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Este siete de mayo culmina una de las empresas más ambiciosas que se hayan realizado en tiempos recientes en el Palacio de Bellas Artes: rendir tributo al gran compositor gaditano Manuel de Falla, a quien ahora se le recuerda por cumplirse 150 años de su nacimiento y 80 de su muerte, con un programa que fusionó a la Ópera de Bellas Artes y la Compañía Nacional de Danza, capitaneadas respectivamente por Marcelo Lombardero y Erick Rodríguez. Algo que no se veía desde los felices tiempos en que el Maestro Fernando Lozano estuvo al frente de la Coordinación de Música del INBA, hará unas cuatro décadas.
De todas las producciones anunciadas para este año, esta es la que ofrecería un mayor número de funciones. No era para menos, además de los públicos cautivos de cada una de estas compañías, el legado de Falla cuenta con la admiración y el cariño de un gran número de melómanos y coreófilos. El reto era inmenso: en 53 páginas, el programa de mano consigna la gran cantidad de artistas involucrados, a los que se sumaron creativos e invitados que, en el afán de darle la mayor autenticidad posible, se importaron de España.
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La planeación fue impecable, de no ser por un detalle… nada menor: el hilo, se rompe por lo más delgado. Por seductora que sea una persona al hablar de sí misma, y por bien que maneje sus redes sociales, cuando se incurre en excesos que evocan aquel comercial en el que Luis Gimeno anunciaba un detergente que hizo famosa la frase de “Acapulco en la azotea”, haciendo creer que ahí se está, cuando se está entre la ropa tendida, es tan osado como dar por hecho que basta un teclado y poner cara de que la virgen te habla, para conjurar a Beethoven entre tinacos y bateas. Bien dicen que el ego es el peor consejero, y cualquiera que haya visto aquello, sabía que algo así no podía presagiar nada bueno o, al menos, nada serio. Esa fue la imagen con que quiso venderse Abdiel Vázquez, el concertador anunciado originalmente, refrendando la impresión provocada con su desempeño anterior.
Los hechos demostraron que no fui el único en notar su “falta de oficio”, tal y como consigné el 15 de febrero que fue su participación durante la Gala ofrecida por Arturo Chacón. Poco después, cuando los músicos de la Orquesta del Teatro realizaron su evaluación trimestral de los directores que habían desfilado por su podio, Vázquez apenas logró un 17% de aprobación, y esa fue razón más que suficiente para que, respaldados por el acta correspondiente, protestaran su presencia nuevamente ante ellos. Cuando llegó el momento del primer ensayo, no le dejaron ni levantar la batuta y hubo que buscarle un sustituto de emergencia.
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Afortunadamente, se contaba con Alejandro Miyaki como director asistente, que fue quien logró librar el naufragio. Su experiencia fue decisiva para sortear el clima adverso con que recibió la encomienda: ha concertado más de veinte óperas para el MOS y se ha desempeñado exitosamente como director huésped ante orquestas tan importantes como la OSEM, tal y como lo reseñé en mi última columna del 2025.
El jueves 23 de abril asistí a la primera función de este proyecto en el que, al amparo de la dirección escénica de Nuria Castejón, se conjuntaron El amor brujo y La vida breve, fusionando sin intermedios las tramas de esa maravillosa “gitanería andaluza” con el drama lírico con libreto de Carlos Fernández Shaw. Como pocas veces, escuché opiniones encontradas. A unos les encantó la escenografía de Ricardo Sánchez, y a otros, le pareció haber visto “unos horrendos invernaderos voladores”; hubo quienes deploraron la elección de Belem Rodríguez para ser la voz de Candela, en El amor brujo y, a mí, el diseño de los carteles sigue pareciéndome bastante feíto. Pobre y elemental…
A diferencia de los carteles, creo que la escenografía funcionó, y si algo no quería Falla, era una voz bonita y operística entonando a Candela, ya que la concibió pensando en la rispidez de una cantaora flamenca. No es gratuito que, de todas las versiones que se han grabado esta obra (con cantantes tan afamadas como Teresa Berganza, Martha Senn, Nati Mistral o Nancy Fabiola Herrera, por mencionar solamente a cuatro), una gran mayoría de especialistas considera que, la mejor versión, es la interpretada por Rocío Jurado. En ese sentido, creo que, del talento con que aquí contamos, no pudo haber una mejor elección que Belem Rodríguez, quien encarnó también a la abuela de Salud en La vida breve, durante la función que presencié.
En lo que sí hubo consenso fue en que la elección cromática del vestuario no pudo haber sido más fallida: acabó “aplanando” a los personajes, a pesar de la cuidadosa iluminación de Rafael Mendoza. Tuve que contener mis carcajadas cuando oí susurrar a alguien que, “las del coro, parecen piñatas blancas”. Un comentario tan acertado como inaceptable. Penoso. Sobre todo, porque Rodrigo Elorduy hizo sonar bastante bien a dicha agrupación.
A propósito de lo que nos puede parecer aceptable políticamente o lo que no, ya chole con que pretendan darle un mal entendido giro de universalidad a todo. Hay historias, como ésta, cuya fuerza –no su autenticidad- radica en su ubicación temporal y geográfica, y sólo hay algo peor que ese intento por homogeneizarlo todo, y es la pretensión feminista de meter hasta con calzador sus reclamos contra el heteropatriarcado, venga o no al caso con el período histórico retratado en la trama.
No creo ser el único que piense que, por ello, la coreografía de Nuria Castejón superó su trazo escénico, que pecó de insípido. Y eso que, de no ser por la presencia de Cristina Arias, Ángel Vázquez, Alejandro Hidalgo y Sofía Martínez, bailaores y primeros bailarines invitados, el desempeño de la Compañía Nacional de Danza no pasó de cumplir tan profesional como elementalmente en los cuadros que participó. Y se entiende. El flamenco y la danza clásica son lenguajes muy diferentes. Eufémicamente, Castejón lo dejó entrever al escribir que “la coreografía aprovecha al máximo la excelente técnica de los bailarines (…) hubo desafíos al unir esos lenguajes, pero celebro la entrega de todos y el resultado que hemos logrado”.
Y sí, yo también celebro el resultado. Si acaso, lamento la imposibilidad de puntualizar sobre cada uno de cuantos conformaron tan amplio elenco; pero, también, sería injusto no reconocer al tío Salvaor encomendado a un Genaro Sulvarán que compensó con colmillo e histrionismo una vocalidad en el ocaso; o no mencionar el espléndido desempeño de César Delgado como Paco o la versatilidad insuperable de Cecilia Eguiarte, quien entregó una Salud que, más que atormentada, resultó veraz. ¡Qué decir de la concertación, cuidada y eficiente del Maestro Miyaki! Pero, ante todo, celebro el profesionalismo de un equipo que supo cerrar filas ante un traspié, y salir airoso.
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