Dividida en tres partes y protagonizada por una tríada integrada por Manu, Susana y Angélica, Todos los fines del mundo (Penguin Random House, 2025), de Andrea Chapela, es una ficción con una estructura muy bien trazada que abreva de las búsquedas etimológicas, éticas, científicas y sobre todo emocionales de las nuevas generaciones para construir un poderoso relato en donde nada puede darse por sentado antes de terminar la lectura.

Nacida en la Ciudad de México en 1990, Chapela es química de formación. Posee un MFA en escritura creativa en español por la Universidad de Iowa y una maestría en Estudios de Japón por El Colegio de México. Es autora de Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio (Almadía, 2020), Un año de servicio a la habitación (UDG, 2019) y Grados de miopía (Tierra Adentro, 2019). Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen y el Premio Nacional de Literatura Juan José Arreola, y ha sido traducida al inglés, francés e italiano.

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Ambientada en un futuro posible en donde el mundo ha sufrido severos desequilibrios climáticos, la primera parte de la historia tiene como escenario Madrid en un momento en que sufre temperaturas extremas, lo que obliga a la población a refugiarse por lapsos prolongados. Mexicana, hija de un empresario de la tecnología que controla la producción y venta de agua purificada, Angélica ha llegado hasta allá para hacer un año sabático y estudiar teatro. Ese paréntesis de libertad abre ventanas insospechadas en su vida, pues es precisamente allí donde conoce a los otros dos protagonistas de la novela. A esa tensión se añade otra cuando Angélica recibe un mensaje por parte de la oficina migratoria y un boleto para volver en Hyper a su país de origen.

“¿Con quién pasarías el fin del mundo?”, pregunta alguien en la página 80 de este libro donde el apocalipsis no es una entelequia sino una posibilidad cercana. Es durante una de esas emergencias climáticas que Angie establece un vínculo con sus vecinos, Susana y Manu. Pero, ¿cómo llamar a esa relación? ¿Debe nombrarse de algún modo? Que nadie se engañe: no es ni amor platónico ni triángulo amoroso lo que ocurre, sino algo mucho más sutil y más complejo.

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Si bien Susana es la escritora del grupo, pronto notamos que Angélica es más proclive a reflexionar sobre el peso y el significado de las palabras. Dado que la historia nos llega contada por su voz, es precisamente su carácter reflexivo lo que propicia que por momentos la prosa cobre una textura ensayística que le sienta muy bien, pues añade la profundidad de quien observa el mundo con sentido crítico. “No todos experimentamos la rabia o la tristeza de la misma forma”, observa la protagonista, y así el relato nos planta frente al misterio de la comunicación humana: a pesar de ser un punto de encuentro, cada palabra evoca realidades distintas para cada persona. Como la voz narrativa señala más adelante, el lenguaje nos permite nombrar pero también encasilla, encierra y ahoga.

Uno de los conceptos que tienen distinto significado para la tríada Angélica-Manu-Susana es precariedad: para la mexicana esa palabra denota sólo un plano existencial, mientras que para Susana y Manu es también material: la dimensión física, económica, de quienes tienen que trabajar para vivir. De esta manera Todos los fines del mundo es al mismo tiempo la certera crónica de las estrategias con que los jóvenes enfrentan la precarización a la que los somete un mundo que no cumple sus promesas, y la entrañable bitácora emocional de una muchacha que va aprendiendo a nombrar lo que siente en un mundo que se abre poco a poco a partir de la relación con ciertas palabras.

Porque son precisamente las palabras y los conceptos que a veces pensamos inmutables (como amor, amistad y familia) las que urge reformular cuando ya no alcanzan a evocar la realidad. Bien visto eso es también un final para el mundo que conocemos, pero puede ser el génesis de uno distinto. Un ejemplo de ello lo encontramos en la página 97, en donde Angélica se cuestiona si el esquema de parejas que se convierten en familias sigue siendo deseable y tan siquiera posible. Y aunque en ese momento la historia se desarrolla en un escenario futurista, imposible no pensar en el complejo mundo que hoy habitamos.

Para la segunda parte de la novela el escenario ha cambiado: el equilibrio del mundo se ha roto sin remedio. Desde el rancho de su padre, en donde está confinada con un pequeño grupo de personas, Angélica ignora cuál es la situación en otras regiones del planeta y si hay sobrevivientes. Ni siquiera conoce las causas del colapso. Lo único que sabe es que el apocalipsis comenzó con un accidente en el Hyper y que el clima se vio trastocado.

Sin embargo, es en la tercera parte de la novela en donde los lectores debemos reconfigurar lo leído. No hablaré más de la historia para no arruinar la lectura, solo añadiré que el libro mismo es una demostración de que así como puede encasillar, encerrar y ahogar, el lenguaje puede también reformular, liberar y comunicar.

“A la hora de escribir ficción hay que rastrear y controlar las promesas que se hacen, porque de alguna manera se crea un pacto entre escritor y lector”, leemos en la página 216. Es cierto: en el caso de Todos los fines del mundo no son pocas las expectativas que surgen en una novela que aborda el deseo, el amor y el vínculo entre ambos, pero también la posibilidad, siempre en el horizonte, de terminar con el mundo conocido y reinventar todo: el amor, la familia, el Estado e incluso nuestra relación con la naturaleza y con nosotros mismos. Por fortuna, y a pesar de lo ambicioso que pueda sonar el itinerario, Andrea Chapela tiene todo bajo control: cuando llega ese simulacro de apocalipsis que es el final de un libro memorable, los lectores concluimos esperanzados que, a pesar de las advertencias que el libro mismo nos lanza, confiar en la narradora ha valido la pena.

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