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En un juego de matrioshkas tan alucinante como intrigante, me he montado en ésta, la más reciente novela de Mónica Lavín, La ausencia, (Planeta, 2025). Digo que me he “montado” como si me hubiera subido en un avión, hacia un destino dudoso, mientras descubro que no aparece el piloto. Recuerdo la famosa película de 1980 que inaugura un estilo de comedia del absurdo subida de tono, y surte a una nutrida saga con sus muchas variantes a las pantallas de Hollywood: ¿Y dónde está el piloto?, dirigida por Jim Abrahams, y David y Jerry Zucker. Hubo películas que la parafrasearon donde se buscaba al policía y hasta a las rubias…
Yo ahora me he tenido que volver una lectora detective en busca de la autora. La novela es la novela de la novela de la novela… Y la autora anda desaparecida por los vericuetos de la trama. Puedo imaginar perfectamente a Mónica Lavín, probándose unos guantes antiguos de alguna bisabuela prestada, en un arranque de desesperación por encontrar algo que la inspire a escribir una novela. Pero he aquí que he sido engañada, porque la escritora en busca de su obra no es Mónica Lavín, lo sabremos un poco más adelante, sino uno de los personajes cuya biografía se inserta en medio de los capítulos que viajan hacia otras épocas, donde ella ha ido a buscar a otras escritoras, reales, para sacarles la verdad de cómo y por qué escriben. Esta narradora no es otra que (no hubiera podido imaginarlo, lo confieso pese a mi larga vida como lectora y conocer personalmente a nuestra autora) Lavinia Melín, una escritora mexicana del siglo XXI.
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¡Dioses!, me digo, o mejor, ¡Diosas! ¡Cómo le agradezco a Mónica Lavín este viaje entre espejos múltiples que me ha tenido maravillada y divertidísima, siguiendo la pista de lo que muchas autoras hemos vivido alguna vez: la necesidad de implorar a la Musa!
En La ausencia, no sólo hay una ausencia, la de una joven escritora desaparecida en una estancia literaria en Estados Unidos, un siglo atrás, quien genera la incógnita para que la narradora, Lavinia Melín, intente todo tipo de rituales y de hechizos con prendas, objetos y meditaciones, claro, aderezados con algunas copas de un vino siempre bien elegido, con el propósito de ir a desfacer este entuerto; sino que la ausencia principal es la de una autora que, por su ausencia, está totalmente presente en el engranaje de la historia. La autora es la mano maestra que crea con un abracadabra, desde la primera frase, el mecanismo de una novela que se desteje paso a paso para mostrar al lector cómo se teje una novela de misterio, una novela de desesperación, una novela que es, al mismo tiempo, una deliciosa carcajada ante las imposiciones comerciales y mercadotécnicas que penden como espada de Damocles frente a los autores de hoy, que deben mantenerse “en forma” en los estantes de novedades, so pena de perder su statu quo.
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Claro que sabemos que la autora es siempre quien escribe la novela, sólo que acá la novela es una construcción de cómo escribir esta novela, por eso, me atrevo a puntualizar, que Mónica Lavín es la novela.
La trama corre por el fantasma de Truman Capote que le sugiere a la novelista Lavinia Melín, viajar en el tiempo. Se entera de que Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty, tres de sus escritoras favoritas, habían coincidido, en 1941, en la misma casa victoriana, utilizada como residencia artística, donde Lavinia ha estado, gracias a una beca. Hubo una cuarta, muy joven, y Lavinia se da a la tarea de indagar qué pasó con ella. Elige los atuendos, las gafas, los zapatos, el peinado, los cócteles, los espacios, todo consistente con el contexto histórico, para presentarse en las citas con aquéllas, en las diferentes épocas en las que conversan.
Podría continuar rasgando cada una de las capas de cebolla de esta historia, y llegaría, como en la cebolla, a darme cuenta de que la cebolla es cada una de sus capas, aunque quites todas, no hay una cebolla “adentro”.
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La cebolla, como la novela, es su aroma, ese sabor que deja en el paladar, inconfundible y penetrante. Un logro exquisito de nuestra autora, a la que he querido atrapar en estos renglones.
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