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Madrid
El presidente Andrés Manuel López Obrador ha desaparecido prácticamente de los radares europeos desde que asumió el cargo en diciembre de 2018. El escaso interés que López Obrador muestra por los asuntos internacionales se ha traducido también en un distanciamiento hacia Europa, aun cuando todos sus antecesores mantuvieron al Viejo Continente en la primera línea de la diplomacia mexicana.
A pesar de las cuantiosas inversiones en el país de grandes, pequeñas y medianas empresas europeas, y de la renovación y ampliación del acuerdo comercial entre México y Bruselas que a falta de ultimar detalles técnicos podría entrar en vigor a principios de 2020, López Obrador se ha mostrado muy contenido en sus contactos trasatlánticos.
Más allá de las relaciones que el gobierno de México mantiene con los embajadores de la Unión Europea (UE) y de la actividad desplegada por el canciller Marcelo Ebrard, el mandatario mexicano se ha distinguido por su alejamiento del bloque europeo, al que apenas alude en sus mañaneras.
Y las pocas veces que lo ha hecho, ha sido para peor. Como en el caso de España, país con el que López Obrador creó tensiones diplomáticas innecesarias, luego de que en marzo pasado reclamara al rey Felipe VI que se disculpara por los agravios cometidos durante la conquista de México.
A pesar de la enérgica respuesta del gobierno español, que consideró que no se pueden evaluar hechos del pasado prescindiendo del contexto histórico, López Obrador ha vuelto a reiterar en varias ocasiones su demanda de que el monarca español se disculpe, aunque el gobierno de Madrid ha optado por guardar un prudente silencio tras el primer desencuentro.
El presidente de México desaprovechó una de las primeras oportunidades de codearse con la crema y nata internacional con ocasión de la Cumbre del G20, que se celebró en junio en Osaka, Japón. Más allá de las diferencias puntuales, fueron importantes los asuntos multilaterales que los líderes del planeta abordaron en una cita en la que también contaron las empatías personales y las conversaciones de pasillo. López Obrador fue el único mandatario que no acudió al cónclave de las 20 economías más grandes del mundo. Su ausencia no pasó inadvertida; incluso, fue calificada de “desafortunada” por las autoridades japonesas.
El mandatario mexicano tampoco estuvo presente en la conmemoración del centenario de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que se celebró en Ginebra. A esta última cita asistieron, entre decenas de jefes de Estado y de gobierno, el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel.
“Como cualquier otro presidente de México, López Obrador tiene la obligación moral para con el resto de los países de habla hispana de ejercer el liderazgo en política cultural, en política internacional y en política económica. Es lo que todos estamos esperando”, señala a EL UNIVERSAL Antonio López Vega, director del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset.
“México, y López Obrador muy singularmente, tienen que recuperar el impulso que siempre tuvo la política exterior mexicana y liderar de nuevo la voz en español en el mundo. En esa línea de la solidez de la política exterior mexicana, es importante que el Presidente acompañe lo que ha sido una política tradicional que le ha dado a México una fortaleza a nivel global muy sustantiva”, agrega el historiador.
Pero a López Obrador le cuesta abandonar territorio mexicano y parece decidido a mantener relaciones directas al máximo nivel aprovechando sobre todo la visita al país de sus homólogos, lo que es insólito en un mundo globalizado.
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