento cada vez más globalizado que reacciona ante una crisis climática y alimentaria sin precedentes. El hilo conductor de la finca en España, el antiguo estacionamiento en Kenia y el jardín improductivo en México es la agroforestería sintrópica.
La técnica es definida como la integración intencional y deliberada de árboles, arbustos y cultivos en una misma parcela para crear profundas sinergias ecológicas y productivas, según explica Jonas Steinfeld, investigador de agroforestería de la Universidad de São Paulo, quien agrega que la se trata de una especie de viaje de "regreso al futuro" pues durante milenios, las culturas originarias entendieron empíricamente que la naturaleza no opera en monocultivos. Hoy, la ciencia contemporánea valida ese conocimiento ancestral. El cambio de paradigma señala que trabajar a favor de la naturaleza ya no es un ideal romántico, sino la tecnología más avanzada para sobrevivir al colapso climático.
El fracaso de la "agricultura violenta"
Hace un siglo, la invención del proceso Haber-Bosch permitió crear los fertilizantes sintéticos que impulsaron la llamada "Revolución Verde", salvando a la humanidad de la hambruna. Sin embargo, el “milagro” químico tuvo un costo biológico catastrófico. El científico Karsten Temme, cofundador de Pivot Bio, advierte en su charla de TEDx, The future of fertilizer, que la aplicación masiva de estos químicos provocó que los microbios que naturalmente fijaban el nitrógeno en la tierra "pisaran el freno" para conservar energía, generando una dependencia absoluta del agricultor hacia los químicos.
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Con ello, el modelo de la industria toco fondo. Temme lo compara con arrancar un automóvil con el tanque roto: cerca del 40% del nitrógeno sintético que se aplica se pierde, evaporándose o diluyéndose con las lluvias. Al volatilizarse, se convierte en óxido nitroso, un gas de efecto invernadero casi 300 veces más potente que el dióxido de carbono.
Esta ineficiencia es el motor de la producción de alimentos global, un sistema que asfixia tanto al planeta como a la gente. Joaquín Romano, cofundador de La Huella Verde, lo resume contundentemente: "La agricultura de ahora es una agricultura violenta".
España, segundo productor mundial de almendras, ilustra este drama. En los últimos años, macro-plantaciones industriales en "espaldera" han comenzado a cosechar mecánicamente hasta 4,000 kilos por hectárea mediante el uso intensivo de agua y químicos. Esto ha saturado el mercado: hoy la almendra ecológica como la que se produce en esta finca se paga al mismo precio que la convencional —alrededor de 2 euros el kilo—, a pesar de que producir limpio cuesta un 40% más. El sistema ahoga a los productores sostenibles orillándolos a trabajar por debajo de los costos de producción.
Sintropía: El bosque como algoritmo
Como respuesta a esta ola extractiva sin límites, la agricultura sintrópica se erige como una máquina del tiempo biológica. Desarrollada en Brasil en los ochenta por el genetista suizo Ernst Götsch, este modelo se sostiene sobre cuatro pilares fundamentales. Todo comienza con la sucesión natural, un proceso evolutivo en el tiempo donde distintas plantas se relevan para cumplir funciones específicas. Luego, la estratificación, que diseña el cultivo en tres dimensiones para que decenas de especies convivan. A esto se le suma una masiva densidad de siembra y generar su propio acolchado biológico. Finalmente, la diversidad vegetal actúa como el verdadero sistema inmunológico de la huerta.
Sven Verwie, en Kenia, describe sus campos como un "algoritmo vivo". En lugar de un campo llano y estéril, la sintropía utiliza plantas pioneras (como "abonos verdes" o pasto de corte) para romper la tierra compactada. Al ser podadas constantemente, estas plantas actúan como obreros, generando biomasa que alimenta a los microorganismos. Este ciclo de siembra y poda acelera mecánicamente un proceso de regeneración que a la naturaleza le tomaría miles de años, preparando el suelo para cultivos más exigentes como el aguacate o el café.

La ciencia del suelo y los paraguas térmicos
Los resultados ocurren a nivel microscópico. "Los monocultivos no son naturales", afirma Jonas Steinfeld. Al imitar el diseño "3D" del bosque silvestre, la agroforestería crea un "paraguas" térmico. Frente a las olas de calor, los árboles evitan que el suelo expuesto alcance temperaturas letales de 60 o 70 grados Celsius, protegiendo las cosechas. Además, la mitad del peso de un árbol es carbono; al crecer, bombea a través de sus raíces azúcares que alimentan a los microbios, logrando que entre el 20% y el 30% de ese carbono sea secuestrado y almacenado en el suelo.
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Karsten Temme propone visualizar a los microbios del suelo como un "probiótico" para las plantas. Mediante el estudio genético, los científicos han logrado "despertar" a los microbios milenarios del suelo para que vuelvan a inyectar nitrógeno directamente a las raíces. Esta nutrición mineral, combinada con la biología viva, dota a la planta de una resiliencia excepcional.
Por ello, el miedo histórico a las plagas desaparece. En el proyecto SOLAR de México, Rodrigo Marques explica que los insectos no devoran cultivos por hambre indiscriminada. En un ecosistema biodiverso, actúan como "agentes de optimización" que atacan plantas débiles o desequilibradas. Al romper la barrera del monocultivo, las fincas agroforestales operan como "puentes" ecológicos donde las plagas simplemente se autorregulan y la vida silvestre transita libremente.
Impacto climático y social medible
Abandonar el monocultivo tiene un impacto medible en la lucha contra la crisis climática. De acuerdo con una exhaustiva revisión global publicada en la revista CATENA, la implementación de sistemas agroforestales incrementa la captura de carbono orgánico en el suelo entre un 10% y un 18% frente a la agricultura convencional. Los autores subrayan que este renacimiento del suelo tiene un efecto monumental en zonas áridas o semiáridas, convirtiendo a las fincas en verdaderos sumideros de carbono y esponjas de retención de agua.
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En ForestFoods, por ejemplo, la materia orgánica del suelo saltó del 3% al 6.4% en tan solo tres años. Por cada 1% adicional, el terreno retiene hasta 160,000 litros más de agua por hectárea. Estas parcelas secuestran aproximadamente 13 toneladas de CO2 al año por hectárea y han logrado apagar sus sistemas de riego por completo al tercer año de regeneración.
Además, la agroforestería exige talento y manos en lugar de maquinaria pesada, lo que genera empleo digno —hasta 10 trabajadores fijos por hectárea en Kenia— y teje redes comunitarias. En México, Solar planea crear una escuela formal de agroforestería tras haber capacitado ya a cerca de mil personas; y en España, la resistencia de La Huella Verde se sostiene gracias a los "grupos de consumo", ciudadanos que no solo compran a precio justo, sino que acuden a la finca para cosechar las almendras con sus propias manos, estrechando el vínculo vital entre el humano y el alimento.
Los jardineros del mundo
El mundo de la producción de alimentos agrícolas enfrenta una transición ineludible. "La química generó la última revolución agrícola, y la biología está iniciando la próxima", sentencia Temme. Pero para quienes ponen las manos en la tierra, el cambio es profundamente existencial.
En España, Teresa mira su joven bosque en medio de la adversidad comercial y confiesa: "Estamos creando un espacio en el que la naturaleza, por así decir, vive a gusto". En México, Andrea asegura que sanar la tierra transformó su propia identidad: "Me hizo sentir aún más parte de la tierra [...] nuestro cuerpo al final está hecho de todos estos minerales".
Desde África, Sven Verwie, resume la urgencia definitiva detrás de este movimiento global: "Estamos restaurando la dignidad de la tierra, de la comida y de la relación de la humanidad con la naturaleza. Este planeta no necesita más extracción o destrucción, necesita personas dispuestas a construir vida de nuevo".
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cdm
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