Aunque la fecha de su nacimiento, como la de un gramático de la Magna Grecia es conjetural, la del prominente crítico literario brasileño Eduardo Cesar Maia, debió ocurrir en Recife, hacia 1981, según yo, pues la IA resultó inútil al auxiliarme. Importa que acaba de publicar, en Pernambuco, Crítica para náufragos e outros ensaios (CEPE, 2026), que examina, entre otros temas, la obra de Álvaro Lins (1912–1970). Viene a cuento: ese ensayista, también de aquella ciudad, decía, al respecto de la crítica de la crítica, que, aunque “el lobo no fue criado para devorar otros lobos, sino para atemorizar a los corderos”, nada enriquece más que el diálogo intenso o la disputa a fondo entre críticos literarios. Eso leemos en Sobre crítica y críticos (2012) que el propio Maia recopiló, como su guía e inspiración, en honor de Lins.

A Maia, a quien conocí en Tepoztlán en 2018 con motivo de un seminario sobre José Guilherme Merquior, me une, en principio, la devoción por este último, embajador brasileño en México poco antes de su muerte precoz en 1991 y el discípulo de Claude Lévi–Strauss quien se levantó contra el postestructuralismo y quiso rescatar a su maestro del antihumanismo. Incluso Maia fue de los prologuistas de A estética de Lévi–Strauss (1969) en su reedición de 2013, entrándole al quite de qué tan kantiano –trascendente o contingente– pudo ser Merquior. Me abstengo, incompetente.

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Crédito: del instragram del autor
Crédito: del instragram del autor

Me sorprende (y tomo en serio las lecciones ofrecidas en este libro) leer a un orteguiano del Brasil, familiarizado no sólo con José Ortega y Gasset, sino con María Zambrano, Julián Marías y José Gaos, al grado de utilizar la noción de “transterrado” para el austríaco Otto Maria Carpeaux (1900–1978), quien a diferencia de Stefan Zweig, tuvo tiempo para convertirse, viniendo de la lengua alemana, en un escritor brasileño, una vez alcanzadas esas tierras y libre de la persecución.

Con una envidiable formación teórica, Maia da la batalla por el humanismo, pero entendiéndolo como una filosofía y no como una casa de reposo para quienes contritos de haberse jugado vida y hacienda apostando en el casino radical hasta perderlo casi todo, decidieron morir confortablemente. Maia insiste, apoyándose en el italiano Ernesto Grassi en el deber de rescatar filosóficamente al humanismo, desde Lucrecio y la humanitas latina, en cuanto filosofía (valga la redundancia), hasta Karl Popper e Isaiah Berlin. Ese temperamento liberal nos lleva naturalmente a Merquior, quien habría estado de acuerdo con la frecuencia en que el antihumanismo teórico deviene, a secas, en enemistad frente a lo humano. En ese sentido, cita Maia el poema (otro descubrimiento para mí) de Carlos Drummond de Andrade titulado “Exorcismo” (1974) que acaba pidiendo a Dios que nos libere de las epistemes, la lingüística frástica y transfrásica, de lo generativo, así como de sus heraldos, de Noam Chomsky a Jacques Lacan et caterva.

Pero Maia, profesor universitario, está lejos de ser un espíritu anticientífico y mis diferencias con él, o al menos aquellas que atisbo, tienen que ver con ese “falso amigo” que es Richard Rorty cuyo neopragmatismo es la exaltación más grande y más peligrosamente temeraria de la literatura. Aprecio mucho la cordialidad (esa palabra tan brasileña) de Rorty, buen ensayista, al alejarse de las tinieblas teoréticas del Giro Lingüístico, pero su extremo relativismo al hacer de la filosofía sólo literatura es parte del problema, no de la solución. Si la filosofía, entre “más científica” más se aleja del mundo y de los hombres, lo cual le daría la razón a Ortega (y con él, a Maia), y resulta que todas las metáforas filosóficas son literarias, cualquier noción de verdad termina por ser desechada.

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Paradójicamente, así, Platón, el enemigo de los poetas y, con él, todos los platonismos universales y particulares serían dudoso lirismo, en el peor de los casos y pensamiento mítico, en el mejor. Sin pensar en las consecuencias de ese dicterio, parece aceptable en cuanto a Platón; pero si resulta que todo Aristóteles también es literatura, la certeza del conocer estaría en riesgo de bancarrota. El amor de Rorty por la literatura, me temo, es tóxico. Acaba por tocar ese otro extremo, el de los filósofos analíticos hartos de los poetas que, al querer ser profundos, “filosofan”, según esos envidiosos, como si el afán por penetrar fuera exclusivo de la academia.

En su predica humanista, Maia también averigua sobre los orígenes del arte como teoría del arte, leyendo a Joseph Kosuth y el origen del “arte conceptual”, que en Crítica para náufragos e outros ensaios, es acusado, a su vez, de acusar de “mentirosa” a la mimesis realista y exaltar como “verdadera” una noción abstracta, no necesariamente ejecutada, por ser conceptual, de la práctica artística. Esa teoría olvida por completo, nos recuerda Maia, aquello bien sabido por Samuel Taylor Coleridge: toda ficción depende de la suspensión concertada y voluntaria del juicio, haciendo posible, mediante la imaginación, la fantasía.

Quizá Marcel Duchamp o Mark Rothko concordarían ante la idea profundamente religiosa de Kosuth, para quien el Arte Conceptual es una epifanía mental ajena de raíz a toda valoración crítica, como parece sugerirlo el crítico brasileño. La beatitud que rodea a los objetos y no–objetos, a la invisibilidad deseada –no en balde tan abstracta como el dinero– por el Arte Conceptual o tan sólo el apellidado, abusivamente, como Contemporáneo, su insistencia en encarnar como obra del todo volutiva, abona, me parece, en esa espiritualidad egocéntrica tan propia de nuestros días.

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Confieso que una vez leído el libro de Maia me intrigó el título y hube de releer el primer ensayo “Crítica para náufragos: literatura para além das trincheiras”, donde entendí (y comparto) la soledad padecida por mi colega en un siglo donde la cerrazón ideológica y la polarización política recuerda a los años treinta del XX, con la diferencia de que las zonas grises donde habitamos quienes nos resistimos a ser aplastados, tampoco son claras, sino vaporosas y en extremo inestables, donde el pluralismo parece ser sustituido por el relativismo (tan antagónicos) y somos víctimas de “ideocracias” (aquí Maia remite a Miguel de Unamuno), ajenas a la conciencia crítica.

Ello parece dejarnos en calidad de náufragos de ese temperamento liberal que en América Latina nos enseñaron, al final de sus vidas, poco antes del remotísimo y añorado año 2000, Octavio Paz y Merquior. Y ya no podemos ser aquellos náufragos indiferentes en situación de observadores imperturbables, como el de Lucrecio, sino otros quienes, confinados en embarcaciones perdidas en la mar brava, pedimos ser rescatados por el barco que nos regrese a esa tierra del ideal ético soñada por Ortega, acaso inexistente o destruida. Pero Eduardo Cesar Maia, no se engaña en Crítica para náufragos: aún en la imaginaria tierra firme, el crítico es actualmente un náufrago y su condición es precaria. Desde mi propia soledad, lanzando señales de humo buscando el diálogo, le ofrezco mi amistad filosófica al brasileño, que como decía Paul Souday, un crítico olvidado, implica creer que “la crítica es para la literatura lo que la literatura es para la vida”.

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