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Y dejé de llamarte papá (Seix Barral, 2025, traducción de Lola Bermúdez y Lydia Vázquez) es un testimonio valiente de Caroline Peyronnet –publicado bajo el pseudónimo de Caroline Darian– en el que se expone el drama familiar derivado de las prácticas sexuales de su padre, Dominique.
Según la historia de este relato autobiográfico, el señor Dominique –hombre en apariencia gentil, discreto y amoroso con su familia– drogaba a Gisèle, su esposa, para dejarla inconsciente y a disposición de los rufianes que concurrían a su casa para violarla, mientras él filmaba las escenas y las compartía en la red. Esta práctica se prolongó por más de ocho años, lapso en el que ella fue violentada, en promedio, por setenta sujetos, entre jóvenes y viejos.
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El caso salió a la luz cuando Dominique fue acusado por una de sus víctimas de filmarla bajo su falda, lo que detonó una investigación que consternó a la opinión pública francesa e involucró no solo a la esposa, sino también a su hija Caroline y a las nueras, quienes fueron fotografiadas sin su consentimiento.
Desde el punto de vista formal, el texto se articula como una hibridación entre la crónica, el diario y el reportaje; en esta convergencia de registros radica buena parte de su eficacia discursiva. Se trata de un testimonio conmovedor, capaz de suscitar conciencia sobre un problema que rebasa el orden jurídico para inscribirse en el ámbito de la ética; al mismo tiempo, es un acto de denuncia y de reparación simbólica del daño en una dimensión colectiva.
En este contexto, y a petición de Gisèle, todo el proceso judicial fue abierto a los medios de comunicación, con el propósito de que “la vergüenza dejara de recaer en las víctimas para situarse en los agresores”, quienes fueron exhibidos como delincuentes sexuales ante sus familiares, parejas e hijos, en el caso de quienes los tuvieran.
El resultado del juicio, que inició a principios de septiembre y concluyó en diciembre de 2024, arrojó cincuenta sujetos declarados culpables, quienes recibieron penas de entre tres y quince años de prisión; por su parte, el principal responsable, Dominique, alcanzó una condena de veinte años de cárcel, lo cual parece poco para un hombre que, en el mejor de los casos, padece una disociación de la personalidad, acompañada de un trastorno voyerista que lo indujo a transgredir la moral para cobijarse en la sombra de los instintos, como pensaba Jung de ciertos individuos con estructura mental perversa.
En este contexto, el testimonio de Caroline resulta aleccionador, pues “pretende sensibilizar acerca de la sumisión química en Francia”, cuyo procedimiento consiste en drogar a las víctimas para “alterar su conciencia, disminuir su resistencia o anular su voluntad”, lo cual les impide consentir o no los actos que les parezcan denigrantes.
Para Paul Ricœur, la identidad propia se articula a través de la narrativa, ya que es en el relato donde el sujeto se comprende a sí mismo y, en la misma línea, Leonor Arfuch sostiene que la autobiografía involucra los espacios privado y público, de modo que las historias individuales devienen prácticas discursivas con una dimensión social. En consecuencia, cobran sentido las siguientes frases de Caroline al final de su testimonio: “La terapia a través de las palabras es también una forma de curar mis heridas para poder ver el mejor camino de todos los posibles. Aún no sé lo que me espera al arriesgarme a publicar este relato, pero estoy convencida de que mi compromiso con la causa de las mujeres no ha hecho más que empezar”.
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