En mayo de 1956, Pío XII redactó su testamento: “Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam, esas palabras que pronuncié cuando acepté temblando mi elección como Soberano Pontífice, consciente de no merecerla, esas palabras, las repito hoy con tanto más fundamento que me doy cuenta de mis debilidades, de las faltas que he cometido a lo largo de tan largo pontificado, y en una época tan grave que hace aparecer más claramente a mi espíritu mi insuficiencia y mi indignidad. Pido humildemente perdón a los que pude ofender, a los que pude hacer daño, que escandalicé por mis palabras y mis obras.”

Tengo a la mano el gran libro de Andrea Riccardi, La guerra del silencio. Pio XII, il nazismo, gli ebrei (2022) y su traducción francesa (París, Cerf, 2023). Ahora que todos los archivos vaticanos están abiertos desde el año 2020, el director de la comunidad de Sant Egidio ha podido estudiar los acontecimientos a los cuales aludía el papa, los que nos ponen en contacto con sufrimientos de todo tipo, empezando por la tragedia, muy particular, de la Shoah. La tragedia de la Segunda Guerra Mundial, además de los millones de muertos de las “Tierras de sangre” (gran libro de Timothy Snyder), es el intento de aniquilamiento del pueblo judío. Andrea Riccardi dice que “es una derrota de la humanidad en su conjunto. Es una derrota del cristianismo”. Élie Wiesel tiene razón:

“Los asesinos eran muchas veces bautizados, habían crecido en el cristianismo, incluso algunos iban a misa, al templo, se confesaban sin duda. Sin embargo, mataban. Es la prueba que no hubo en el cristianismo un muro para impedir que los matones hicieran el mal. Ahora bien, se trata de una derrota humana, derrota quizá del racionalismo. Es la derrota de la política, del compromiso, la derrota de todos los sistemas, de la filosofía y del arte.”

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Ulrich Tukur interpreta al papa Pío XII y Ulrich Mühe al oficial nazi Kurt Gerstein en Amén (2002), de Costa-Gavras, filme inspirado en la polémica obra El Vicario que cuestiona el “silencio” del Vaticano frente al exterminio judío. Crédito: Especial
Ulrich Tukur interpreta al papa Pío XII y Ulrich Mühe al oficial nazi Kurt Gerstein en Amén (2002), de Costa-Gavras, filme inspirado en la polémica obra El Vicario que cuestiona el “silencio” del Vaticano frente al exterminio judío. Crédito: Especial

Riccardi precisa que no pretende condenar, tampoco absolver, mucho menos ser apologético. El trabajo del historiador, lo dijo Marc Bloch hace mucho, no es el del juez y no concluye con un veredicto. Piensa, al final de sus amplias investigaciones, que la Iglesia católica, durante la Segunda Guerra Mundial, no fue cobarde, que no se refugió en la zona gris de la indiferencia, sino que reaccionó de maneras muy diversas. Esa Iglesia vivió en una sociedad aplastada por la brutalidad nazi. El papa, el hombre Eugenio Pacelli, tomó sus responsabilidades en los límites de su carácter, de su formación, de su interpretación de una situación muy compleja, de su servicio como papa de la Iglesia católica.

Una Iglesia demasiado diversa, una Iglesia donde cohabitan antisemitas y católicos que no lo son, tanto en la Curia, como en el pueblo, en las múltiples naciones cristianas. Al lado de un cardenal que denuncia al pueblo castigado por Dios por haber matado a Cristo, está el arzobispo de Tolosa, Jules Saliège, quién, dos meses después de la llegada de Hitler al poder, contestó al “llamado a los cristianos” lanzado por unos judíos parisinos:

“En el año 1933 después de Jesucristo, hombres, mujeres, niños son torturados cada día por ser judíos. Eso debe cesar. El Antiguo y el Nuevo Testamento deben reunirse para combatir crímenes indignos de nuestra civilización”.

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El arzobispo dijo: “No solamente me siento golpeado por los golpes que caen sobre los perseguidos, sino que mis sobresaltos son tanto más dolorosos que se desconoce e insulta a ese ser vivo, personal, cuyo soplo atravesó y portó toda la historia de Israel, Jehovah, el Justo por excelencia. ¡Cómo podría olvidar que el árbol de Jesé floreció en Israel y en Israel dio su fruto? El catolicismo no puede aceptar que la persecución a una raza determinada sitúe a los hombres en derechos inferiores: El cristianismo proclama la igualdad esencial de todas las razas”.

Cuando los nazis ocupaban Francia y sus colaboradores franceses deportaban a los judíos hacia la muerte, el mismo arzobispo mandó leer, el domingo 23 de agosto de 1942, en todas las iglesias, el siguiente texto que luego fue difundido por la BBC de Londres:

Queridos hermanos. Hay una moral cristiana. Hay una moral humana que reconoce derechos e impone deberes. Vienen de Dios. Podemos violarlos. No está en poder de ningún humano suprimirlos … En nuestra diócesis acaban de ocurrir escenas de espanto en los campos de Noé y Récébédou. Los judíos son hombres, las judías son mujeres. Son nuestros hermanos como otros tantos. Un cristiano no puede olvidarlo.

Y su colega, el obispo de Montauban, Pierre-Marie Théas, mandó leer durante todas las misas de la diócesis, el domingo 30 de agosto, una Carta sobre el Respeto de la Persona Humana:

“Escenas dolorosas y a veces horribles se desarrollan en Francia. En París, decenas de miles de personas, de judíos, han sido tratados con el salvajismo más bárbaro. Y ahora, en nuestras regiones asistimos al desolador espectáculo de familias dislocadas; hombres y mujeres tratados como un vil ganado, llevados a una destinación desconocida, con la perspectiva de peores peligros.

Levanto la protesta indignada de la conciencia cristiana y proclamo que todos los hombres, arios o no arios, son hermanos creados por el mismo Dios; que todos, sea cual sea su raza o su religión, merecen el respeto por parte de los individuos y de los Estados.

Las medidas antisemitas actuales son un desprecio de la dignidad humana, una violación de los derechos más sagrados de la persona y de la familia.

Que Dios consuele y fortifique a los que son perseguidos por la iniquidad. Que conceda al mundo la paz verdadera y duradera, fundada en la justicia y la caridad”.

Al mismo tiempo, del otro lado, el sacerdote Jozef Tiso, presidente del Estado eslovaco vasallo de Hitler, contra las reiteradas instrucciones “en nombre del augusto Pontífice” -hechas por monseñor Burzio, representante de la Santa Sede-, ordenó la deportación de casi toda la población judía; de los 90,000 de 1940 sobrevivieron 10,000 (En 1947, Tiso fue condenado a muerte por la justicia checoeslovaca y colgado).

En la Curia, el prelado Angelo Dell’Acqua, miembro de la Secretaría de Estado desde 1938, encargado de la “cuestión judía”, no podía disimular su hostilidad a los judíos. No le dio importancia a la tragedia en curso, concediendo que el asunto era “grave”, aunque “la exageración es fácil entre los judíos también. No hay que fiarse en la información del metropolitano ruteno de Leopolis (Monseñor Andrei Sheptytzky, arzobispo de Leopólis/Lviv, jefe de la Iglesia greco-católica de Galytzia desde 1905, había mandado al papa un nuevo y terrible informe con fecha 29-31 de agosto de 1942), los orientales no son buenos ejemplos en materia de fidelidad; tampoco en la del señor Malvezzi”. Éste último conde italiano, antifascista, testigo de la destrucción de la comunidad judía en Ucrania. Misma reacción cuando llegó, a fines de septiembre de 1942, el memorándum sobre la liquidación de los guetos de Varsovia y de Lviv (Leopolis). Con toda la información que llegaba a la Santa Sede, descalificar al prelado de Lviv como “oriental” y a los judíos como exageradores, era el colmo.

El padre general de la Compañía de Jesús, el polaco antisemita Lédochowski, de familia aristocrática polaca de la región de Lviv, al leer el informe del conde Malvezzi, rompió a llorar, desistió de sus prejuicios y escribió al papa para que la Santa Sede hiciera lo imposible para salvar a los que todavía vivían. Dell’Acqua nunca cambió de parecer.

El 5 de mayo de 1943 una nota llegó a Roma para decir que en Polonia (una Polonia que incluía la Galytzia ucraniana de Lviv) de los 4,500,000 judíos quedaban muy pocos. El informe describía precisamente un exterminio planificado. Dell’Acqua declaró que “de todos modos, una declaración tendría consecuencias deplorables, no sólo para la Santa Sede, sino también para los judíos”. No hizo caso del discurso del papa al colegio de los cardenales, el 2 de junio:

Debemos manifestar solicitud y atención conmovida a los rezos de los que voltean hacía Nos una mirada de angustiada imploración, atormentados como lo son a causa de su nacionalidad o de su raza, condenados, sin que tengan la menor culpa, a medidas de exterminio.

En noviembre de 1943, Dell’Acqua rechazó la solicitud del obispo de Trieste que pedía se denunciara la campaña de arrestos contra los judíos: “Eso podría confirmar en los nazis la idea falsa de que la Santa Sede apoya al judaísmo internacional que predica la necesidad de la casi destrucción del pueblo alemán”. Sin comentario. Después de la terrible redada del 16 de octubre, cuando, debajo de las ventanas del papa, los nazis arrestaron a 1,259 judíos, Dell’Acqua redactó una nota para manifestar su preocupación por que “unos empleados del Vaticano o personas muy cercanas al Vaticano se interesan demasiado (de manera exagerada, me atrevería a decir) por los judíos, hasta los favorecen mediante sutiles engaños”. Así criticaba a sacerdotes, monjes y monjas, laicos que ayudaban y escondían a judíos, resistentes, políticos italianos buscados por la Gestapo. Entre los valientes se distinguió el franciscano Marie-Benoît, salvador de muchos judíos romanos (Gérard Cholvy, Marie-Benoît de Bourg d’Iré, París, Cerf, 2010).

Todavía en noviembre de 1944, Dell’Acqua se negó a intervenir por los judíos húngaros: “Sólo volvería la situación de estos infelices más penosa”. 786,000 judíos húngaros en 1941, 206,000 en 1945. Según el prelado, había que dar prioridad a la defensa de los católicos cuya situación, afirmaba, “es igual de grave”. “Antes que los judíos, los católicos merecen una intervención pública de la Santa Sede, para que la guerra, a pesar de sus rudas necesidades, sea llevada de manera humana y leal”. Sin comentario. “Pero, los Señores judíos deben aprender a hablar un poco menos y a actuar con gran prudencia” (Nota del 20 de diciembre de 1943). Dell’Acqua no se arrepintió nunca: en 1953 apuntará que “sabemos muy bien que los judíos son capaces de todo para llegar a sus fines.”

Sin embargo, no fue pro-nazi, a diferencia del prelado austriaco Alois Hudal, rector del colegio germánico Santa Maria dell’ Anima en Roma. Se sospecha, y más que sospecha, que ayudó a huir a Franz Stangl, el jefe del campo de Treblinka, al Dr Joseph Mengele, Klaus Barbie, Aloís Brunner y a Adolf Eichmann. La Santa Sede que pensaba revocarlo desde 1946, lo hizo hasta 1952.

Ese siniestro personaje, tan siniestro como vengativo, esperó la muerte del papa en 1958 para cobrarle su castigo; pudo ser, dice Andrea Riccardi, una de las fuentes que usó el alemán Rolf Hochhuth para publicar en 1963 su primera obra de teatro El Vicario, que le valió una instantánea celebridad. Los servicios secretos soviéticos aprovecharon en seguida el escándalo para alimentar su campaña contra el Vaticano, uno de sus adversarios ideológicos más temidos. El tema de El Vicario es el “silencio criminal” de Pío XII frente al nazismo y al genocidio contra los judíos. ¿Fue el papa un cómplice de Hitler, un antisemita en simpatía con el nazismo que traicionó a su predecesor Pío XI, que por su silencio facilitó el genocidio? Así empezó a correr un rumor que culminó con el libro del periodista John Cornwell, El Papa de Hitler (1999) y la película de Costa Gavras, Amén (2002) a partir de El Vicario.

Hay que decir de una vez que el alemán Rolf Hochhuth (1931-2020) tuvo una carrera exitosa gracias a obras sobre temas históricos y controversiales; así, en Soldados pretende que Churchill mandó asesinar a Wladislaw Sikorski, general en jefe del ejército y primer ministro del gobierno polaco en exilio en Londres. Si hubo sabotaje de su avión, la responsabilidad soviética es mucho más plausible: en abril de 1943, los nazis anunciaban al mundo que habían encontrado en Katyn los cuerpos de miles de oficiales polacos y que el crimen era soviético. Churchill y Roosevelt, para mantener la alianza con Stalin, intentaron convencer a Sikorski que la razón de Estado dictaba no implicar a los soviéticos. Sikorski no se calló, Stalin canceló en seguida el reconocimiento del gobierno polaco en exilio y formó el suyo. El 4 de julio de 1943, el avión de Sikorski se estrelló de manera muy oportuna para Moscú. Para esa obra, Hochhuth se había inspirado en el libro del joven historiador inglés David Irving ( Accident. The Death of General Sikorski, 1967). Los dos hombres se hicieron amigos para siempre; al término de una deriva hacia la derecha, Hochhuth defendió a su amigo en 2005, cuando fue acusado en Austria y condenado a tres años de cárcel por “negacionismo”, a saber, la negación del genocidio, un movimiento lanzado por el universitario francés, Robert Faurisson (1929-2018) en 1978: nunca hubo cámaras de gas, el genocidio es un mito. ¡Qué paradoja! Rolf Hochhuth empieza su carrera acusando al papa de no haber defendido a los judíos y la termina sosteniendo las tesis negacionistas de su amigo.

El Vicario salió poco después del proceso Eichmann (1961). Hannah Arendt asistió al proceso y publicó su controvertido libro Eichmann en Jerusalén. Reaccionó en seguida a la obra de Hochhuth con The Deputy: Guilt by Silence? (1964). El rumor siguió creciendo hasta el libro de Cornwell en 1999, de modo que la opinión pública, incluso entre los católicos, compró la idea de un papa más cercano a Hitler que a Jesús, “ideal para los indecibles diseños de Hitler” (Cornwell dixit), de una Iglesia que habría dicho “amén” a la masacre.

El proceso intentado, y casi ganado entonces, contra Pío XII es un ejemplo fantástico de un vuelco en la opinión pública. Al final de la guerra, este hombre era el papa de la paz, el justo que había salvado tantos judíos que el Congreso Judío Mundial, “en nombre de toda la comunidad judía expresa una vez más su profunda gratitud por la mano protectora que Su Santidad dio a los judíos perseguidos en aquellos tiempos de terrible prueba”. En 1955, la Unión de comunidades judías de Italia proclamó el 17 de abril como día de gratitud por la ayuda pontificia durante la guerra. Cuando murió Pío XII, todos celebraron su actuación. Golda Meir, entonces secretaria de relaciones de Israel, declaró en la ONU: “A lo largo de los diez años de terror nazi, cuando nuestro pueblo sufrió un martirio espantoso, la voz del papa se levantó para condenar al verdugo y para expresar su compasión por las víctimas”. El mismo día, el rabino de Roma aseguró que “los judíos recordarán siempre lo que la Iglesia hizo por ellos, bajo orden del papa, en el momento de las persecuciones raciales.”

Comentando esa “orden del papa”, los servicios de seguridad nazis informaron a Hitler que el mensaje de Navidad de 1942 “está dirigido contra el nuevo orden europeo representado por el nacional-socialismo. Pío XII acusa virtualmente al pueblo alemán de injusticia con los judíos. Se ha hecho su aliado y amigo. Defiende, pues, nuestro peor enemigo político, la gente que quiere destruir al pueblo alemán.” Ribbentrop, secretario de Relaciones de Hitler ordenó a su embajador en la Santa Sede protestar contra esta “ruptura de la tradicional actitud de neutralidad” y señalar que a Alemania no le faltan “medios físicos de represalias” contra un papa “vocero de los criminales de guerra judíos.” Nada nuevo, desde el discurso del papa a los polacos en Roma, el 30 de septiembre de 1939, el Reich consideraba que “el Vaticano no se sitúa encima de los conflictos, sino en el campo de nuestros enemigos.” Planearon el secuestro del papa y el SS en jefe, Heinrich Himmler, antiguo maestro de primaria, dijo que su sueño más caro era ver al papa, revestido de todas sus ornamentas pontificales, colgado en la plaza San Pedro de Roma. ¿Qué había dicho el papa? Que quería la paz: “Ese voto, la humanidad lo debe a los cientos de miles de personas, que, sin ninguna culpa de su parte, y, a veces, por el sólo hecho de su nacionalidad o de su raza, han sido entregados a la muerte o a un exterminio progresivo.” Sólo faltó la palabra “judías”, pero los nazis entendieron muy bien el mensaje. Pío XII explicó esa ausencia: “La reserva, a pesar de las razones que habría de intervenir, se debe al deseo de evitar males peores aún. Es uno de los motivos por los cuales Nosotros Nos imponemos límites en nuestras declaraciones.”

Son estos “límites” que explican por qué el “silencio” del papa ha sido una de las cuestiones históricas más debatidas. Andrea Riccardi dice que inevitablemente el “proceso se concentra sobre “Aquel” que tenía poder de decisión. Así, el “proceso histórico”, del cual Pío XII ha pagado el costo, se volvió un gran caso de conciencia al que cada generación ha aportado su tributo: el deseo de “profecía” de los años sesenta, que da la impresión de un “papa diplomático”, alejado de la realidad; el sentido de justicia, frente a los derroteros de la diplomacia; un grito de enorme dolor contra el hombre que hubiera podido, quizá, hacer más.”

Mencionaré unos pocos libros que me parecen importantes. En 1967, el israelí Pinchas Lapide, cónsul de Israel en Milano en vida de Pío XII, tomó su defensa en su Roma y los judíos. Crítica, la católica italiana Susan Zuccotti, publicó en 2000 Under His Very Windows. The Vatican and the Holocaust in Italy (Yale university Press); en 2001 el rabino neoyorkino David Dalin le contestó con un largo artículo en el Weekly Standard Magazine, luego desarrollado en su libro The Myth of Hitler’s Pope. How Pius XII Rescued Jews from the Nazis (2005 y 2012, Washington, Regnery Publishing). En 2000, sin polemizar, el historiador italiano Giovanni Miccoli había publicado I dilemmi e i silenzi di Pio XII (Milano, y edición aumentada en 2007). Otro autor católico atacó al “silencioso”: Frank J. Coppa, The Papacy, the Jews and the Holocaust (Washington, The Catholic University America Press, 2006); desde 2001, el historiador estadounidense David I. Kertzer emprendió la crítica de la actitud de los papas: The Popes Against the Jews (2001 y 2023), The Pope and Mussolini (2014), The Pope at War. The Secret History of Pius XII, Mussolini and Hitler (2023, Random House). Mucho más equilibrado, Pierre Milza, en su Pie XII (París, Fayard, 2014) concluye su elocuente biografía declarando que no puede asociarse a los que condenan al papa por sus silencios: “Diré, y será mi última palabra, que el historiador no desmerece al ofrecer un “no hay lugar” para Pío XII, en el proceso que le han hecho los epígonos de Hochhuth y sus admiradores actuales.”

Ahora bien, ¿qué aporta Andrei Riccardi? Mucho. Para empezar habla de “los silencios” del papa, en plural. Electo en marzo 1939, el papa ve la invasión de Albania por Mussolini: la revista francesa Esprit denuncia su “silencio”. Pío XII manifiesta, el 30 de septiembre de 1939, a los polacos de Roma su “solidaridad”, sin condenar la invasión nazi. En su primera encíclica, Summi Pontificatus, evoca la Polonia, afirma que renacerá, sin mencionar al III Reich ( ni a la URSS que participa al reparto de Polonia). Los nazis entienden el mensaje, pero los polacos se sienten abandonados y se quejan del “silencio” romano. En 1940, ciertos medios polacos acusan al papa de cometer el “crimen de silencio”. En 1941, cuando Hitler ataca la URSS, Berlín y la Roma fascista denuncian el “silencio” del papa que no condena el comunismo y la URSS. En 1943, un religioso polaco transmite una nota anónima sobre el Holocausto, nota que viene de Polonia: “ Reina una situación terrorífica de la cual el Vaticano, quizá, no está plenamente informado. Desearíamos escuchar una toma de posición ideológica, clara, pública y firme. La actitud de la Santa Sede hace el efecto de un crimen del silencio.” (subrayo yo).

Silencio, silencios. El Vaticano estaba bien informado y el papa se atormentaba. En octubre de 1941 escuchó al delegado apostólico en Estambul, Angelo Giuseppe Roncalli, el futuro Juan XXIII; al final de la entrevista, “me preguntó si su “silencio” sobre el comportamiento del nazismo no estaba mal interpretado.” En su diario, Roncalli apunta: “¡O! las desgracias de la Santa Sede. Muchas veces no hay sino un gemido frente a las injusticias. Podríamos aullar más fuerte. Otros problemas surgirían.” Es la tesis permanente de Roma, ad mala maiora vitanda, “para evitar males mayores”. Tesis sostenida con el argumento siguiente: la denunciación de la política nazi por el episcopado holandés, el 11 de julio de 1942, tuvo consecuencias catastróficas para los judíos holandeses, incluso para los conversos, como la monja Edith Stein que había suplicado una palabra pontificia de denuncia.

Riccardi pinta un papa diplomático de carrera, dulce y tímido, influenciable y, por lo mismo, de repente rígido y autoritario; una Curia, el aparato vaticano, muy conservadora, con un antisemita encargado de la cuestión judía. El papa pidió en muchas ocasiones a sus colaboradores, a los episcopados nacionales, a los delegados y nuncios hacer todo lo posible para los judíos; el resultado fue una serie de intervenciones, más o menos exitosas, en los límites, más y mas estrechos, de la autonomía de los gobiernos europeos que colaboraban con los nazis: fracaso total en la Eslovaquia del sacerdote- presidente Tiso y de su primer ministro muy católico; éxito en Hungría hasta el golpe nazi contra el regente Horthy y la llegada al poder de los nazis húngaros de las Cruces Flechadas. En abril de 1943, el papa explica al obispo de Berlín que no puede hablar más allá de lo que dijo en su mensaje de Navidad: “Dijimos una palabra sobre lo que actualmente hacen a los no-arios en los territorios sometidos a la autoridad alemana. Fue una alusión breve pero fue bien entendida. (…) La Santa Sede ejerció, en la medida de sus posibilidades, una acción caritativa material y moral.”

El hombre sufre una permanente crisis de conciencia: ¿condenar o no condenar el crimen en curso? Un día dice a don Pirro Scavizzi:

“Dígales a todos que el papa agoniza por ellos y con ellos. Diga que soñó, muchas veces, con excomulgar al nazismo y denunciar al mundo civilizado la bestialidad del exterminio de los judíos. Serias amenazas de represalias llegaron a nuestros oídos, no contra nuestra persona, sino contra nuestros pobres hijos que se encuentran bajo el dominio nazi; nos llegaron vivas recomendaciones para que la Santa Sede se abstenga de toda actitud radical. Mi protesta me hubiera valido, quiza, las alabanzas del mundo civilizado, pero hubieran provocado contra los pobres judíos una persecución más implacable aún que la que sufren ya”.

En eso se equivocaba. Nada podía ser más implacable que la “solución final.”

La Cruz Roja Internacional, en Ginebra, se planteaba el mismo dilema: ¿Gritar o callarse? Dictaminó que “el llamado podría afectar la acción práctica del Comité… ¿A poco el papel del buen samaritano no es, no salir del silencia, sino actuar?”.

Durante la guerra, ni el presidente Roosevelt, ni el primer ministro Winston Churchill, ni el general De Gaulle, ni el mariscal Stalin acusaron publicamente a la Alemania nazi de exterminar a los judíos. No tomaron ninguna iniciativa contra el genocidio; su prioridad era ganar la guerra. En cambio el papa dio órdenes de actuar. León Poliakov en su Le bréviaire de la honte (Paris, Calmann-Lévy, 1951) deplora el silencio del papa, pero subraya la actividad “incansable e inolvidable con la aprobación y bajo el impulso del Vaticano”.

Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, Pío XII tomó como modelo a Benedicto XV que proclamó y mantuvo la neutralidad de la Santa Sede en la Primera Guerra Mundial y que resultó, sin embargo, acusado de parcialidad por ambos bandos cuando intentó mediar proponiendo una paz blanca. Al hacerlo, “el papa Pacelli y sus colaboradores se comportaban como diplomáticos escolares en un contexto en el cual este modelo ya no funcionaba.” No se dieron cuenta que el mundo había cambiado de manera radical y que los dirigentes del Reich no tenían nada que ver con los emperadores Habsburgo y Hohenzollern, de la misma manera que Stalin no pertenecía al universo de los Romanov. Si bien el papa entendió “la bestialidad del exterminio de los judíos”, no lo hicieron todos los miembros de la Curia y no parece que lo hayan realizado antes del concilio Vaticano II, en el que participó como cardenal Angelo Dell’Acqua.

Por eso, Andrea Riccardi subraya “la incapacidad de la Iglesia de la postguerra en elaborar una memoria, y no solamente de la Shoah”: no valorizaron a los “Justos entre las Naciones”, esos cristianos que, poniendo en peligro su vida y la de los suyos, salvaron a cuantos pudieron. “En el Vaticano no tomaban en consideración la novedad radical de los acontecimientos ligados a la guerra y persistían en imponer categorías culturales y religiosas que no correspondían a la realidad. Diez años más tarde, quedarían barridas por el Vaticano II”: Un solo ejemplo: en 1946, el Vaticano mandó imprimir el largo informe del metropolitano de Lviv, Andrei Sheptytsky sobre el genocidio en Galytzia. El cardenal Tardini se opuso a su difusión:

Me pregunto: 1) ¿No se ha suficientemente insistido sobre las travesuras nazis y alemanas? (Nota de J.M: usa la palabra francesa “frasques” que significa “escapadas, travesuras, locuras) ¿Es de veras necesario que la Santa Sede añada una dosis suplementaria de terribles noticias? Justo cuando se desarrolla actualmente el proceso de Nuremberg que mezcla tantas injusticias a justas recriminaciones.

¿Cuántos Tardini en el Vaticano y en la Iglesia tuvieron una comprensión muy limitada de la destrucción de millones de personas en el corazón de Europa? Riccardi concluye que “esa trágica realidad tuvo que llevar a repensar radicalmente el antisemitismo aún difuso, el antijudaismo de la enseñanza cristiana, así como la cultura del desprecio hacia los judíos. La Iglesia de Pío XII no lo hizo, pero el Vaticano II se encargó del asunto. Al final de la guerra, Europa tardó en retomar la cuestión y en entender que Auschwitz no había dejado ni al mundo ni a la Iglesia como estaban antes.”

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