Tras más de seis décadas de actividad espacial, el volumen de desechos que rodea a la tierra se ha convertido en un problema de gran escala.
De acuerdo con Alberto Flandes, investigador y jefe del departamento de Ciencias Espaciales del Instituto de Geofísica de la UNAM, al rededor del 50 por ciento de los satélites colocados en órbita desde 1957 ya no están en operación y actualmente son considerados basura espacial, según la estadística del ambiente espacial publicada por la Agencia Espacial Europea (ESA).
El especialista en Física Planetaria explicó que cuando un satélite queda inactivo, la práctica recomendada es retirarlo de la órbita activa para evitar colisiones. Esto puede hacerse mediante su reingreso controlado a la atmósfera o enviándolo a una órbita cementerio, ubicada al menos 235 kilómetros por encima de la órbita geoestacionaria, es decir, por arriba de los 36 mil 300 kilómetros de altura.

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Las órbitas cementerio no son una idea reciente. De acuerdo con Flandes, este concepto fue propuesto en 1977 por el astrónomo checo Luboš Perek, con el objetivo de liberar las órbitas geoestacionarias y reducir el riesgo de choques entre satélites activos. Actualmente, organismos internacionales como el Comité de Coordinación Interagencial sobre Basura Espacial (IADC), coordinado por la Oficina de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de la ONU (UNOOSA), recomiendan su uso.
Agencias como la NASA, la ESA, Roscosmos, la CNSA china y la JAXA japonesa participan en estas recomendaciones. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) exige a operadores comerciales trasladar sus satélites inactivos a órbitas cementerio. Incluso, de acuerdo con la NOAA, al menos seis satélites meteorológicos GOES ya han sido reubicados bajo este esquema.
Sin embargo, el investigador advirtió que estas medidas no resuelven el problema de fondo, ya que aún permanecen en órbita fragmentos de misiones antiguas, incluidos restos de los programas Apolo, algunos de los cuales llevan décadas flotando entre la Tierra y la Luna.
El crecimiento de empresas privadas ha incrementado la presión sobre el entorno espacial. Según Flandes, compañías como SpaceX pueden lanzar decenas de satélites en una sola misión, mientras que otras, como Blue Origin, buscan replicar este modelo. Algunos de estos satélites pueden medir lo equivalente al tamaño de una persona o un automóvil, pero con paneles solares que alcanzan decenas de metros.
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Los riesgos no se limitan al espacio. De acuerdo con el especialista, los lanzamientos afectan cada vez más al tráfico aéreo, ya que el espacio por donde pasa un cohete debe despejarse, obligando a desvíos de vuelos comerciales. En casos de fallos, los peligros aumentan, como ocurrió en 2024 cuando un fragmento de una cápsula Dragón de SpaceX atravesó el techo de una vivienda en Florida, o en 2025, tras la lluvia de restos incandescentes en las islas Turcas y Caicos, según reportes técnicos de la Federal Aviation Administration (FAA).
Aunque existen propuestas para capturar o destruir basura espacial mediante láseres, redes o pinzas, la mayoría sigue en fase de planeación. Para el investigador de la UNAM, la prioridad es clara: respetar las regulaciones existentes y reforzar la cooperación internacional para evitar que la basura espacial comprometa el futuro de la exploración, la infraestructura orbital y la seguridad en la tierra.
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