Por Eduardo Olivares, El Mercurio para GDA
“En lugar de gravar a nuestros ciudadanos para enriquecer a otros países, aplicaremos aranceles e impuestos a los países extranjeros para enriquecer a nuestros ciudadanos”, dijo el 20 de enero de 2025 Donald Trump, en el discurso de asunción de su segundo mandato.
Rápidamente comenzó a aplicar sobretasas a las importaciones de China y también a sus socios norteamericanos y europeos, con una retórica de toma y daca más agresiva que en su primera administración (2017-2021).

“Yo soy el hombre arancelario”, había dicho el republicano años antes. Y el 2 de abril de 2025 lo demostró: exhibiendo una serie de tablas impresas con un centenar de nombres de países y territorios, habló del “Día de la Liberación” para anunciar aranceles que partían, como mínimo, en 10%. Los mercados se arremolinaron a la baja; gobiernos, empresarios y organizaciones multilaterales multiplicaron sus llamadas para pedir exenciones, y los bancos de inversión calcularon pérdidas e incluso una potencial recesión en Estados Unidos.
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Ahora mismo la Corte Suprema de Estados Unidos está dirimiendo si la decisión de la Casa Blanca respetó la Constitución. Pero independientemente de ese desenlace judicial, la estrategia de Trump tiene una primera lectura comercial y luego otra, cada vez más intensa y manifiesta, de nuevo orden regional y global.
En América Latina, en los años 90 solo México contaba con un pacto comercial con Estados Unidos, bajo el formato de un acuerdo trilateral que incluía a Canadá. En su primer gobierno, Trump lo renegoció.
En 2004 se sumó Chile, por medio de un Tratado de Libre Comercio (TLC). El jefe negociador chileno fue el economista Osvaldo Rosales. “Estados Unidos ya no respeta sus acuerdos comerciales. Peor aún, pisotea las bases del multilateralismo y del derecho internacional. Es el inicio de una pesadilla”, dice Rosales.
En la región, EE.UU. tiene también acuerdos comerciales con Colombia, Perú, Costa Rica, República Dominicana, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Panamá y El Salvador. No importó la palabra empeñada: a todos aplicó aranceles, aunque en ciertos productos, como el cobre, hubo exenciones. Con los meses comenzaron conversaciones bilaterales, con algunos casos en que ha reducido las tarifas.
“Los aranceles del “Día de la Liberación’ de Trump han agravado un escenario comercial ya difícil para gran parte de América Latina, y su carácter aleatorio ha sido una fuente de fricciones”, comenta Carol Wise, académica de la Universidad del Sur de California (USC), en Los Ángeles. La especialista agrega que la política exterior de Trump hacia la región es “extremadamente dañina”.
Rosales recuerda que la nueva estrategia de seguridad de Washington explicita que impedirá que competidores “no hemisféricos” posean o controlen activos estratégicos vitales “en nuestro hemisferio”, lo que él interpreta como la facultad que se arrogaría EE.UU. para apropiarse de recursos de otros países. La captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la posterior indicación de Trump de que EE.UU. buscará obtener rentas del petróleo venezolano proporcionan más evidencia. En 1823, la Doctrine Monroe impulsada por el gobierno estadounidense establecía que los europeos no podrían intervenir más en un continente americano “para los americanos”. Ahora se habla de la Doctrina Donroe, con el “Don” en referencia a Donald (Trump).
Se puede decir que la visión de que Occidente es “nuestro hemisferio”, según publicaciones de Trump, se anticipó cuando el republicano hablaba de Canadá como un futuro estado número 51. O cada vez que afirma que quiere controlar Groenlandia. También al renombrar el Golfo de México como Golfo de América, o reactivar el control estadounidense sobre el Canal de Panamá.
“Por temor a ser los siguientes en la lista, la mayoría de los líderes latinoamericanos mantiene la cabeza baja. Los dirigentes de derecha en Argentina (Javier Milei), Chile (José Antonio Kast, quien asume en marzo) y El Salvador (Nayib Bukele) buscan congraciarse con Trump, lo que es una pérdida de tiempo”, afirma Wise. Dice que los gobernantes de Brasil (Lula da Silva), Colombia (Gustavo Petro) y México (Claudia Sheinbaum) han manifestado su oposición, “pero de maneras que no provoquen a Trump. Lula, tras recibir un arancel de 50% por el procesamiento a (Jair) Bolsonaro, de algún modo logró salir del paso con buenas palabras. Además, expuso sus objeciones a la política exterior de Estados Unidos en una llamada con Trump y, aun así, consiguió cerrar la conversación en un tono positivo”.
Con las decisiones comerciales como corriente de fondo, los especialistas debaten sobre si el fenómeno de la globalización ha vuelto a enfriarse.
Pierre van der Eng, académico de la Universidad Nacional de Australia, los argumentos que describen una “desglobalización” se sustentan en las acciones unilaterales de EE.UU. Se incluye la reciente decisión de la Casa Blanca de retirar al país de 66 instituciones multilaterales, incluidas 31 vinculadas con Naciones Unidas, como la Cepal. “No hay indicios de que el resto del mundo esté buscando implementar entre sí restricciones comerciales similares a las que ha impuesto el Presidente Trump. Parece que el resto del mundo no está inclinado a seguir ese ejemplo y continúa discutiendo e implementando nuevas formas de liberalizar las relaciones comerciales mediante acuerdos bilaterales y multilaterales”.
Puesto de ese modo, el nuevo orden global que impulsa Washington tiene contrapesos. No obstante, la segunda potencia económica justo tras EE.UU. no pareciera aún generar la influencia necesaria.
“Aún no conocemos las consecuencias secundarias de los aranceles de Trump. Por ejemplo, reducciones significativas de las importaciones estadounidenses desde China podrían provocar una sobreoferta de bienes exportables en China, que los productores chinos podrían intentar volcar en otros mercados”, describe Van der Eng. Podría darse el caso, no obstante, de que se levanten barreras contra Beijing. “Por ejemplo, la Unión Europea, con su gran economía, podría ser más firme en esta materia que Australia o Chile en sus relaciones con China”, sostiene.
Carol Wise, de USC, señala que en la mirada comercial “curiosamente China no ha sido un gran alivio para la mayoría de los países latinoamericanos”. Por un lado, los “tres ganadores sudamericanos” son Brasil, Chile y Perú, que exportan enormes volúmenes de materias primas a China y logran mantener superávit pese a sustanciales importaciones de manufacturas chinas. En cambio, “México y Centroamérica han sufrido un gran déficit comercial con China, ya que carecen de las materias primas que China necesita comprar para sostener su propio crecimiento, y las importaciones manufactureras chinas han desbordado esos mercados internos”.
Es otra la dimensión que Wise apunta como distintiva. “La diplomacia pública de China, su enfoque desarrollista y su consistencia y sensatez sí han sido un alivio, en particular para los países sudamericanos”, piensa. Argumenta: “Las políticas generales de Trump hacia la región han sido tan hostiles, con lo del ‘Golfo de América’, la deportación de residentes indocumentados a una prisión brutal en El Salvador, amenazas de invadir Panamá si no se reduce la presencia china en el canal, etc., que, sí, algunos países están profundizando vínculos con China. Esto ocurre menos en el ámbito del comercio y más en infraestructura, tecnología verde y energías renovables”.
Rosales considera que economías pequeñas, como la de Chile, resulta conveniente reforzar vínculos con la Unión Europea y con economías similares (los “like minded countries”) del Asia Pacífico. Un ejemplo es el Tratado Transpacífico (CPTPP), y otro es la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) que incluye a las naciones del Sudeste Asiático más China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia.
Pareciera haber un ejemplo claro del efecto adverso a Trump. Durante 25 años, el Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia) y la Unión Europea negociaron infructuosamente un acuerdo comercial. El lunes 12 de enero, los Estados miembros de la UE aprobaron en Bruselas firmar el pacto que abrirá las vías a una de las mayores zonas de libre comercio del mundo.
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El acuerdo Mercosur-UE excede la dimensión comercial, sostiene en O Globo Roberto Jaguaribe, consejero del Centro Brasileño de Relaciones Internacionales (Cebri) y exembajador de Brasil en Alemania: “Se crea un espacio común de intereses que funciona como un ancla segura. Ese espacio sirve no solo como referencia económica y comercial, sino también como un conjunto de países que comparten valores similares, como la defensa de la democracia, los derechos humanos, el medio ambiente y un sistema global basado en el derecho internacional y en el sistema de las Naciones Unidas”.
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