Matar la idea de los géneros. Jugar con la escritura. Somatizar las lecturas. Morir de amor y de goce por la literatura. A eso nos invita Luna Miguel con su novela/ensayo Incensurable (Almadía, 2025). De la mano de la filósofa Lectrice Santos, fallecida en 2029 por una sobredosis etílica, la autora española discurre sobre el placer y la censura, con la Lolita y el Humbert de Nabokov como puerta de entrada, para obsesionarse y sufrirse en una obra que, por terrible provocación, se instala en el deseo.

«Es que las lectoras existimos, y con nosotras, nuestra moral y nuestros juicios», dice Miguel. Sabe que leer significa asumir riesgos; que la censura es, a veces, ignorar deliberadamente una idea que incomoda, descoloca e irrita; que el erotismo y la censura también pasan por la clase, o son atravesadas por la mirada política (de ahí la «visión elitista del erotismo descarnado», por ejemplo), y sospecha que toda escritura es un acto de confesión. Entonces, dice, «A ustedes corresponderá decidir si quieren ser partícipes de este delirio incensurable, o si solo han venido a comprenderlo».

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Siento que usted escribió un ensayo muy íntimo desde la voz de Lectrice Santos en un futuro cercano (2029). ¿Podría decirse que ella es un alter ego?

Perdóname que te contradiga, pero creo que Incensurable no es muy íntimo. De hecho, Lectrice Santos no es un alter ego. Supongo que es un problema que me he creado yo sola: desde mi primer libro el yo ha estado presente. No hay texto en el que no se cuele, no hay poemario, cuento o ensayo en el que no desee introducir ciertos fragmentos de mi vida. Sin embargo, en este ensayo, he huido de mi experiencia. Diría, en todo caso, que durante algunos años he tenido que convertirme en esa profesora para poder escribirla. El proceso ha sido completamente el contrario. En España, cuando el libro apareció, lo colaron en una lista de textos sobre autoras que han contado su abuso propio. Yo no he escrito ese libro. Incensurable no es un texto sobre «mi abuso propio», es un ensayo sobre la censura y el abuso de poder en los ambientes literarios y académicos a través de la experiencia de una profesora de filosofía que se obsesiona con la bibliografía entera de Vladimir Nabokov. Cuando me dicen que este texto es «sobre mí» me deprimo y pienso que he hecho algo mal. Quizá sea cierto y simplemente debo cargar con ello.

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¿En qué momento nace el interés por jugar, desde su obra, a ficcionalizar la no ficción? (como también ocurre en Leer mata).

¡Aquí sí que estoy de acuerdo! Sobre todo con el verbo jugar. Si escribir no es un juego, entonces es un sufrimiento, y más o menos desde que escribí Poesía masculina empecé a sentirme cómoda con esa posibilidad. Escribir para jugar. Romper los géneros para jugar. Que la poesía sea ficción, que la ficción sea ensayo, que en el ensayo sea un poema, que un poema sea una conferencia y una conferencia una nana para cantar antes de dormir. En cuanto a la obra que mencionas, efectivamente creo que Leer mata sienta las bases teóricas que luego en Incensurable convierto en experiencia. Si en el ensayo previo fantaseé con la idea de la lectura somática, aquí me invento a una narradora que somatiza hasta el extremo la obra de varios escritores a los que lee compulsivamente, especialmente a Vladimir Nabokov. Otra vez: jugar. Querer jugar. La vida es absurda y si no se juega, como decía, sólo se sufre. ¿En qué momento nace el interés? En el momento en el que estoy harta de pensar en que sólo el dolor podrá ayudarme a escribir un verso.

Usted habla de un lector criminal; ¿por qué cree que no sabemos leer? De hecho, ¿qué es saber leer?

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No sé qué es saber leer, pero puedo intuir qué es no saber hacerlo: es dejarse llevar por la lectura ajena; leer con los ojos de otro: ya sea el mercado —cómo nos dice la prensa o el marketing que debemos acercarnos a un libro—, ya sea el canon establecido —cómo nos dice la academia que debemos acercarnos a un libro—, ya sea el entorno social —cómo nos obliga éste a repensar o repudiar lo que leemos, a autocensurar nuestras ideas o nuestra pasión lectora—. No saber leer un libro es no ser capaz de quedarse a solas con el texto, durante un instante, ni pasarlo por el propio cuerpo. No saber leer un libro, en una segunda fase, es pensar que hay que comprenderlo entero, que hay que prescindir de consultar un diccionario para enfrentarse a las palabras que desconocemos, o que hay que leerlo de una sentada para pasar al siguiente. No saber leer un libro, luego, es obligar a los otros a que lo lean como tú lo has leído, a que no puedan mostrar una nota propia o discordante. Podría seguir así un rato, pero creo que ya estaría repitiéndome. La mala lectura —la mala lectura a conciencia— es la antesala de la censura.

Lolita es el foco de varios de sus libros; ¿qué es lo más complejo y lo más gratificante de su relación con esa obra?

A veces pienso que si fuera académica y consagrara mi vida a, qué sé yo, Aristóteles, se entendería mucho mejor esta presencia constante y arrolladora de la obra ajena en la obra propia. La alusión y homenaje a la obra de Vladimir Nabokov está en mi poesía, efectivamente, desde hace más de veinte años. Hace poco me encontré con un fanzine que hicimos de niñas mis primas Elara, Irina y yo, donde escribíamos cada una sobre nuestras pasiones infantiles —Egipto, las muñecas Bratz, etcétera— y mi texto en aquella revistilla que hicimos una tarde de Navidad en la fotocopiadora del barrio de nuestra abuela era un poema basado en una escena de la película de Kubrick basada en Lolita. Desde entonces, como juego personal y privado, todo lo que escribí tiene ligerísimas o no tan ligerísimas alusiones a esta obra.

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¿Todos sus libros le hacen algún guiño?

Absolutamente todos, ya sea copiando metáforas de Nabokov, ya sea haciendo alusión a la palabra nínfula, ya sea analizando pasajes de la obra o ya sea poniendo a personajes míos a leer el libro. Hago eso con otros conceptos. En todos mis libros aparece Almería, por ejemplo, y también hay pequeños guiños secretos a Sylvia Plath o a Marcel Schwob. En casi todos hay alcohol y menstruación. En casi todos digo la palabra «polla». Mira, incluso cuando creía que no estaba jugando… ¡jugaba!

¿Por qué cree que a la academia o a la misma producción literaria le cuesta tanto pensar al lector?

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He escuchado a tantos poetas decir que ellos no leen narrativa. He escuchado a tantos narradores decir que ellos no leen a otros escritores. He escuchado a tantos filósofos decir que a ellos no les interesa la literatura, que me pregunto de verdad de dónde puede nacer la ambición por su escritura. Si no queremos participar de una conversación de siglos, ¿para qué escribimos? Si no nos interesa lo que otros tienen que decir, ¿para qué hablamos? No concibo la escritura sin la lectura, y por eso hace tiempo que decidí convertirme no en escritora sino en «lectora que escribe». Mis libros son libros de lectora. A veces sé que me paso, que me excedo, sé que hay quien se siente incómodo de que en un poema de amor se cite o se comente, yo qué sé, a Ezra Pound o a Hilda Doolittle. Sé que incordia que un ensayo tenga muchas citas o notas a pie de página, sé que molesta que una novela hable más de otros libros que de sentimientos o acciones concretas, pero creo que ese es mi deber.

Humbert, entre muchas cosas, no es un narrador fiable. Dentro de su obra, ¿la narradora en primera persona busca ser fiable? ¿Es valioso o importante que lo sea?

En Incensurable juego con eso. Creo a una narradora poco fiable y contradictoria porque eso obliga a quien lee a posicionarse y crear su propia narrativa. Es curioso, aceptamos más a LOS narradores poco fiables que a LAS narradoras poco fiables. Esto lo aprendí escribiendo a Lectrice Santos.

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¿Cómo lee las formas de la censura hoy, atravesadas por variables como las redes sociales y un —en teoría— mayor acceso a la información, pero que, al tiempo, se ejerce, por ejemplo, sin haber leído una obra y desconociendo su contexto?

La censura en 2026 viene de la propia industria editorial. Una censura a los lenguajes raros, una censura a las voces experimentales, una censura a las tramas que no se ajusten a aquello que es adaptable al cine o a la televisión, una censura al erotismo que no sea, digamos, heteronormativo, plano y complaciente, una censura, incluso, a la alusión a marcas comerciales o a la crítica de obras ajenas, no vaya Coca-Cola o el escritor de turno con su abogado de turno a enfadarse. Todo eso está pasando y está creciendo en nuestra industria. Por no hablar de la autocensura relacionada con el «de esto mejor no hablo, no vaya a ser que mi libro no se venda», o «de esto no escribo, porque no quiero perder lectores». La mayoría de los autores que dicen que sólo piensan en sus lectores cuando escriben, mienten: en lo que piensan es en sus compradores. Respetar al lector es superarse en cada libro, arriesgarse, jugar.

¿Cómo se ha transformado la censura a través del tiempo?

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Como el aire. Cada época ha vertido sus respectivas toxicidades y olores. Pero ahí sigue, invisible, entrando y saliendo de nosotros. Inocente, en apariencia. Y a veces se vuelve ventolera.

¿Considera que la transformación en la idea y en la escritura del erotismo ha cambiado la manera en que este es censurado?

No hay época en la que el erotismo no haya sido censurado. A veces de unas maneras más sutiles que otras. Te pongo un ejemplo: hace unos años me pidieron un texto introductorio a una obra de Rosa Chacel, Saturnal, precisamente, sobre el deseo y el erotismo. Era un texto bastante largo en el que quise responder a algunas preguntas que la propia autora planteaba, y me animé a hacerlo de forma epistolar, con una carta a Cristina Morales, emulando así ese intercambio maravilloso que Chacel mantuvo con Moix y que en España puede leerse en la editorial Comba. Pues bien, en un momento dado, yo hablé del pene de mi pareja, y lo describí como «pequeño» en una escena que ahondaba más en la ternura que en la pornografía, y que yo traía para comentarle a Morales que una revista femenina española me había prohibido colaborar en un suplemento sobre el cuerpo, porque yo había decidido hablar sobre ese y otros penes importantes en mi vida y en mi escritura. Cómo es la cosa que de diez mil palabras de prólogo, en Twitter se viraliza un pantallazo sobre el pene pequeño, y hasta varios medios de extrema derecha escriben columnas de opinión burlándose de mí.

Mofarse de la escritura de esos temas es una forma de censura muy común.

La risa y la burla a carcajadas contra cualquier escena sexual, en un mundo en el que el sexo está en todas las pantallas y en todos los dispositivos —un sexo plástico, de IA, complaciente para unos pocos, heteronormativo, y hasta pedófilo en muchos de los casos— es una forma de decirnos qué patéticas somos, qué ridícula es nuestra manera de visibilizar el cuerpo, qué malas escritoras somos. Me llegaron hasta amenazas por email. Escribieron a la editorial quejándose de que yo hubiera escrito eso. ¡En el prólogo a un ensayo de una autora que defiende el erotismo como gesto de libertad! Todavía hoy me parece increíble. Luego nos reímos con propuestas como la de Bad Sex Awards, que propone ver todo lo negativo de la sexualidad en la literatura, en vez de lanzar propuestas de lo bueno, potente y delicioso que hay también en ella. Estamos obsesionados con que en la literatura no haya sexo. Por eso aceptamos su censura.

¿Cómo se puede salvar una obra de los estragos de la obliteratura?

Leyendo. Porque salvar la pluralidad de nuestros relatos es la única manera de honrar nuestra historia.

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