Una desaparición no sólo desaparece a una persona, desaparece a toda una familia”, expresa Vanessa Gámez, madre de Ana Amelí García Gámez, quien desapareció el 12 de julio de 2025 tras acudir a realizar senderismo en la zona del Ajusco.
“Ha sido una tarea muy desgastante, demasiado triste. Es un infierno porque no hay respuestas. Estás luchando contra un sistema burocrático que dice que te escucha y que quiere ayudarte, pero realmente no hace las investigaciones que tendría que hacer”, afirma.
En entrevista con EL UNIVERSAL, Vanessa señala que en estos 12 meses han agotado prácticamente todas las posibilidades para encontrar a su hija. Sin embargo, revela que una agencia internacional de inteligencia colabora con ellos desde casi el inicio de la desaparición de la joven y logró obtener información específica que podría conducir a su paradero.

Esa información fue entregada hace unas seis semanas a la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. “No podemos revelar los detalles, pero en seis semanas apenas están avanzando en algunos actos de investigación. Esa es la parte que duele, que cansa, que frustra y que te hace perder la esperanza, porque no vemos respuestas prontas”.
Vanessa Gámez explica que una de las líneas de investigación apunta a que la joven pudo haber sido trasladada fuera de la Ciudad de México.
“Eso es muy alarmante porque podríamos estar hablando de trata de personas, de tráfico de personas o de crimen organizado. Es muy desalentador pensar que una estudiante, con todos sus sueños por delante, hoy no tenga la libertad y la independencia que se supone tenemos en este país”, expresa.
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Recuerda el momento en que comprendió que Ana Amelí no volvería esa noche. “El infierno empieza desde el momento en que te das cuenta de que no regresó a casa. La autoridad te falla al brindar seguridad y ya no sabes si cualquiera que salga de su casa va a regresar”.
Mientras el padre de la joven recorrió durante cuatro semanas el Ajusco creyendo que se trataba de un accidente, ella comenzó a tocar puertas. Visitó la fiscalía, la Secretaría de Gobernación e intentó ingresar a la conferencia matutina presidencial.
“Me planté desde las seis de la mañana esperando poder hablar con la Presidenta. Lo único que quería era que encontraran a mi hija. Es una estudiante, una buena chica y no merece lo que le pasó”, recuerda.
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“Me dijeron: ‘¿Qué quiere que pase?’. Esa pregunta ofende. Yo sólo quiero que encuentren a mi hija. ¿Qué más puede pedir una madre?”
La mamá de la joven estudiante de biología de la UNAM señala que en esos primeros días se encontró con un sistema que desconocía. “No sabía que existía una comisión de búsqueda ni una fiscalía especializada en desaparecidos. Cuando te enteras de eso entiendes la magnitud del problema que vive México”.
Con el paso de los meses, la búsqueda dejó de depender únicamente de las autoridades. “He tenido que hacer mi propia investigación. He ido a los lugares, he preguntado, he entrevistado a personas. Entiendo que la gente tiene miedo porque la zona es muy peligrosa y muchos no quieren hablar”.
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Reclama que al inicio de la investigación, por la desaparición de Ana Amelí, “la Ministerio Público que recibió el caso me dijo que seguramente mi hija se había ido con su novio, a pesar de que era una mujer quien me lo decía”.
De acuerdo con Vanessa, la investigación formal comenzó hasta septiembre, es decir, dos meses después de la desaparición de la joven. “¿Por qué esperar tanto?”, interroga.
La familia ha participado junto con autoridades en numerosos operativos. “Tan sólo este año se han realizado 50 búsquedas en la zona del Ajusco y no hemos encontrado un solo indicio de Ana Amelí”, comenta.
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En ellas han participado personal especializado, binomios caninos, brigadas y distintas corporaciones. Actualmente permanece vigente una recompensa de 500 mil pesos para quien aporte información que permita localizar a la joven, quien fue vista por última vez cuando tenía 19 años.
“Ya no me importa quién se la llevó. Lo único que quiero es recuperar a mi hija”, enfatiza.
Acompañada por el tío de Ana Amelí, Vanessa platica con esta casa editorial en inmediaciones del Ángel de la Independencia, donde sostuvieron durante varias horas pancartas con el rostro de la joven y mensajes para exigir su localización.
Ahí, comenta que su hija quería estudiar Fisioterapia en la UNAM; su proyecto era abrir una clínica. “Ella quería ayudar a que la gente sintiera menos dolor. Le decía que me contratara como su asistente y juntas ayudaríamos a muchas personas”.
Después guarda silencio. “Ella creía que la gente era buena. Hoy no sabemos si la están haciendo sufrir. No puede estar bien en ningún lugar si no está con su familia”.
Vanessa reconoce que la desaparición transformó completamente su vida. “A veces me ven fuerte, pero no puedo dormir. A veces no como, ni siquiera me quiero bañar porque no sé qué le está pasando a mi hija. Es terrible lo que una desaparición provoca en una familia”.
Durante este año, Vanessa ha conocido decenas de madres y padres buscadores, con quienes comparte una historia y el único objetivo de encontrar a sus seres queridos.
“Si son más de 135 mil desaparecidos y lo multiplicas por cuatro o cinco integrantes de cada familia, estamos hablando de millones de personas viviendo este dolor. Las desapariciones son un crimen de lesa humanidad porque destruyen familias enteras”, expresa.
Y concluye con un llamado: “Si alguien sabe algo, hoy existe una recompensa de 500 mil pesos. Ya no me interesa quién se la llevó. Sólo quiero recuperar a mi hija”.
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