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Tras el receso al que nos orilló la Semana Santa, la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario ha cobrado protagonismo ante el cierre temporal de la Sala Nezahualcóyotl por motivos de restauración de todos conocidos. En días recientes, se presentaron por primera vez en este espacio Raquel Fisk y Vitaly Pisarenko, un par de pianistas que ofrecieron dos recitales a cuál más contrastantes. Les comento por qué:
El primero tuvo lugar el sábado 11, y estuvo a cargo del ucraniano Vitaly Pisarenko. Para quienes no tuvieran su nombre en el radar, fue ganador de dos prestigiados concursos internacionales, en el Franz Liszt de Utrecht obtuvo el primer lugar en 2008 y en Leeds, el tercer premio en 2015; es egresado del Conservatorio Tchaikowsky y del Royal College of Music, donde cursó la maestría con el legendario Dmitri Alexeev y, actualmente, ahí se desempeña como docente, pero, ante todo, posee dos singulares virtudes que hacen de él un artista extraordinario: posee un sonido propio, tan robusto como capaz de las mayores sutilezas. Reconocible. Es, también, un intérprete culto. Imaginativo y propositivo, tal y como lo demostró con la media docena de obras que eligió para conformar su programa, pues éstas tenían como común denominador el haber sido compuestas en la misma y muy dramática tonalidad de fa sostenido menor.
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¡Todo un reto!, ya que –al oído- podríamos equipararlo con una visión que, por monocromática, podría pecar de cansina. Muy por el contrario, en sus manos y con su imaginación, logró un colorido caleidoscopio sonoro, sumamente seductor. Cual rapsoda que domina su oficio, Pisarenko eligió inmejorablemente con qué empezar. Quienes conocen la Polonesa Op. 44 de Chopin coincidirán en que pocos inicios hay más inquietantes que las primeras cuatro notas de esta obra, ya que presagian el ambiente tempestuoso que predomina en la que es, sin duda, la más polaca de las polonesas de este autor, al conjugar las dos danzas más representativas de su patria: la ya citada polonesa y –a manera de trío y contrastante remanso emocional- la mazurka.
El programa continuó con la Sonata Op. 25 n. 5 (u Op. 26 n. 2, dependiendo de la edición) de Clementi, compositor que comparte con Czerny la “maldición” de ser abordado superficialmente por la gran mayoría de sus intérpretes, que se limitan a salir del paso de los problemas mecánicos que permean la mayoría de sus obras, dada la orientación pedagógica de ambos. Afortunadamente, Pisarenko fue más allá de resolver diestramente los pasajes en terceras que han hecho tropezar a tantos pianistas en su Presto final: su profundo entendimiento del Lento e patético resultó tan conmovedor, como poética la recreación que brindó de la pieza siguiente, una de las tantas sonatas inconclusas de Schubert; en este caso, la D. 571, que al momento en el que queda suspendido su único movimiento, lo ligó sin pausa con la Sonatina de Ravel, que dijo con tal delicadeza que podría decirles que, durante ella, su sonido cambió radicalmente. Fue iridiscente.
La segunda parte del recital inició con la mórbida sensualidad del primero de los Preludios Op. 23 de Rachmaninov, inmejorable antesala para la Sonata Op. 11 de Schumann, tan compleja técnica y estructuralmente por sus constantes contrastes emocionales, que su autor los atribuía a la batalla que Eusebius y Florestán libraban en su interior. ¡Qué manera de narrarla! Desde que se la escuché a Lazar Berman, no había vuelto a disfrutar en vivo una interpretación tan convincente de esta obra monumental. El encore con que Pisarenko correspondió a la delirante ovación del público, nos devolvió a la placidez que solamente pueden brindar las Gondoleras venecianas de Mendelssohn. Eligió la sexta del Op. 30 de sus Canciones sin palabras, que como podrán imaginar, también comparte la tonalidad de fa sostenido menor.
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Menos de una semana después, el jueves 16, este mismo recinto acogió la primera audición en la Ciudad de México de Raquel Fisk, una joven bostoniana con raíces xalapeñas por el lado materno, según ella misma reveló cuando tomó la palabra al terminar la Suite francesa n. 4 de Bach con que inició el programa… y que no pude escucharle por llegar tarde, demora que no saben cuánto lamento, ya que Fisk estudia actualmente en la Barenboim-Said Akademie con András Schiff, quien –junto con Angela Hewitt- es uno de los más reconocidos intérpretes especializados en la obra para teclado del Kantor de Santo Tomás.
Prosiguió con la Sonata en Re, Op. 10 n. 3 de Beethoven, durante la cual hizo alarde de rapidez a costa de la articulación. Dado su carácter improvisatorio, el rondó que concluye esta sonata es uno de los movimientos más complejos compuestos por su autor. Edwin Fischer, Claudio Arrau, Wilhelm Kempff y Charles Rosen han disertado ampliamente sobre las contrastantes visiones que tienen de él, y aunque Fisk lo recreó con gran seguridad, su tendencia a la velocidad y la falta de peso en su touché me hacen dudar que aquello haya sonado a Beethoven. Sé que puede sonar subjetivo, pero “dar con el sonido de un compositor”, va más allá de tocar las notas.
Algo similar pasó con su Ravel. Le escuchamos su Alborada del gracioso, y nuevamente me admiró la destreza digital de esta intérprete, pero, más que la nitidez con que pueda hacer las notas repetidas o realizar glissandi de terceras o de cuartas, dar con el estilo no es solo seguir puntualmente las indicaciones escritas en la partitura. Hay que ir más allá del sec o de tocar les arpèges très serrès para darle vida a cabalidad y flanquear esa delgada línea que puede hacer sonar blanda una obra, por cuidado que esté el ritmo.
Mejor impresión dejó con las Danzas argentinas de Ginastera y los Tres movimientos de Petruschka que Stravinsky transcribió para el piano a petición de Artur Rubinstein. Raquel Fisk domina el teclado. Su talento es inmenso. Innegable. Generosamente, obsequió la Serenata de Malats y el Preludio Op. 28 n. 16 de Chopin como encores, pero –insisto- no todo es tocar rápido y atinar todas las notas. Eso, lo olvida uno antes de llegar a casa.
Por ahora, su juventud la justifica, pero en un mundo plagado de infalibles tocanotas ya no es suficiente. Sería injusto que ahí se quedara, contando con la solvencia mecánica que ahora tiene.
Ha llegado el momento en el que Fisk debe profundizar en el conocimiento estilístico y la cultura del sonido, que son los que marcan la diferencia. Ahí tenemos a Pisarenko y la inolvidable velada que edificó sin salir de una misma tonalidad. Solamente así podrá dar el salto para dejar de ser una brillante pianista, y lograr ser una artista de excepción. Hago votos porque así sea.
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