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Miami.— La celebración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos llega en un momento en el que la democracia del país está bajo estrés.
El sistema constitucional enfrenta una prueba mayor: sostener elecciones aceptadas por todos, contener a una presidencia cada vez más expansiva, preservar la autoridad de los tribunales, recuperar la confianza en el Congreso y resistir una vida pública marcada por la desinformación, la radicalización partidista y la violencia política.
El diseño constitucional estadounidense fue creado para dispersar el poder; James Madison lo explicó en El Federalista 51, “la ambición debe contrarrestar a la ambición”. El Congreso debía vigilar al Ejecutivo, los tribunales debían proteger la Constitución, los estados debían limitar al gobierno federal y las elecciones periódicas debían devolver al ciudadano la última palabra.
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Ese diseño social y político funcionó durante más de dos siglos como una máquina de frenos institucionales. El politólogo Pablo Salas dice a EL UNIVERSAL que “hoy la democracia estadounidense opera dentro de una política de partidos que muchas veces premia la obstrucción, castiga el acuerdo y convierte cada cargo público en una extensión de la guerra electoral”.
El Congreso ya no actúa siempre como tal frente al presidente, sino, con frecuencia, como bancada oficialista o como trinchera opositora. La Corte Suprema ya no es leída por millones de ciudadanos como árbitro superior del sistema. “Las instituciones siguen de pie, pero el comportamiento político que las sostiene se ha vuelto cada vez más agresivo, más partidista y más personalista”, dice Salas.
El Instituto Varieties of Democracy (V-Dem), de la Universidad de Gotemburgo, presentó un diagnóstico más grave al señalar que “la democracia en Estados Unidos se deteriora a una velocidad sin precedentes”.
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Pew Research Center reunió las mediciones de V-Dem, Freedom House y Economist Intelligence Unit (EIU) y encontró una caída simultánea en la evaluación de la democracia estadounidense durante 2025. V-Dem rebajó al país de democracia liberal a democracia electoral; Freedom House redujo su calificación a 81 puntos sobre 100; Economist Intelligence Unit lo mantuvo como democracia defectuosa con 7.65 puntos sobre 10, su nivel más bajo desde que inició esa medición.
Ambas mediciones provienen de metodologías distintas y apunta hacia el mismo fenómeno: EU conserva unas elecciones competitivas, una prensa plural, unos tribunales activos y una oposición organizada, pero con una calidad democrática debilitada en representación, en confianza, en información pública y en controles al poder.
La polarización convirtió la legitimidad institucional en una variable partidista. La confianza pública se hundió hasta niveles que explican la fragilidad del momento.
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Mientras, “la manipulación informativa ya no opera únicamente como propaganda electoral; actúa como una herramienta para destruir confianza, inflamar identidades, aislar comunidades y debilitar la aceptación de resultados”, comenta el politólogo.
Pew Research Center reportó que 85% de los adultos estadounidenses cree que la violencia motivada políticamente está aumentando, con cifras casi idénticas entre republicanos y demócratas. Además, la Corte Suprema necesita una reforma que preserve independencia y restaure legitimidad.
Estados Unidos llega a sus 250 años con un sistema que todavía puede corregirse y con una sociedad que todavía conserva reservas democráticas.
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