En Padre madre hermana hermano (Father Mother Sister Brother, EU-Irlanda-Francia-Italia-Japón, 2026), envolvente opus 14 como autor total del ya esporádico expionero del minimalismo estadunidense de 72 años Jim Jarmusch (Bajo la ley 85, Hombre muerto 96, Sólo los amantes sobreviven 13), León de Oro en Venecia 25, se concatenan tres segmentos bien diferenciados que suceden en ciudades de países distintos (como en Noche en la tierra del mismo director 91): en “Padre” la mezquina hermana preocupona domesticada clasemediera Emily (Mayan Bialik) y el desprendido hermano omniprotector Jeff (Adam Driver más bondadoso que su guía del Peterson de Jarmusch 19) viajan como cada año hasta los confines de un bosque invernal de New Jersey para convivir un rato con su provecto Padre (Tom Waits) aislado en una linda cabaña que él se apresura a desarreglar para fingir un miserable desorden ficticio y la reacomoda cuando se han largado sus entrañables visitantes incómodos, trocando la camioneta jodida que ostentaba al frente por un estupendo auto de lujo para ir a gastarse con una ignota galana conectada por teléfono los billetes extra que le obsequió su dadivoso hijo proveedor subrepticio; en “Madre” la rubia hermana Lilith (Vicky Kneps) que es lesbiana inconfesa (al grado de hacer pasar a su novia como chofer de Uber) y la morena hermana funcionaria Timothea (Cate Blanchett) recorren premiosamente las calles de Dublín para ir a tomar el té con su Madre escritora exitosa (Charlotte Rampling) que, distante en todos sentidos morales, sólo las recibe una vez al año pese a que ambas hijas se han mudado a esa ciudad para estar cerca de ella, y durante la velada las visitantes presumen sus mediocres logros ante la anciana que poco puede apreciar los tratos con influencers o la preservación de monumentos, antes de que las hermanas partan con premura y frustradas, una en su auto y la otra en un verdadero Uber; en “Hermana hermano” los gemelos afroneoyorquinos Billy (Luke Sabbat) y la peloncita Shya (Indya Moore lo que sigue de carismática) conectan microdosis de hongos y comparten cafés en un bistró antes de ingresar convulsos al depto parisino donde vivían sus viejos padres socialmente anticonvencionales y antisedentarios aunque superamorosos recién fallecidos en un accidente aéreo, y los hijos devastados vagan y se consuelan mutuamente en esos hoy vacíos espacios cuyos numerosos objetos restantes la dulce conserje solidaria Madame Gautier (Françoise Lebrun) ayudó a rescatar, para que todos las criaturas presentes se homologuen y queden anonadadas ante el férreo hermetismo de los ancianos del film, quizá únicamente celosos de preservar al máximo y en exclusiva su derecho a la vida secreta.

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Crédito: Especial
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La vida secreta lleva la relación con los adultos mayores a extremos de ajenidad y desconexión flagrantes, minidramatizando los grandes silencios beethovenianos de las conversaciones entre padres e hijos, esos perpetuos desconocidos entre sí, ya o siempre sin puntos e intereses comunes, poniendo en evidencia las caras ocultas de sus lunas decrépitas, proclamando que la existencia real es frágil y anónima e impenetrable, con el humor seco que recopila y magnifica todas las delicadezas de las obras completas de Jarmusch, asentadas en un minimalismo entre lo cotidiano trascendido a lo Raymond Carver y la filmación virtuosística del mismo cuento de tajantes formas diversas.

La vida secreta impone una diafanidad visual y estilística cosmopolita que deslumbra, apabulla y envuelve en una suerte de alígera fascinación jamás densa ni más allá de un cuidado del detalle significativo, cual sucesión de claves y guiños cómplices que arrebatan cualquier amargura irónica y van profundizando un derrame de energía vital sin término, donde los motivos recurrentes que se diseminan en los tres episodios crean ultraconnotativas redes de sentidos prolongados, como las apariciones de chavos patinetos en cámara lenta a modo de referencia a una vitalidad futura que irrumpe y se escapa a la vez, los Rolex falsos o verdaderos a manera de signos de estatus opulento que se alardea y rechaza al mismo tiempo, la buena conducta de las formas aplicadas del agua (purificada-purificadora, mejoradora de la infusión cordial, medicinal), la coincidencia del color rojo en los atuendos fraternos como referencia a un mismo junguiano arquetipo inconsciente, o así.

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La vida secreta concede particular atención a las rutilantes casas y el depto como ámbitos privados e infranqueables por excelencia, almácigas de bienaventuranzas y de atributos personales sagrados e inviolables, cual fisonomías de la última estrella pulsátil: ésa que sólo pueden revelar las luminosas imágenes radiantes por igual de los fotógrafos Frederick Elmes y Yorick Le Saux, en alianza con una edición plena de contemplativas oquedades coloquiales de Affonso Gonçalves, más una machacona música del realizador cual preludio tenaz de algo que nunca llega, bajo el marco prólogo-epílogo que establecen melosas baladas de la cantautora Alika, para mejor capturar en su interior los sorprendentes descubrimientos del tranquilo Padre como lector de libros subversivos (Reich/Chomsky/Diógenes) y de la Madre literata exquisita como devoradora de gruesos bestsellers insulsos o los difuntos Padres nómadas como fraudulentos poseedores de identificaciones expedidas en varios Estados de la Unión Americana, todo ello ponderando la magnificencia de los planos cenitales del rito gastronómico o de la angloirlandesa ceremonia del té o del café confraternizador, pues sólo así podrá manifestarse en su amplitud el mundo misterioso de los ancianos avaros de su privacidad y de su diferencia, y distancia: inaccesibles, incomprensibles e inasibles, por ende inadmisibles.

Y la vida secreta culmina en el pasmo de los afrohermanos viajeros trasatlánticos incapaces de darle un uso a las cosas heredadas de los viejos, acumuladas ya sin sentido posible en un depósito con inútil cortina metálica.

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