La Iglesia católica llamó a fortalecer los vínculos amorosos en una cultura que, dijo, está marcada por la prisa, lo desechable y el “si no me hace feliz, lo dejo”.
“Hablar de amor parece sencillo hasta que intentamos vivirlo a fondo. La palabra se usa tanto que corre el riesgo de gastarse: se dice ‘amor’ a una emoción pasajera, a una afinidad momentánea o incluso a una conveniencia cómoda, y en estos días seguro escucharemos esa palabra infinidad de veces por la fecha del calendario”, expresó.
A través de su editorial Desde la Fe, indicó que el amor profundo resulta casi contracultural, pues requiere tiempo, silencio, escucha y constancia.

“Cuando la Iglesia habla de amor no se refiere a un impulso fugaz, sino a una decisión profunda, exigente y, paradójicamente, liberadora”, expuso.
Además, señaló que el amor auténtico no se agota en el entusiasmo inicial ni se sostiene únicamente en la química, sino que construye, se cuida y se renueva, incluso cuando cuesta.
“Amar, según el Evangelio, implica aprender a salir de uno mismo, a renunciar al egoísmo y a poner al otro en el centro”, externó.
“No hay necesidad de poner a San Antonio de cabeza para encontrar pareja o para ‘arreglar’ la vida afectiva”, agregó.
“Ningún santo, por muy ‘milagroso’ que sea, hace el trabajo que corresponde al corazón humano: aprender a amar con libertad, respeto y profundidad”, concluyó.
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