«En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte».
Honoré de Balzac
México y Colombia se reconocen desde antes de saludarse. Nos une una lengua que cambia de música sin dejar de entenderse; nos unen el maíz, el cacao, los tamales y esas mesas donde la comida no sólo alimenta: reúne. La cumbia encontró otra patria en los barrios mexicanos y el cine, las canciones y las telenovelas llevaron acentos de ida y vuelta hasta volver familiar lo que estaba a miles de kilómetros. Nos une también una historia literaria que parece una parábola de la fraternidad continental: en una casa de la Ciudad de México, entre 1965 y 1966, Gabriel García Márquez escribió Cien años de soledad. Colombia puso la memoria de Aracataca y México le prestó a Macondo una mesa, un techo y el silencio necesario para nacer. Por eso, cuando la tierra tembló en Colombia la mañana del 10 de agosto, algo se movió también entre nosotros.
El sismo de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, fue, según el Servicio Geológico Colombiano, el de mayor magnitud registrado en el país durante este siglo. Pero detrás de esa cifra hay una realidad que no se alcanza a medir: familias esperando una llamada, rescatistas atentos al menor ruido bajo el concreto y personas obligadas a descubrir que una casa puede convertirse en recuerdo en unos cuantos segundos. En las primeras horas hubo vacilaciones frente al auxilio exterior. El gobierno colombiano sostuvo que sus equipos nacionales podían atender la emergencia y no abrió de inmediato la puerta a todas las brigadas extranjeras. Después, la Cancillería comenzó a coordinar y recibir diferentes modalidades de ayuda internacional.
El Salvador transformó su ofrecimiento inicial de rescatistas en cien toneladas de ayuda humanitaria. Estados Unidos anunció recursos y capacidades especializadas. México tenía preparado el Agrupamiento Cali, integrado por militares, médicos, especialistas en búsqueda, binomios caninos, medicamentos, víveres y herramientas. Los Topos mexicanos también se movilizaron, aunque no
todas las brigadas fueron inicialmente requeridas. No sería justo decir que Colombia rechazó la solidaridad internacional. La está recibiendo. La pregunta es otra: ¿con qué criterios se decide qué ayuda puede entrar cuando cada hora cuenta? La soberanía merece respeto y el rescate exige coordinación. Una llegada desordenada de brigadas también puede estorbar. Pero la soberanía debe servir para organizar la solidaridad, no para impedirla. Coordinar debe servir para abrir camino, no para bautizar la demora.
México tampoco puede dar lecciones. Después del terremoto de 1985, el gobierno de Miguel de la Madrid rechazó inicialmente algunos ofrecimientos de ayuda internacional bajo el argumento de que México contaba con recursos suficientes para enfrentar la tragedia. Aquella experiencia debería recordarnos que, frente a una catástrofe, la autosuficiencia puede ser una mala consejera. Porque bajo una estructura colapsada el tiempo tiene otro valor. Una hora puede separar la vida de la muerte. Quien permanece atrapado bajo toneladas de concreto no conoce protocolos diplomáticos, fronteras ni diferencias ideológicas. Sólo espera escuchar que alguien se acerca. Por eso la tragedia colombiana podría convertirse también en una oportunidad para devolverle contenido al viejo sueño de una América Latina unida.
La integración no puede reducirse a discursos, cumbres y fotografías de presidentes. América Latina debería construir una verdadera fuerza regional de respuesta ante desastres: equipos previamente acreditados, protocolos comunes, depósitos estratégicos, comunicaciones interoperables y corredores aéreos capaces de activarse antes de que termine la primera noche. Un continente no se hermana cuando sus gobiernos se abrazan, sino cuando un bombero puede cruzar una frontera mientras todavía hay una vida que salvar.
Los terremotos dejan ausencias, miedo, paredes marcadas y una conciencia súbita de nuestra fragilidad. No corresponde exigir a las víctimas que encuentren una enseñanza en el dolor. Corresponde a los demás aprender de él. Balzac escribió que en las grandes crisis el corazón se rompe o se curte. Quizá también las naciones. García Márquez habló de la soledad de América Latina. Tal vez una respuesta digna a esa soledad sea conseguir que ningún país latinoamericano
tenga que remover sus escombros solo. Si Macondo pudo escribirse en México, la reconstrucción de Colombia también debe escribirse con muchas manos.
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